13 de abril de 2012
13.04.2012
NORBERT BILBENY - Ensayista, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona

"Con la crisis, el peligro es el nacionalismo de Estado y étnico, el patrioterismo"

"Temo que en Europa se aproveche la carestía económica para reforzar el chovinismo"

13.04.2012 | 10:06
Norbert Bilbeny García. // Rafa Vázquez

"No debe defender el cosmopolitismo porque sea un ideal ilustrado, o moderno, o acorde con los tiempos, sino porque sin él se hará imposible la responsabilidad global y la gobernación internacional", explicó Norbert Bilbeny en su conferencia en la Semana Galega de Filosofía.

—Plantea que el cosmopolitismo es una parada obligada si queremos pensar en la construcción de Europa.

—No es una parada, es la estación de destino, la estación final, seguramente no llegaremos nunca a un pleno cosmopolitismo mundial (y reconozco que ahora estoy haciendo futurismo) pero es un destino ineludible porque nos va en ello la supervivencia de la población del planeta, por motivos ambientales, de seguridad, alimentarios, energéticos, de convivencia por descontado. Por lo tanto cosmopolitismo no es un lujo político ni estético o moral o artístico, el cosmopolitismo es la tendencia natural de la democracia hacia su pleno desarrollo en estructuras de gobierno que van a traspasar las fronteras nacionales y a buscar cada vez más ejes y estructuras, nódulos, compartidos.

—¿Puede hablarse de una ética cosmopolita?

—La ética o es cosmopolita o no es, me parece a mi, ética. En tanto que representa una preocupación por lo humano, por la dignidad de todo lo humano, trasciende grupos, pueblos, estados, continentes, la ética es, de suyo, cosmopolita, por más aprecio y respeto que tenga, como no puede ser menos, hacia los elementos comunitarios, locales, la ética tiene necesariamente una proyección universal.

—Europa es cada vez más multicultural, lo que frecuentemente se plantea como un problema...

—Europa ha sido y es un continente pluricultural, por la diversidad de pueblos y antiguamente de reinos, de estados, de modos de practicar y sentir la cultura, no hay un multiculturalismo reciente, el multiculturalismo es un enfoque político y ético que nos viene sobre todo de los campos académicos norteamericanos y cuyo empuje no está en su mejor momento, los ha tenido más exitosos anteriormente, pero que tiene una implicación y una plasmación en Europa, Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, que son países multiculturalistas, en el plano oficial. Pero no hay un multiculturalismo europeo, hay pluriculturalidad, una pluralidad de culturas y no hay apenas políticas multiculturalistas, hasta hace unos años efectivamente estaban de moda pero en pocos países, en los País Bajos, en Reino Unido y en Suecia básicamente, en el resto de Europa no hay habido multiculturalismo, lo que hay es pluralidad y respuestas políticas y sociales y ella. La vía que parece a día de hoy más aceptada y aceptable (parece, no podemos dogmatizar) de convivencia en la pluriculturalidad es el llamado interculturalismo.

—¿Qué se entiende por interculturalismo?

—Es respetar la diversidad cultural pero salvando todo lo común que haya que salvar, es decir cubriendo unos mínimos de convivencia que no sean contradictorios con el respeto a la riqueza de cada cultura, de cada grupo, comunidad, nación, la interculturalidad tiene ese sesgo que hace que sea tan diferente del multiculturalismo.

—Porque el multiculturalismo subraya las diferencias

—Si, es más diferencialista, subraya las diferencias, eso se plasma incluso en los modos de convivencia, se tiende a buscar espacios de yuxtaposición: tu aquí, tu allá, ese ghetto allá, cada uno en su sitio y respetemos todos lo que es de cada uno. Pero eso no favorece la relación ni la convivencia.

—¿Es el modelo que se ha aplicado en Francia?

—No, el modelo francés es el asimilacionista, es decir ustedes olvídense de sus orígenes, todos son franceses, todos ciudadanos con los mismos derechos y oportunidades.

—Hasta el momento en que efectivamente haya que darles esa oportunidad.

—Claro, hasta el momento en que se comprueba que no todo es así o que apenas es así, entonces, claro, aparece el claro fracaso de los llamados "barrios difíciles". Es el fracaso del ascensor social, el sistema político ha funcionado pero lo que no funciona es el socioeconómico, que no ha permitido integrar de hecho a los que de derecho se les reconoce igualmente ciudadanos pero que de hecho aunque tienen igualdad de oportunidades no tienen la misma igualdad de acceso a los derechos y privilegios del resto.

—¿Qué modelo se aplica en España?

—Aquí es otra cosa porque no hay un modelo fuerte de integración como el francés o el británico.

—¿No le sorprende en un país que en una década recibió a miles de inmigrantes?

—Nuestro modelo oficial es el de la integración, respeto a la diversidad pero salvaguardando unos principios legales y cívicos de convivencia. Sin embargo no es un modelo fácil porque está resultando en España causante de fricciones ¿por qué? Porque se tarda en integrar de hecho, se tarda en incluir de hecho a las personas en el sistema de derechos y oportunidades reales. Y como se tarda y siguen siendo gran parte de los mal llamados inmigrantes personas y en general grupos excluidos ello es lo que hace que el sistema español, que es el oficialmente el de la integración al igual que en toda la UE, no esté funcionando con la fortuna que se esperaba. Y se temía por otra parte que no funcionaría porque lo que hay es esa dificultad para incluir de una vez a esos que llevando ya un tiempo suficiente en el país y habiendo demostrado su voluntad de seguir formando parte de la población de este país, no son reconocidos de hecho como ciudadanos y como ciudadanos plenamente miembros de la comunidad.

—¿La crisis plantea ahora un reto añadido?

—El futuro de Europa me parece bastante incierto, sobre todo por la situación económica, que no sabemos hacia donde nos va a llevar. Con la crisis el principal peligro es el del chovinismo, los nacionalismos de estado y étnicos, el patrioterismo, que con el pretexto de la carestía aprovechen para reforzar el sentido de pertenencia y ese chovinismo.

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