02 de diciembre de 2012
02.12.2012
Faro de Vigo

Cobijada en el Instituto con el Archivo Histórico tras la Guerra Civil, marcó una época para generaciones de pontevedreses en el fomento de la lectura

02.12.2012 | 01:00

Probablemente más meritorio fue el trabajo que acometió de forma paralela en el Archivo Histórico Provincial. Pero aquella incipiente biblioteca, que luego se hizo grande bajo las atenciones y los desvelos de aquel hombre siempre rodeado de libros, cumplió una función esencial en el despertar cultural de generaciones de pontevedreses entre las décadas de los años 40 y 60.

La Biblioteca Pública y el Archivo Histórico se instalaron a partir de 1940 en el ala izquierda de la planta baja del Instituto Nacional de Enseñanza Media, que entonces dirigía el catedrático Enrique Vidal Abascal. Allí dio el propio Fernández-Villamil clases de gramática y literatura. Hasta las dependencias del Instituto llegaron ambas instituciones desde la delegación de Hacienda.

Villamil, como era popularmente conocido, fue el primer director del Archivo Histórico, que recibió su primer protocolo el 4 de agosto de 1934. La Biblioteca Pública era bastante anterior, y cuando don Enrique se hizo cargo solo tenía 6.000 volúmenes. Tras su despedida en 1955 para ocupar un alto cargo en Madrid, superaba los 40.000 ejemplares, que se dice pronto.

La biblioteca propia que tenía el Instituto constituyó el fondo más rico de la Biblioteca Pública, una vez acomodada allí. Unos cuantos libros arrinconados en la delegación de Hacienda completaron esa dotación inicial, cuando su director como único personal comenzó su ingente trabajo de organización y catalogación.

La Biblioteca Pública dispuso en el Instituto de dos salas con nombres propios: la sala Camoens, de libros portugueses; y la sala Muruais, con la mítica colección de la Casa del Arco que tanto frecuentaron ilustres visitantes, desde Valle-Inclán hasta Said Armesto. Además, contaba con una sala de lectura de 40 plazas y un pequeño salón para investigadores. A su lado, el Archivo Histórico tenía una sala de trabajo y otra de catalogación.

A mediados de los años 40 se puso en marcha un servicio de préstamo de libros que funcionó de forma rudimentaria, dado que Villamil seguía atendiendo en solitario todas las actividades de ambos organismos. Un total de 122 personas estaban inscritas en dicho servicio, sin posibilidad de ampliación para atender una demanda cada vez más creciente por falta de personal.

La asignación presupuestaria oficial era tan paupérrima que el director no revelaba su importe nunca, y comentaba con resignación que la Biblioteca Pública sobrevivía "franciscanamente, con el auxilio de la providencia". El Ayuntamiento aportaba una subvención anual de 1.000 pesetas, y algún que otro año la Diputación dio 2.000 pesetas. En 1946 se acometió una mejora de todas sus dependencias que pagó el propio Instituto.

Especialmente atractivo era su depósito de revistas, dado que la Biblioteca Pública recibía periódicamente 114 revistas nacionales y 27 extranjeras, al tiempo que disponía de 600 colecciones en varias anualidades. Muy frecuentado por los más jóvenes era aquel popular armario en donde se guardaban los libros infantiles.

El techo de lectores de aquella década se alcanzó en 1941 con 7.189 personas. A partir de entonces, la media anual osciló entre los 5.500 y los 6.500 lectores, al tiempo que se multiplicaba la actividad del servicio de préstamo.

A mediados de 1955, Enrique Fernández-Villamil Alegre dijo adiós con mucho pesar, y se trasladó a Madrid para ocupar el cargo de director de la oficina técnica del Servicio Nacional de Lectura.

El 29 de junio de aquel año recibió un homenaje de despedida que consistió en una cena en el parque de verano del Liceo Casino. No faltó nadie. Su trabajo fue reconocido por toda la intelectualidad de esta ciudad, que consideró su marcha como una gran pérdida para su querida Pontevedra, donde había sido también el primer presidente del Cine-Club.

Para entonces el Ministerio de Educación Nacional ya había adquirido la casona de los Fonseca como futura sede de la Biblioteca Pública y el Archivo Histórico. Pero la Casa de Cultura que reunió a ambos organismos no abrió sus puertas hasta 1960.

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