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«Lo difícil ahora no es ser escritor, sino ser americano»

El escritor y guionista Richard Price, la semana pasada en Barcelona.

El escritor y guionista Richard Price, la semana pasada en Barcelona. / PAU GARCÍA

david morán

Barcelona

Lázaro resucitado llega casi diez años después de Los impunes y tras «un periodo de gestación desquiciadamente largo», como ha dicho. ¿Cómo es eso?

Me acababa de trasladar a Harlem y quería hacer una historia panorámica como en La vida fácil, pero no puedes ir a vivir en un sitio y empezar a escribir sobre él como si fueras un guía. Tienes que conocer el lugar, ser parte del lugar, y eso me llevó años. Otra cosa que ralentizó el proceso fue que necesitaba ganar dinero, lo que quiere decir hacer películas y televisión [lo que quiere decir, ampliando un poco más, crear The Night Of, reencontrarse con David Simon y George Pelecanos en The Deuce y adaptar El visitante, de Stephen King]. Al final lo que me dio el tiempo fue la combinación del covid y la huelga de guionistas.

¿Tanto cambia la vida según el código postal en el que uno se encuentre?

En Nueva York te puedes desplazar diez manzanas y vivir en un mundo completamente diferente. Piensa que en Manhattan hay como 10 o 20 ciudades, todas diferentes. Si nos fijamos en el cine, no es lo mismo la Nueva York de Spike Lee que la de Martin Scorsese o de Whit Stillman. Así que, ¿de qué ciudad estamos hablando? Yo necesitaba saber cuál era mi Nueva York en ese momento para poder hablar de ella.

¿Y cada barrio esconde su propia novela? La vida fácil, ambientada en el Lower East Side, era un thriller policial, mientras que Lázaro resucitado es más bien una sinfonía urbana con múltiples voces.

No pienso en términos de cuál es el género adecuado para este barrio en concreto, sino que, simplemente, me pregunto de qué quiero hablar y qué es lo que me atrae. Si quieres construir algo panorámico, una investigación criminal te da orden, te da una cronología. Es como la brújula. Además, tampoco quiero escribir sobre mí. Ya hice cuatro novelas autorreferenciales antes de los 32 años, así que tenía que salir de ahí.

Debe de ser un alivio poder escaparse a 2008, año en el que empieza la novela, y evitarse el mal trago de tener que escribir sobre el presente.

No quiero escribir sobre Trump ni de la actualidad, porque entonces el libro se convierte en algo muy tópico respecto a un momento concreto. Yo quería ir más allá incluso de Obama, cuando Harlem empezaba a gentrificarse y todavía no había tanta corrección política. No tenías que preocuparte por la censura y aún no existía esa idea de que no puedes escribir sobre negros si no eres negro o sobre gays si no eres gay. A partir de 2008 todo esto se acentúa y es cada vez más acusatorio. Yo quería librarme de todo eso, volver a una época en la que simplemente dijeras: ah, vale, esto sale en el periódico.

Entonces, ¿es más difícil ser escritor ahora?

Es más difícil ser americano. Desde un punto de vista espiritual, yo no vivo en Estados Unidos, vivo en Nueva York, y eso es un país distinto. A Trump le encanta el caos, pero detrás de eso no creo que haya ninguna convicción plena. Siempre habrá algún criminal que sirva de excusa para invadir, qué sé yo, Somalia. Es como un gato juguetón y Estados Unidos, su caja de ovillos de lana.

¿Está ya harto de ser el tipo de The Wire?

A ver, me ayudó un montón. Fue algo muy significativo poder colaborar en una serie de la que todo el mundo habla. Otra cosa es llegar aquí y ver que en el libro aparece impreso, encima del título, «por el autor de The Wire». ¡Pero si solo hice cinco o seis episodios y tengo un montón de libros! Será que las películas y las series tienen más poder de atracción y llegan a mucha más gente. Aun así, preferiría que la gente no me conociera, sobre todo, por haber hecho guiones de The Wire.

¿Podría haber seguido siendo novelista sin el dinero de los guiones?

Es que, si hubiera tenido dinero, no hubiera escrito guiones. Otro problema añadido es que no sé cómo la gente puede escribir cada día. A mí me lleva mucho tiempo, y para mí escribir una novela es como un matrimonio: te vas a pasar años con esa persona, así que mejor que hayas escogido la persona correcta.

En la novela, justo después del derrumbe del edificio, aquello se llena de estafadores y jetas intentando sacar provecho de las desgracias ajenas. Con los escombros aún humeando, el tipo de la funeraria envía rápidamente a su hijo a repartir tarjetas entre los vecinos. ¿Qué nos dice algo así de la sociedad en la que vivimos?

Nos devuelve al hombre de las cavernas. Pero lo importante es que en esta novela no hay una investigación policial, simplemente hay gente normal haciendo su vida y cuyos caminos se cruzan en un momento determinado. Personas que se levantan y consiguen llegar a la noche enteritos.

¿Algún proyecto televisivo en marcha?

Sí, tengo dos pilotos de televisión: uno sobre el libro de un periodista de Los Ángeles sobre un una serie de homicidios que tuvieron lugar hace unos 10-15 años, y otro basado en una serie histórica de la BBC, Unforgotten. Me encanta ver la televisión, hacerla ya no tanto, porque escribes muchas cosas y las posibilidades de que lleguen a la pantalla son mínimas. Ser novelista me salva de tener que pensar que mi vida no tiene ningún sentido.

¿Lleva la cuenta de todos los guiones que han quedado en un cajón?

He escrito muchísimas cosas muy buenas que no han llegado a ningún sitio. El mejor novelista, muchas veces es el peor guionista y viceversa, porque es una velocidad distinta, los dos tienen un ritmo diferente. La gente dice cosas y hace cosas. Y ya está. Es solo la descripción de un estado de ánimo que luego el director va a tirar a la papelera. Un novelista está todo el rato preguntándose dónde demonios está la prosa.

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