14 de junio de 2018
14.06.2018

Fernando Molina: "Cuando yo llegué a Pontevedra ya había comenzado la deforestación de frondosas"

"A mí la línea que más me gustaba era la de genética forestal", confiesa el ingeniero

14.06.2018 | 05:49
Fernando Molina, de 100 años, en el despacho de su casa en el que trabaja a diario. // Gustavo Santos

A Fernando Molina se le reconoce como uno de los primeros directores del Centro de Investigación Forestal de Lourizán, institución que este año celebra su 75 aniversario. El ingeniero centenario (el pasado mes de marzo cumplió los 100) nos recibe en su domicilio particular, en el que ahora pasa cada vez más tiempo, que también alterna con incansables paseos por el bosque. Con una memoria prodigiosa capaz de recordar nombres y fechas a la perfección, hace un repaso de su trabajo en la finca de Montero Ríos y de la situación actual de los montes.

-¿Cómo fue su llegada a la ciudad de Pontevedra?

-Llegué a Pontevedra en el año 1947. Yo había estudiado Ingeniería Forestal en Madrid y surgió una plaza en el Instituto de Investigaciones Forestales. Me presenté y la conseguí. El centro de Lourizán ya había comenzado a funcionar en 1943 con la denominación de Centro Rexional de Ensinanzas, Investigacións e Experiencias Forestais (CREIEF).

-Ya había preocupación por el sector forestal en aquellos años...

-El origen de todo esto hay que situarlo en una persona: Daniel de la Sota, que ya en los años 20, siendo presidente de la Diputación de Pontevedra, movilizó la preocupación por los bosques desde la función pública. Inició un programa de reforestación. Estaba muy relacionado y como continuación del trabajo forestal que había iniciado puso en marcha la segunda operación: difundir la enseñanza. Aprovechando el ofrecimiento de las clases que mandaban entonces se creó el CREIEF. La Diputación aportó la finca, que en sucesivos pasos fue aumentando.

-Pero sus jefes estaban en Madrid...

-Claro. De aquella solo había una Escuela de Ingenieros de Montes en España, y estaba en Madrid, donde yo, y todos, estudiamos. Era un estado centralista.

-¿Usted llegó a conocer a Daniel de la Sota?

-Sí, sí, claro. Era un entusiasta de todo lo forestal. Era un auténtico promotor. Era originario de Santander, pero se casó aquí. Tomó como responsabilidad valorizar esa riqueza, ya que Galicia comenzaba a experimentar un cambio muy fuerte en el aprovechamiento de los montes. Antes Galicia solo estaba cubierta de matorral, que era muy útil para vivir de la ganadería a través de la quema. Lo mejor del país ya lo había cogido la agricultura. El resto del terreno era para bosques de frondosas.

-¿Qué queda de aquellos bosques?

-Esto hay que entenderlo con períodos de tiempo largos y cuando comenzó la agricultura. Con las quemas se mantenían los montes produciendo. Había mucho monte de matorral, porque los animales no comen del árbol, sino que comen de lo más bajo. Cuando yo llegué a Pontevedra los bosques ya habían cambiando mucho. Fue comenzando la deforestación de ese bosque bonito de frondosas, que ha ido desapareciendo hasta ahora. Ahora los propietarios piden ayudas para poder plantar carballos, porque para la industria de madera no se presta. Estamos al final de esa época final de deforestación.

-Pero ya hay otras especies, que no son esas frondosas de las que habla...

-Hace 300 años que ya empezó a verse un pino gallego ocupando esos sitios que dejaban esas frondosas de forma continua.

-¿Y el eucalipto?

-Empezó hace unos 100 años.

-¿Lo defiende? Es una especie muy demonizada...

-Sí, hay mucha controversia, pero a mí no me gusta participar en ella. Yo solo veo que hay una población viviendo, unos montes y en política unos dicen que una cosa es muy buena y otros dicen que es muy mala. No quiero entrar en ello. A mí lo que me gusta es conocer la evolución de las especies.

-¿De dónde le viene esa pasión?

-Yo ya tenía un hermano ingeniero forestal, mayor que yo. Por eso me metí en el sector. Yo no tenía ninguna raíz en Galicia; había nacido en marzo de 1918 en Asturias. Me establecí en Pontevedra por trabajo. Después conocí a la que iba a ser mi esposa que es de aquí.

-¿Cuándo comenzó como director del centro de Lourizán?

-Yo creo que la figura de director nunca existió como tal. Yo vine como una aportación del Instituto de Investigaciones Forestales. El director de la Escuela de Montes se comprometió a arreglar el Pazo de Montero Ríos. El primer director o jefe de los servicios, como siempre se llamó a quien mandaba aquí un poco, fue Ignacio Marcide. A él le pagaba el CREIEF, creado por una orden del Ministerio de Agricultura. Había dos jefaturas. Una era del servicio derivado de Daniel de la Sota y el otro era el del distrito forestal. Los ayuntamientos y sus montes podían hacer un contrato con una línea o con otra. Marcide fue el que dirigió el paso de una finca enorme a la nueva figura jurídica.

-Usted no se define como director.

-No.

-Pero se le reconoce como tal.

-Porque es lo más cómodo (risas).

-¿Cuál era su función?

-Mi función era prestar servicios al centro en lo que se refería a la investigación. El Instituto de Investigaciones Forestales, que creó mi plaza, tenía parcelas por Galicia en las que poder estudiar cómo crecía el pino insigne, la resina... Tenía una serie de cosas desperdigadas. Mi plaza estaba al servicio de todos. A mí la línea que me gustaba era la genética forestal. Empecé por ahí, con el Arboreto, el jardín botánico de Lourizán, a buscar especies nuevas. Con Marcide se empezaron a montar cursos para enseñanza para guarda forestal, se creó una estación de análisis de semillas...

-¿Cuántas personas trabajaron con usted?

-Cuando me incorporé estábamos un ayudante de montes y yo. Había más trabajadores. Cuando el ayudantes de montes se fue, ya me quedé en todos los frentes, por eso dicen que fui el director.

-¿Le costó adaptarse a Pontevedra?

-No. Al principio tuve algo de morriña, pero después ya me quedé. El centro, para mí, tenía suficiente atractivo como para no irme más. Había una vivienda que la empleé al principio para albergar a mis familiares.

-¿Hasta que año estuvo en el centro de Lourizán?

-Me jubilaron de esa plaza cuando cumplí los 67 años, en 1985. Por aquel entonces te jubilabas a los 70.

-¿Usted quería seguir trabajando?

-Seguí en contacto con el centro, pero muy leve. Había puesto en marcha una pequeña empresa forestal familiar. En casa éramos nueve hermanos huérfanos y yo, como uno de los mayores, había llevado un poco la economía. Ante el magnífico panorama que ofrecía Galicia, invertí dinero de la familia en esa pequeña empresa.

-¿Sigue funcionando?

-Sí, sigue. Es una propiedad intermedia entre la explotación privada y la sociedad mercantil.

-Y uno de sus hijos ha seguido sus pasos...

-Sí, Braulio es ingeniero de montes.

-¿Cuál es su valoración de los montes en la actualidad? ¿Cómo se pueden mejorar?

-Mire, yo me metí en el negocio particular de la explotación un poco porque ya estaba en el sector forestal y porque a la economía familiar le venía muy bien. Son casi 70 años. Soy de la Sociedad Forestal de Galicia, fundada hace más de treinta años y en la que actué de presidente en funciones, con carácter representativo. Pero antes me dediqué solo al centro. Yo contemplé la lucha tremenda en Galicia entre la acción pública y la propiedad sobre los árboles autóctonos y los que no lo son. Esa ha sido la gran transformación desde Daniel de la Sota. Antes esos montes sirvieron para que la gente comiera.

-Pero la explotación que se hace ahora, ¿es buena?

-Es distinta. Estamos sufriendo unas modificaciones muy grandes pero ha habido grandes cambios en el consumo. Antes, hace 500 años, había aquí 300.000 personas, pero ahora rondamos los tres millones. ¿Se fija usted lo que eso trastorna todo?

-Y eso también cambia los bosques...

-¡Lo cambia todo! Para mí, lo más gordo ha sido ese aumento de población. En mi último periodo en el centro de Lourizán contemplaba el paso de monte raso a unos programas de repoblación, con Daniel de la Sota y Rafael Areses, con pino. El eucalipto ya está presente en el año 1860 en Lourizán. En Galicia había alguna que otra plantación, sobre todo en jardines botánicos. A Portugal llegaron unos años antes. El eucalipto, con las plantaciones de Daniel de la Sota, se ponía en hileras en medio para separar el monte público. Es una especie que aquí está muy a gusto. Con el fuego, no hay quien le gane. La invasión como algo gordo comenzó cuando fue utilizado como separación; con los incendios ya se propagó él. Pero el verdadero empuje fue la creación en los años 40 de la fábrica en Santander para aprovechar eucalipto para celulosa. Pagaban por anticipado y la gente no era tonta y empezó a hacer plantaciones. En Galicia según se deforestó de lo que había sido genuinamente gallego, el bosque de frondosas, el eucalipto se asentó porque se abrieron los ojos de la gente en cuanto a producción. Además, aquí se dio muy bien el pino del país, originario del Mediterráneo. Entró desde Portugal y es una de las mejores razas. En las pruebas mundiales que se han hecho es de las mejores. En mi época en Lourizán hicimos ensayos sobre él. Frenó la expansión del pino insigne.

-¿Por qué especie siente usted debilidad?

-Sí, tengo una debilidad (risas). Para mí la especie más prometedora y resistente viviendo en Galicia es la sequoia. Congenia con el estilo del medio ambiente físico gallego. Lleva viviendo en climas y medios parecidos a los que hay aquí miles de años, más que nuestras fragas frondosas.

-Tengo entendido que le encanta salir al monte...

-Con dos bastones de avellano puedo estar el día entero caminando con mi hijo por el monte interesándome por todo.

-¿No se cansa?

-No me canso y me divierto. Y sobre todo paso el tiempo a gusto. ¡Qué más se puede pedir!

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