CRÍTICA
Maternidades convulsas

Fotograma de «Die my love». | FdV
Quim Casas
Aunque la británica Lynne Ram-sey es una directora de fuerte personalidad («Tenemos que hablar de Kevin» y «En realidad, nunca estuviste aquí»), su último trabajo no obedece tanto a sus intereses como a los de Jennfer Lawrence, que interpreta al personaje principal, produce el filme y fue quien le pasó a Ramsey el libro en el que se basa, de la argentina Ariana Harwicz, y que a su vez le fue recomendado a la actriz por Martin Scorsese.
La novela y el filme hablan de maternidades convulsas y la débil línea que separa a veces la cordura de la locura, lo que nos sucede y lo que creemos que sucede. Lawrence y Robert Pattinson encarnan a una pareja que se muda de la gran ciudad a una casa situada en una zona rural. Acaban de tener un hijo. Los acompaña un perro que no cesa de ladrar. También el bebé llora constantemente. Una banda de sonidos que acaban perturbando y dialogan con una banda sonora conformada por canciones que van explicando la situación cada vez más límite que viven los personajes. Ramsey los filma inicialmente haciendo el amor sin parar por todos los rincones de la nueva casa. El sexo y el amor se desvanecen después, prevalecen las excusas de uno y la inseguridad de la otra, que es escritora y apenas puede escribir.
Lawrence sigue teniendo muy en cuenta las enseñanzas de Gena Rowlands cuando actuaba en los filmes de John Cassavetes, aunque estos abordaran la locura, o la diferencia, de manera más seca y directa. A «Die my love» le sobran posturas ‘arty’ y le falta mayor intensidad, pero es una obra notable sobre la divergencia en cuanto a los roles que debemos asumir permanentemente.
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