22 de mayo de 2011
22.05.2011
De vuelta y media

El alcalde Hevia

Fue el regidor más valorado entre los pontevedreses de la postguerra por su embellecimiento de la ciudad

22.05.2011 | 08:30
El alcalde Hevia

Si en su tiempo hubiera habido elecciones municipales democráticas, tal y como hoy están convocadas, con toda probabilidad Remigio Hevia Marinas hubiese resultado elegido alcalde de Pontevedra por mayoría absoluta. De hecho, esa incuestionable aceptación popular le valió su designación como primer regidor en tres períodos bien distintos: 1928-1930, 1939-1942 y 1949-1952.
Ante las reiteradas peticiones de más información sobre la vida y obra de este hombre de aire anglosajón, recto, culto y atildado, que ya abordé en su día al contar la historia del inmueble ubicado en Michelena 30, he considerado que ninguna fecha mejor para complacer a tantos lectores, que esta jornada tan especial de la que saldrá elegido el nuevo alcalde pontevedrés.
Remigio Hevia Marinas, de profesión banquero, fue designado por primera vez alcalde de Pontevedra el 4 de diciembre de 1928 por votación unánime de todos los concejales. Su primer teniente de alcalde fue Andrés Muruais y el segundo teniente de alcalde fue Gerardo Álvarez Limeses, otros dos pesos pesados del pontevedresismo, también repescados para la gestión municipal por aquel gobernador civil, José Batuecas, quien entonces ya formaba buen tándem con el presidente de la Diputación, Daniel de la Sota. Hasta entonces Remigio Hevia ejercía como hombre de confianza del segundo marqués de Riestra y estaba al frente de gran parte de sus múltiples negocios, incluida la Banca Riestra.
Esta primera estancia en la alcaldía no duró más que un año largo, pero las fiestas de La Peregrina de 1929 nunca habían tenido tanto realce, ni habían contado con la presencia de personalidades tan destacadas: el mismísimo jefe del gobierno, Primo de Rivera; el ministro de Hacienda, José Calvo Sotelo, que participó en la procesión; el nuncio del Vaticano en España junto con el arzobispo de Santiago, el capitán general del departamento marítimo de Ferrol, y otras muchas personalidades. Aquel año hasta se celebró en julio una corrida goyesca.
El celo de don Remigio por el ornato y la limpieza de la ciudad se hicieron patentes desde este primer mandato. Aquí empezó a dibujar los jardines de Casto Sampedro frente a La Herrería, así como los jardines de Vincenti, frente a la Alameda, que luego consolidó durante su segundo mandato. Y a su tercera etapa correspondió la incorporación de la estatua de Colón al lugar en donde sigue hoy ubicada, tras gestionar su traslado desde el invernadero del Centro Forestal de Lourizán. Hermosear Pontevedra fue siempre su objetivo irrenunciable.
Durante sus tres mandatos, la mejora del abastecimiento de aguas constituyó otra gran prioridad. A primeros de julio de 1929 Hevia inauguró cuatro fuentes públicas en el Burgo, Santa Clara, la Moureira y la carretera de Vigo, en servicio de nueve de la mañana a siete de la tarde. Y en su segunda etapa tras la guerra civil impulsó un proyecto de ampliación del caudal para embalsar hasta 500.000 metros cúbicos de agua, que redactó el ingeniero Rafael Picó, nombrado poco después presidente de la Diputación, y cuya contratación anunció el BOE tres días antes de irse de la alcaldía por segunda vez.
Su primera etapa como regidor municipal supo a poco y dejó tan buen recuerdo en la ciudad, que el primer gobernador civil de la postguerra, Manuel Gómez Cantos, propuso su nueva designación el 14 de junio de 1939, luego confirmada por los siguientes gobernadores. Entonces fue cuando don Remigio desarrolló su impronta especial, con el mérito añadido de hacerlo con una economía paupérrima: no dejó una calle sin pavimentar o dotar de aceras e iluminación eléctrica, al tiempo que favoreció el desenvolvimiento de Pontevedra como ciudad con el levantamiento de su plano topográfico, que no era otra cosa que un plan general de ordenación urbana.
A este tiempo correspondió la apertura de una nueva calle entre Benito Corbal y Joaquín Costa, cuya urbanización y alcantarillado corrió a cargo de José Vieitez Arca, propietario de aquellos terrenos donde había estado ubicado el antiguo campo de fútbol del Eiriña. También reformó el Ayuntamiento, amplió el cementerio de San Mauro y dejó adjudicada la nueva plaza de abastos, que se inauguró en 1945 donde sigue hoy.
Y su tercera y última estancia en la alcaldía fue propiciada por el gobernador civil, José Solís Ruiz, en el marco de una gran remodelación política que alcanzó a 25 municipios pontevedreses. Solís no había oído hablar más que maravillas de aquel hombre que tras el batacazo económico de la familia Riestra gestionó una fábrica de conservas en Covelo. Así que defendió con entusiasmo su designación como alcalde.
A solucionar el problema de la vivienda, que tanto preocupaba a Solís, dedicó todo su empeño el alcalde Hevia, mientras seguía incansable con su labor de mejora en calles y plazas. A esta etapa final correspondió la urbanización de la travesía entre Cobián Rofffignac y el Campo de la Feria, hoy Plaza de Barcelos. Y soñó con ver operativo un día el aeropuerto que quería construirse entonces en A Lanzada.

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