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Enamorado de aquel París

Máxim Huerta publica un libro sobre los encantos de la época más brillante de la capital francesa

Brasserie Le Dome.

Ahora lo más urgente es esperar" dijo Máxim Huerta citando a Lao Tse, sobre su actual situación, en una multitudinaria presentación de su nuevo libro en Madrid. Este primer libro de Huerta tras su paso accidentado y fugaz por el ministerio de Cultura es una apasionada declaración de amor a la ciudad de París, a sus calles, a sus fuentes, a sus farolas, a sus jardines, a sus monumentos? y a toda una serie de personajes que poblaron todos esos espacios en los albores del siglo XX, los años en los que la ciudad era la capital mundial del arte y la cultura. En las páginas de "París será toujours París" (Lunwerg), bellamente ilustradas por los dibujos de María Herreros, se hace un recorrido por la ciudad de la luz cuando estaba en todo su esplendoroso apogeo. Máxim Huerta incluye los elementos que no pueden faltar en ninguna guía cultural de la ciudad, como la torre Eiffel y el Moulin Rouge, pero su mirada se dirige no hacia lo más importante (no están ni el Louvre ni el Arco del Triunfo) sino a los detalles que han forjado la personalidad de una ciudad fascinante. Están aquí desde las personalísimas placas que recogen los nombres de las calles en cada una de sus esquinas, diseñadas por el conde de Rambuteau en 1817, hasta las entradas del metro proyectadas por Héctor Guimard, las fuentes Wallace de hierro fundido del escultor Charles-Auguste Lebourg repartidas por cuarteles, hospitales y estaciones de tren; las farolas, las sillas de los grandes parques, los tejados de cinc y pizarra que cubren las buhardillas de los edificios levantados por el arquitecto barón Haussmann durante el reinado de Napoleón III? Hay lugares míticos y mitificados en la literatura y en el arte, como el Mercado de las Flores de la Place Louis Lèpine, el Canal Saint-Martin, centro de atracción de músicos y artistas callejeros; el Café du Dôme, La Coupole y la Closerie des Lilas con sus terrazas, que fueron lugares de encuentro de artistas, escritores, poetas y bohemios; el lujoso restaurante Maxim's, que nació para servir comidas baratas a obreros y cocheros y terminó siendo el centro gastronómico donde se cita la alta burguesía, o el Chez Rosalie, donde cualquiera podía encontrarse a la hora de la cena con Modigliani, Picasso, Matisse o Max Jacobs. Hay referencias a la librería Shakespeare and Company fundada por Sylvia Beach, lugar de encuentro de los escritores de la generación perdida americana ( Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald), cerrada por los nazis y reabierta en 1951; al Studio des Ursulines, el cine de arte y ensayo frecuentado por Cocteau, André Breton, Man Ray, Le Corbusier, Picasso; a las Olimpiadas de 1924 que vieron triunfar al nadador Johnny Weismüller, el Tarzán más popular de la historia del cine? Y la mirada se dirige también a aquellos elementos que dieron a la ciudad una personalidad propia: los bouquinistes, libreros que componen una gran librería ambulante a cielo abierto, los ateliers de Coco Chanel y Elsa Schiaparelli, de donde salía toda la moda que después se copiaba en las grandes ciudades de Europa y América; las peluquerías que imponían los peinados a lo garçon y el bob hairstyle, los perfumes que embriagaron a Hollywood y a medio mundo.

Y luego todo un desfile de personajes que se identifican con París y que son ya emblemas de su cultura. La Mistinguett, la vedette mejor pagada de la historia de la ciudad; Kiki de Motparnasse, modelo del fotógrafo Man Ray, fundido él mismo con aquel París de los felices veinte. Y Josephine Baker, Colette, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Dora Maar, Djuna Barnes, Alice B. Toklas, Tamara de Lempicka? que fundaron librerías, tertulias, editoriales, revistas? Y los hombres: escritores ( Leon-Paul Lafargue, Guillaume Apollinaire, Boris Vian), artistas (Picasso, Matisse, Modigliani, Foujita, Braque, Man Ray)?fotógrafos que inmortalizaron aquel París irrepetible: Marcel Bovis, René-Jacques, Kertész, Brassaï, Capa y Gerda Taro? y que nos dejaron algunas de las mejores imágenes para evocar, con la música de jazz de Sidney Bechet, un París que, ay, ya no es el mismo que el de aquellos años veinte que este libro recrea.

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