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Los suplementos de FARO

EL SÁBADOAntonio Orejudo y "Los Cinco": nacidos en los 60

El autor novela sobre una de las escasas señas de identidad de una generación que carece de ellas

Por fin puedo confesarlo: no he leído ni una de las aventuras de "Los Cinco", la serie de novelas que la inglesa Enid Blyton hace protagonizar a cuatro chavales y un perro. Quienes nacimos en los 50 del XX, nos veíamos siempre obligados a decir que habíamos crecido con Salgari, Julio Verne y La isla del tesoro (aun siendo falso a veces: mis primeras lecturas librescas fueron Robinson Crusoe y una edición ilustrada del Quijote, creo recordar). Cuando se publican en España las andanzas de Julián, Dick, Ana, Jorgina y Tim, nos pillan a los del medio siglo pasado entrando ya en la adolescencia, tiempo en que nos ocupaban otras cosas que de más enjundia nos parecían. Sin embargo, desde el comienzo de 1960 hasta que finaliza el 65, nació en nuestro país un grupo de escritores al que los profesores universitarios andan locos hoy por poner nombre generacional. Aunque parezca una lista de correo (incompleta), ahí están Belén Gopegui, Eloy Tizón, Felipe Benítez Reyes, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Azpeitia, Javier Cercas -voy siguiendo rigurosamente el orden alfabético, que luego pasa lo que pasa-, Javier Lasheras, Juana Salabert, Laura Castañón, Luis Magrinyà, Luisgé Martín, Lola Beccaria, Martín Casariego, Milio Rodríguez Cueto, Pablo D'Ors, Xuan Bello? por citar algunos autores de quienes he podido leer obra. Si extendemos el plazo cinco años más, tantos nos salen que comprendo la angustia académica por encontrarles nombre común, diferencias, similitudes? y así comenzar cuanto antes congresos y congresos, tan divertidos ellos, gratis total.

En el año en que salió Rayuela, o sea, en 1963, salieron al mundo Antonio Orejudo (Madrid) y Rafael Reig (Cangas de Onís), dos más de ese grupo, para quienes Blyton parece que fue fundamental: "Una de las pocas señas de identidad que tiene mi generación, la de los nacidos en el sesenta, la década en que todo cambió sin que eso nos haya afectado a nosotros, que no tenemos narrativa ni características singulares", escribe Orejudo en la novela que me ocupa. Ni ellos ni sus coetáneos hicieron la Transición ni la desmontaron, no conocieron ese mayo del 68 en el que todos sus hermanos mayores afirman haber estado. Acabarán llamándola "La Generación de los Blyton" y Orejudo tendrá la culpa.

Orejudo es doctor en Filología y profesor titular en la Universidad de Almería.Ganó el "Premio Tigre Juan 1996" con su primera obra Fabulosas narraciones por historias. Cuatro años más tarde, se alzaría con el "Andalucía de Novela" gracias a Ventajas de viajar en tren. Y, con dos obras más mediantes, llega ahora su Los Cinco y yo, tan entretenida como testimonio de los años de formación generacionales, como fácil de leer hasta que, pasadas las cien páginas primeras, la novela toma rumbo nuevo (comenzando, a mi voluble juicio, con el desarrollo del personaje del Chepa) y se convierte en testimonio del modo de escribir que caracteriza a algunos de los autores nacidos en esos 60, exigiendo, a partir de ese punto, un mayor esfuerzo del lector o mío como lector.¿Su argumento? ¿Aún se puede hablar de argumento en esta post postmodernidad? Ahí va: Reig (que sería Rafael Reig acaso) escribe un libro de gran éxito sobre la vida adulta de "Los Cinco", titulado After Five; un narrador (que sería Antonio Orejudo, acaso) lo presenta en la convención anual de los blytonianos y lo comenta, permitiéndole trazar la educación sentimental de su generación y mezclar realidad y ficción (¿se sigue pudiendo escribir así?) en la última parte de su charla-conferencia, con unos "Cinco" ya talluditos por tierras de Almería y el mundo mundial.

Entretenida la llamo y con amargo humor o ironía. Al niño Toni (¿Orejudo?) le ordena su entrenador futbolero "estar en línea" con su compañero de ala: "No tenía ni idea de dónde estaba el balón ni me importaba; para mí un partido de fútbol era estar el mayor tiempo posible en línea con mi compañero". Lo llamaban "el Piruetas", mote con el que pensó en firmar sus escritos el narrador (¿Orejudo acaso?), pues "a su manera son también los escritos de un extremo derecho ineficaz: muy veloces, pero intrascendentes". Biografía y flagelación generacional, pues. Por una parte, entrañables historias: el niño que se levanta por la noche y vigila a sus padres "para comprobar que no me habían abandonado en el bosque". Por otra, el desengaño de su generación profesoral: "Nuestros libros fundamentales -los que hemos considerado fundamentales hasta hoy- no dicen nada a nuestros jóvenes, no consiguen aplacar o estimular en ellos ninguna pasión". Biografía: "Casi puedo hablar de una 'nueva sinceridad', que consiste precisamente en ser insincero. No quiero decir con esto que viva permanentemente en la impostura, pero sí que he perdido la capacidad de distinguir cuándo estoy fingiendo y cuándo estoy comportándome 'tal cual', signifique lo que signifique eso", más explicaciones de lo que eran el magreo, el lote, los porros, la educación obligatoria sufrida, las casas ?o, mejor, el barrio? el miedo a volar? Flagelación generacional: esa vida literaria en la que seguro que se va a triunfar, aun sin haber escrito una línea, hasta el fracaso "como si el mundo enseñara fugazmente su verdadera patita: una inmensa y absurda montaña de Sísifo, que había que subir y bajar incesantemente".

Luego, insisto, la novela continúa su andar por caminos que me interesan menos, pero que seguro que son los más interesantes para otros lectores. Porque, si queremos saber cómo fueron "por dentro" esos 60 del XX, ya tenemos la novela que nos lo cuenta.

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