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Bad Bunny, un latino rey del mundo

El artista, lejos del estereotipo de latino que acostumbraba a reinar en EE UU, se afianza como número uno tras su actuación en la Super Bowl y recibir el Grammy a mejor álbum del año por «Debí tirar más fotos»

Bad Bunny, en un momento de su espectáculo en la Super Bowl.

Bad Bunny, en un momento de su espectáculo en la Super Bowl. / Associated Press/LaPresse

Ignasi Fortuny

Barcelona

A principios de año, en internet surgió uno de esos retos nostálgicos que animaban a que cada uno se comparase con su yo de 2016 a través de una fotografía de entonces y una actual y las compartiera en sus redes sociales. Alguien jugó en nombre de Benito Antonio Martínez Ocasio (nacido en 1994), cogiendo un documento gráfico que hace años que circula con orgullo, una imagen de él trabajando en el supermercado Econo de Vega Baja (Puerto Rico) ese año, y la enfrentaba con el cartel que anunciaba su show en el descanso de la Super Bowl 2026. A diferencia de muchos usuarios que siguieron el juego, a quienes esos 10 años han sentado de manera —digamos que— desigual, esa década le ha bastado a él, Bad Bunny, para dominar el mundo. Musicalmente, pero también más allá. El pasado sábado el diario francés Libération titulaba en portada: «Bad Bunny, el hombre que asusta a Trump». Casi nada.

El artista lo ha logrado cuando, precisamente, ha publicado su trabajo más radicalmente puertorriqueño («Debí tirar más fotos», álbum del año según los Grammy), glorificando raíces y antepasados, exponiendo problemas locales que resuenan en todas las latitudes a ritmo de salsa, reguetón, bomba o plena. «Ya no estamo pa’ la movie y las cadena’; tamos pa’ las cosas que valgan la pena», parece que resuma en estos versos de DtMf. «Su éxito puede atribuirse a su capacidad para escribir música profundamente personal y, al mismo tiempo, responder al estado del mundo y su comunidad», escanea Suzy Exposito, periodista musical y editora en Los Angeles Times. Problemas como el turismo masivo, la gentrificación, la precariedad, la migración, etcétera.

«Como dijo en su discurso de aceptación en los Grammy, siente solidaridad con cualquiera que haya sido desplazado o forzado a alejarse de su tierra natal debido al profundo amor que él siente por la suya», comparte la experta en música latina, que apunta que en Puerto Rico se calcula que en 2017 unas 200.000 personas tuvieron que abandonar la isla por culpa del huracán María y la dejadez de la Administración Trump. Cabe recordar que en verano de 2019, Bad Bunny y otros artistas encabezaron protestas contra el entonces gobernador, Ricardo Rosselló. Él, al igual que en la pasada Super Bowl, ondeó entonces una bandera puertorriqueña con el triángulo azul celeste (azul marino es el color oficial), símbolo que clama por la resistencia e independencia de la isla, que tiene estatus de estado libre asociado a EE UU.

Sin ‘blanqueamiento’

«Lo que implica vivir en lo que muchos han catalogado como la colonia más antigua del mundo no es ni ha sido fácil. Él no teme exponer esta realidad al mundo, y tampoco es tímido resaltando la riqueza de Puerto Rico. En su obra, lo puertorriqueño no se queda en folclore sino que se vuelve un lenguaje global de época», apunta Sheilla R. Madera, profesora de Estudios Globales y Socioculturales en la Florida International University y coautora del ensayo Bad Bunny Enigma: Culture, Resistance and Uncertainty. Bad Bunny, apunta Exposito, también se pronuncia contra la violencia doméstica o la homofobia. Seguramente, la participación de Ricky Martin y Lady Gaga, ambos iconos LGTBIQ+, en el espectáculo de la Super Bowl también se entienda por ahí. La dimensión de Bad Bunny, queda claro, trasciende lo musical.

Su viaje en esto, recordemos, se inició en el trap, género de raíz americana, pero ha sido muy rico y productivo durante esta década. De la frecuente exaltación individual a la voz colectiva, con memoria, sin anclarse en sitio seguro y alejándose de los estándares yanquis y del tópico del latino triunfador (él, que tuvo un romance con Kendall Jenner, del clan Kardashian) en el mercado estadounidense. «Su estrategia ha sido no adaptarse al estándar del blanqueamiento. Todo lo contrario, su propuesta ha sido reordenar el centro. En vez de traducirse para el mercado anglo, impone su propio marco: su jerga y estilo de hablar español boricua, su estética, ritmos híbridos y una emoción que captura. Eso genera algo maravilloso y atípico en la industria porque se trata de una superestrella global que no diluye su trasfondo, al contrario, lo acentúa», radiografía Sheilla R. Madera.

En 2015 un documental de HBO («The Latin Explosion: A New America») trataba de explicar el impacto de la música latina en EE UU desde 1950 y su evolución y bum posterior. «En esa época se buscaba suavizar, blanquear o universalizar lo latino para hacerlo digerible. Hoy, eso no pasa así», zanja Sheilla R. Madera sobre los 2000. A esa nueva manera de hacer, la profesora de la Florida International University añade otras dos claves para el crecimiento de una figura como Bad Bunny: primero, que las plataformas funcionan al margen de los históricos filtros como la radio, y segundo, que el público estadounidense ha cambiado demográficamente; «no hay un público general homogéneo, hay múltiples públicos, bilingües, híbridos y con hambre de sonidos que antes eran tratados como nicho».

Bad Bunny lo ha hecho, además, de manera independiente, sin estar vinculado a ningún gran sello discográfico. «De esta manera, puede llevar a cabo sus visiones de manera más auténtica y en sus propios términos», sentencia Exposito.

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