13 de agosto de 2020
13.08.2020
Faro de Vigo

Presos en comunidad para dejar la adicción: "La cocaína me trajo a la cárcel, tapaba mis carencias con droga"

Pereiro es el único centro penitenciario de Galicia con una comunidad terapéutica de desintoxicación | Diecinueve reclusos conviven en un módulo en el que las normas, la terapia y la reeducación buscan reinsertar

13.08.2020 | 01:25

En el pequeño invernadero han nacido tomates, pepinos o lechugas de los que dan buena cuenta en su menú, que elaboran en una cocina propia, tan bien equipada como la de un restaurante. Javier está al cargo de la jardinería y, durante la pausa de varios compañeros para fumar un cigarrillo, muestra el estado del patio, que luce limpio y cuidado. En una mesa de piedra se reúnen los días de buen tiempo a jugar la partida. Son esos pequeños detalles que alegran la vida y alivian la estancia en el lugar donde viven: en una cárcel, pero en un módulo diferente.

En el centro penitenciario de Pereiro de Aguiar, la prisión provincial de Ourense, hay 306 internos. Diecinueve de ellos, de distintas edades, condiciones sociales y tipos de delito, conviven en la comunidad terapéutica de Proyecto Hombre, un espacio con una configuración, rutinas y posibilidades propios, en el que profesionales de la entidad y del equipo técnico de la administración trabajan con los reclusos para que superen su adicción, a la vez que afianzan hábitos y mejoran sus habilidades sociales y pautas de conducta. Es la única de estas características en Galicia y de las pocas que hay en España. "Aquí trabajan con las dificultades de cada uno y su adicción, y en mi caso es la cocaína, el motivo de que yo esté en la cárcel. Si no, nunca habría caído preso", afirma R., de 44 años, que lleva 10 meses en esta comunidad y es el actual coordinador de actividades.

"En mi pasado había cosas que me machacaban la autoestima y me llevaban a tapar esas carencias con droga, cuando lo que hay que hacer es aceptarlas y afrontarlas. En ese proceso estoy". La muerte de su padre supuso un duro revés que le hizo recaer. "Había hecho un tratamiento fuera por mi cuenta, llevaba un año bien, pero ese golpe me fastidió y empecé a consumir otra vez. A raíz de eso, cometí un delito y las suspensiones de condena se me revocaron". Le quedan algo más de dos años por delante hasta saldar la pena. Su motivación, responde, "es tener una vida plena, como cualquier otro. Yo perdí amigos por mi adicción. Te vas encerrando en un mundo de consumo, te rodeas de gente con los mismos problemas que tú, para que no te juzguen, y vas perdiendo cosas por el camino. Mi motivación es recuperar todo eso, recuperar esa vida que tenía y que empecé a fastidiar de 4 años a esta parte".

La trabajadora social Patricia Pérez, de Proyecto Hombre, es la coordinadora de la comunidad terapéutica de Pereiro desde 2003, dos años después de que la iniciativa se pusiera en marcha. La entidad trabaja en la actualidad con dos profesionales. Llegaron a ser cuatro en épocas en las que en el módulo había hasta 40 personas. "Hacemos grupos de autoayuda, seminarios terapéuticos y culturales, grupos de habilidades sociales o videoforum. Utilizamos todas las técnicas que podemos para ayudar y acompañar a la persona a que tome decisiones serenas sobre su vida. Es importante que se den cuenta de la problemática, para encauzarlos y que adquieran hábitos de vida responsable, para que salgan a la calle con preparación", expone. "Se consigue una transformación, ya en los primeros días, sobre todo si se trata de personas que vienen de estar en el exterior con un nivel alto de consumo". Al llegar a la comunidad les hacen una foto para un carné de identificación, "y cuando se ven pasado un tiempo, dicen: ¡cómo estaba!"

El programa es voluntario y exige autocrítica, respeto y compromiso. "Primero hay que ver los errores y después asumirlos para no volver a cometerlos. Yo no puedo echar la culpa al juez o a la mala suerte. El culpable soy yo y lo que tengo es que poner los medios para no repetir errores. Aquí nosotros ejercemos la responsabilidad", asegura R., que reivindica el valor de la reinserción. "Aquí hay gente muy válida y con ganas, que nos merecemos una segunda oportunidad".

Cristian tiene solo 28 años pero es el más veterano en este módulo; lleva año y medio y es el responsable de la cocina. A los 18 entró en prisión por primera vez. "Empecé de joven con los canutos, luego con el alcohol, después con el MDMA, y con la cocaína ya fue el despiporre total. Tuve una gran recaída, que dicen que son las peores, y así es. Fue cuando falleció mi abuelo, un luto que no logré superar y afrontar, hasta que llegué aquí. Tenía grandes problemas de gestión de impulsos. Llegado un momento pensé que iba bien pero no, dejé de cometer ciertos delitos pero la violencia continuaba ahí, con peleas y noches malas", comparte. "Mi abogado me recomendó este centro porque había un módulo de Proyecto Hombre y lo vi como algo esperanzador para mí, como una oportunidad para poder decir: hasta aquí".

Durante los primeros tres meses de estancia en la comunidad se hace hincapié en la adaptación a las normas de convivencia. Estos presos se levantan, hacen la limpieza de las habitaciones y espacios comunes mientras dos de ellos preparan el desayuno y, tras la primera comida del día, practican una hora de deporte, lavan la ropa y participan en la terapia.

El espacio físico es más amable. Las celdas no son como las del resto de módulos y recuerdan a las habitaciones compartidas de un campamento, salvo por la puerta reforzada que se cierra cada noche, aunque no así a mediodía, como en el resto de departamentos de la prisión. Se presupone una mayor implicación y responsabilidad de los internos, pero la prevención de seguridad no se olvida. "Aquí hay vasos, cuchillos o tenedores, cuando en el resto de módulos no. Todos los días se hace un recuento cada vez que se usan los utensilios de cocina. A veces se cae uno al echar los restos de la comida y eso implica localizarlo, no puede desaparecer. Sucede lo mismo con las herramientas del taller de marquetería. Cada vez que hay una actividad se realiza un recuento", cuenta la coordinadora.

Hay roces, como en cualquier colectivo humano que convive, pero también sentimiento de grupo, que favorece el intercambio emocional. El equipo técnico del centro y las profesionales de la ONG mantienen contacto diario. Durante el confinamiento, las trabajadoras de la entidad no podían acudir pero mantuvieron la terapia con videollamadas. "Todo comienza con unas pautas básicas de limpieza y responsabilidad. Aquí lo básico es el respeto y la no violencia, ni con las personas ni con las cosas, y si es grave puede ser motivo de expulsión. También debe prevalecer el secreto del grupo, hay que respetarlo. Además, al tratarse de un módulo que puede ser mixto, con habitaciones en el ala este reservadas para las mujeres [en la actualidad, los 19 son varones], no tienen cabida los reclusos con delitos sexuales", explica Patricia Pérez. Obviamente, es un espacio libre de drogas, y que lleguen es mucho más infrecuente que en otros módulos, aunque este tampoco es cerrado y los residentes acuden al polideportivo -a diario-, al salón de actos o a la escuela. "En los 17 años que llevo solo 3 veces se introdujo algo", afirma Patricia.

Eva Vázquez es trabajadora social de la administración penitenciaria, integrante de un equipo técnico del que también forman parte profesionales de psicología, educación social o derecho. "El primer compromiso que deben tener es querer salir de las drogas. A veces lo usan como un medio para conseguir beneficios, y nuestro trabajo es cambiar esa mentalidad y que lo hagan para modificar algo en ellos". Patricia Pérez coincide. "Yo les digo que, al principio, su motivación puede ser externa, como por ejemplo que si no participan sus padres no los apoyan o no les mandarán dinero o no acudirán a verlos. Pero una vez que avanzamos en el programa, deben tener también una motivación interna. Ya que tienen que estar aquí, es una oportunidad que deben aprovechar para hacer un cambio de vida. Es necesario un compromiso personal porque, si no, es difícil continuar. Si esa motivación externa no pasa a ser interna, las personas abandonan".

Bajo nivel de reincidencia

Además, el plan es que el tratamiento de deshabituación continúe a partir del régimen de tercer grado, en un centro externo de Proyecto Hombre u otra entidad con un fin social similar. "Llevo 18 años y de entre todos aquellos con alta terapéutica han reingresado muy pocos, por lo que el nivel de reincidencia es bajo cuando el motivo principal del ingreso es la droga", dice Vázquez.

La subdirectora de Tratamiento de Pereiro, Carla García, destaca que la comunidad terapéutica supone "un recurso muy potente, porque permite trabajar de manera integral y a tiempo completo. Valoramos mucho que los internos hagan este esfuerzo. Se tiene en cuenta no solo en la junta de tratamiento sino en el día a día, cuando organizamos un curso formativo o actividades culturales para estos internos siempre va a haber plazas si están interesados en acudir". El director del centro penitenciario, Francisco González, asegura que "poder contar con la participación de Proyecto Hombre es un lujo, y de hecho es la única comunidad terapéutica intrapenitenciaria de Galicia. Hay centros que nos derivan a internos con problemas de adicción que no logran abordar".

Cristian, por ejemplo, llegó de Teixeiro (A Coruña) y está satisfecho de la decisión. "Los delitos que cometí vienen de ciertos hábitos porque a lo mejor nadie me enseñó lo contrario. Aquí he aprendido, profundizan en los problemas. Tenía bloqueos mentales y con el trabajo de la psicóloga, aunque fue duro recordar ciertas cosas, fui sacando esos dolores emocionales. Hace un tiempo yo no podría mantener esta conversación. Me costaba un mundo llorar, todo lo disimulaba con bromas. Aquí he aprendido que están bien en su momento pero hay que exponer cómo te sientes. Aquí he conseguido vaciarme emocionalmente y sacar esas cargas. Ahora estoy en un punto de evolución diaria", relata con entusiasmo.

Hace poco disfrutó de un permiso de salida de cinco días. Cristian fue a ver a su abuelo al cementerio. "He dado el paso y he ido a presentarle mis respetos, a pedirle disculpas y a hacer unas promesas. Eso para mí ya supone un paso gigantesco". Se siente otro. "Me vio gente de mi infancia, que antes no quería casi ni estar conmigo porque no les compensaba, y me dijeron: ¡pero qué formal estás! Mi hermano pequeño y mi madre saben cómo estaba cuando me fui, y me ven ahora...", incide.

"Yo tiraba de autosuficiencia, de que podía con todo y no me afectaba nada. Me han ayudado a conseguir una madurez emocional", valora este interno. "Cuando toca volver a la calle y hay que buscar un trabajo, una vivienda, hacer relaciones sociales y de pareja, si tienes las cosas más claras y existe un acompañamiento, cuentas con las herramientas para pedir ayuda. La recaída es una posibilidad dentro del proceso pero la cuestión es saber pedir ayuda", señala Pérez.


"Nos ayudan a controlar la ira"

Mohamed tiene 29 años y entró en la comunidad hace un mes y veinte días. Era adicto al alcohol y la cocaína. "Poco a poco estoy logrando dejarlo". Con su experiencia cree que la adicción es un factor de riesgo para llegar a delinquir. "Realmente sí, los delitos vienen a raíz de la droga". Este recluso agradece el apoyo de los veteranos y los beneficios de la terapia de reeducación. "Nos ayudan a controlar la rabia y la ira, y a mejorar la personalidad, no solo a dejar las drogas".

Javier, de 54 años, ha tenido problemas con la cocaína, la heroína y el alcohol. Tras intentar deshabituarse en otro tipo de programas, lleva más de seis meses en la comunidad terapéutica, a la que pidió acceder por consejo de su abogado. "Me encuentro muy bien, a gusto, estoy sorprendido con la ayuda que nos prestan. Soy capaz de decir que soy otra persona". Como uno de los veteranos de este módulo de Pereiro, "trato de transmitir las normas de la mejor manera posible a los que llegan, de ayudarles".

Javier tiene metas a corto y largo plazo. Ahora cuenta los días para disfrutar de un permiso, a finales de este mes. "Antes llegaba, saludaba y me marchaba hasta tener que regresar. Ahora me quiero centrar en mi madre, que la tengo bastante enfermita", relata. "Quiero disfrutar de la familia y volver con las pilas cargadas para acabar el programa de la mejor manera posible y seguir trabajando en las dificultades que tengo, como por ejemplo ganar más seguridad en mí mismo. Era una persona a la que me costaba tener habilidades sociales y aquí lo voy logrando. Una vez salga, quiero disfrutar de mi familia lo que no he podido estos años. No porque ellos no estuvieran, sino que era yo el que no estaba". Su "sueño", confiesa, "sería ver a mi hija", que vive en otra comunidad. "Es mi mayor motivación y lo que más ilusión me haría en la vida".

Cristian, al que le quedan dos años y medio de condena, despide con el puño en alto y un Forza Dépor! al periodista, porque la pasión es compartida. En el taller de marquetería hizo un escudo en madera del club, que regaló a su hermano. Tras obtener la ESO en prisión, planea estudiar a distancia para atender a personas dependientes o trabajar en parafarmacia, "porque me gusta ayudar a la gente". En la comunidad terapéutica, dice, "uno tiene que encontrar sus motivaciones y saber por dónde tirar. Si no eres capaz en un entorno tan limitado como este, una vez llegues a la calle te perderás. Ser constante es un objetivo básico que te prepara. Las educadoras te ayudan pero hay decisiones que tienen que ser tuyas. Tu vida siempre va a estar en tus manos, no va a depender de nadie más que de ti".

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