30 de diciembre de 2018
30.12.2018

El pastoreo como experiencia vital

Un pontevedrés recorre más de 600 kilómetros con la trashumancia de ovejas

30.12.2018 | 02:43

El pastoreo, una de las profesiones más duras, comienza a cobrar interés para los urbanitas como experiencia vital. La desconexión total de las comodidades de la ciudad y las nuevas tecnologías atraen a aquellos que desean, por unos días, vivir en plena fusión con la naturaleza. El pontevedrés Carlos Lorente ya ha hecho la trashumancia de ovejas en dos ocasiones. Tras ver un documental en televisión contactó con ganaderos de Castilla la Mancha. Fueron más de 600 kilómetros en 25 días. Eso sí, subraya la dureza de la experiencia, que no todos los que la inician logran terminar.

La trashumancia, o traslado de ganado de zona de pastoreo, ha adquirido una nueva connotación: la de experiencia vital.

La vida en pleno contacto con la naturaleza y la huida del estrés de la ciudad, el tráfico y, sobre todo, las nuevas tecnologías, atraen cada vez más a los urbanitas. El pontevedrés Carlos Lorente es uno de ellos. Ya ha participado en dos ocasiones en la trashumancia de ovejas, pero se está pensando realizar una tercera de vacas. Al final, la desconexión total, en lugar de agobiar, engancha, y mucho.

En España todavía está despegando como atracción turística experiencial, pero en estados como el de California (EE UU) ya empieza a ser habitual que la gente de ciudad pague por acompañar a un rebaño de ovejas, aunque solo sea por un par de horas.

"Un día vi un reportaje sobre la trashumancia en televisión y me pareció increíble vivir disfrutando de la naturaleza sin internet, disfrutando solo del paisaje. Me puse en contacto con unos ganaderos a través de internet e hice dos veces la ruta. La primera vez fueron ocho días y la segunda, veinticinco", explica.

En la última de ellas, en Castilla-La Mancha, salieron del Valle de Alcudia, desde la localidad de Mestanza, en Ciudad Real y llegaron a Vega del Codorno, donde nace el río Cuervo. Más de 600 kilómetros. En la trashumancia participaron dos ganaderos, dos de sus hijos, un hombre de nacionalidad rumana y el pontevedrés.

Ni Carlos Lorente tuvo que pagar por realizar esta ruta con el ganado, como ya se hace en otros países, ni tampoco recibió dinero alguno a cambio. "Yo les dije que con la comida me conformaba. Y tengo que decir que así fue, que no gastas ni un euro en agua, porque va un coche de apoyo logístico trayendo cada cierto tiempo lo necesario", afirma. "Sí es cierto que a nivel europeo ya hay jóvenes, sobre todo chicas, que vienen de países como Alemania e Italia para vivir esta experiencia pagando entre 50 y 80 euros al día", añade.

Lorente, militar en la reserva, aclaró bien a los ganaderos que era un hombre de ciudad. El trayecto lo realizó tanto a pie como a lomos de una yegua, "Tía". "Era muy dócil, la verdad es que la echo de menos", reconoce.

Esta experiencia vital le ha marcado mucho porque le ha ensañado a valorar tanto las comodidades de la vida de la ciudad como la conexión con la naturaleza con muy pocos recursos.

"Aprendes mucho, ya desde el primer día, con el trasquilado previo de las ovejas. Yo iba en la cola, vigilando si alguna se retrasaba", dice. Eran 1.700 merinas y 50 cabras, a los que acompañaron seis perros pastores, mastines y carea.

La trashumancia se hace en las estaciones de cambio, primavera y otoño, cuando se regenera la hierba, para que a los animales no les falte el pasto. Lo más trabajoso del camino es el paso por las ciudades. "Puedes tardar una o dos horas en pasar por algún pueblo en concreto, y eso con la ayuda de la Policía Local, que corta el tráfico. La gente se vuelca mucho en ayudar y se paran, se interesan, te pregunta...", cuenta Carlos Lorente.

Tantas horas caminando o cabalgando dan para mucho. Desde admirar el paisaje hasta reflexionar sobre la propia existencia; la trashumancia es una suerte de catarsis.

"Disfrutas de los aromas del anís, el tomillo, la lavanda... los pulmones y las piernas lo agradecen. Y la mente también. He repasado mi vida desde que nací, porque tienes muchas horas para pensar. Es algo maravilloso", confiesa.

"Pero no todo es tan perfecto", apunta. En los últimos cinco días tuvo problemas con el calzado. Además, solo se pudo duchar en tres ocasiones y hay que caminar 20 kilómetros diarios.

"Tienes que dormir en una colchoneta muy fina, hay garrapatas, polvo, calor, el agua se calienta, te levantas a las seis de la mañana... Es por eso que esta profesión la gente no la quiere ni con un sueldo", resume. "También tienes que tener buena capacidad pulmonar. Los ganaderos habían hecho una apuesta, según me dijeron después, sobre cuánto tiempo aguantaría, porque no todo el mundo es capaz. Pero yo, con 63 años, lo logré", concluye orgulloso el pontevedrés, que ya planea otra salida para el próximo año.

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