27 de enero de 2013
27.01.2013
Ilustres

La versión francesa de la Guerra de la Independencia

27.01.2013 | 12:37
La Guerra de la Independencia vista por Francisco de Goya.

Las palabras que siguen pretenden hacer algunas aportaciones de los sucesos acaecidos y de la visión que se tenía de la entrada, ocupación, guerra popular y salida de las tropas francesas del territorio gallego, pero desde el lado contrario de la contienda, esto es, desde las apreciaciones y comentarios que hacen los franceses sobre Galicia, sobre los gallegos y la lucha que llevan a cabo contra ellos. Acostumbrados a escribir la historia desde nuestro bando, olvidamos con frecuencia lo interesante y relevante que pueden ser sus opiniones y el conocimiento que nos pueden aportar, en este caso, las fuentes francesas. Sin ánimo de exhaustividad, voy a exponer a continuación algunas impresiones y comentarios que muestran los textos diplomáticos y militares franceses recogidos en alguno de mis trabajos sobre el tema, fundamentalmente de la correspondencia consular conservada en los Archives du Ministère des Relations Extérieures y alguno otro documento del Archive de l´Armée, ambos en París.

Como contexto general, la panorámica política que Napoleón y sus asesores tenían de España en la etapa previa al inicio de las hostilidades era de una gran división y competencia por controlar el poder entre los partidarios de Carlos IV y Godoy por una parte, y los descontentos de la nobleza, ejército, clero, etc., por otra, que conspiraban alrededor de Fernando. El "Complot de El Escorial", en octubre de 1807, y el motín de Aranjuez, cinco meses después, son la mejor muestra de la crisis política existente en España. Por otro lado, Napoleón procuraba hacerse querer por unos y otros con los ojos puestos en la incorporación al Imperio de la Península Ibérica y sus riquezas coloniales. Y efectivamente, siguiendo su preestablecido plan, consiguió facilmente que toda la familia real abandonara España para presentarse en Bayona, que se le reconociera como mediador y que, finalmente, tanto Carlos como Fernando abdicaran oficialmente en su favor. El Emperador pudo así designar a su hermano José -hasta entonces rey de Nápoles- como nuevo monarca español.

Cuando esto sucediera, le había anticipado Napoleón a Talleyrand, "Habrá gritos y lágrimas? Pero esta gente no es nada"(decía, despreciativo, Napoleón) "¡País de monjes y curas, que precisa una revolución!". Y, efectivamente, para grangearse el apoyo de los españoles reformistas trató de introducir amplias reformas administrativas basadas en un texto fundamental que sería el Estatuto o Constitución de Bayona. En este tema de Bayona tuvo una importancia capital el obispo de Ourense Pedro de Quevedo, no solo a nivel de Galicia sino en toda España, porque ante la opinión pública fue el primer "sublevado antifrancés" que, desde el punto de vista ideológico y jurídico, marcó los argumentos que luego asumirían los defensores de "Dios, la Patria y el Rey".

A pesar de la frase anterior, Napoleón tenía una idea muy positiva de las potencialidades que, con una buena administración, podía ofrecer España. Después de que, en mayo de 1808, abdicara Fernando VII, Napoleón escribió a su hermano José una carta en la que le decía: "La nación, por medio del Consejo Supremo de Castilla, me pide un rey. Es a vos a quien destino esa Corona?España no es como el reino de Nápoles. Se trata de 11 millones de habitantes, más de 150 millones de ingresos, sin contar con las inmensas rentas y las posesiones de todas las Américas?(y) estando en Madrid, estáis en Francia; Nápoles es el fin del mundo?"

En realidad, la diplomacia francesa de la época pensaba que "la España" estaba a diez mil leguas de Europa y a diez centurias del siglo décimo octavo por su desigualdad social, corrupción, despotismo, incultura, su mezcla de abulia y fanatismo, etc., retraso general que se achacaba, en buena parte, a la pérdida de su dinastía autóctona (la de Isabel y Fernando) y su relevo por la de Austria primero y luego la de Borbón que, en vez de preocuparse por los intereses auténticos del país, la embarcaron en aventuras internacionales de oscuros manejos dinásticos, verdadera causa del interminable espolio, tanto de las riquezas nacionales como del caudaloso río de metales preciosos procedentes de las Indias que era reexpedido, sin desembalar incluso, a los sótanos de los banqueros centroeuropeos.

Vistos desde una Francia vecina mucho más adelantada, los españoles parecían gentes que no les importaba mucho su pobreza, su incultura, ni su libertad y que estaban dominados por los curas y la nobleza. En este desprecio general llevaba la palma (y no sin alguna razón) la familia real. A tenor de los informes que le llegaban desde su Embajada en Madrid (que era el centro de decisiones políticas más importante de la Corte), Napoleón consideraba al rey Carlos IV como un perfecto inútil, al todopoderoso Godoy como un tipo rastrero y cobarde, y al Príncipe de Asturias como un simplón falto de carácter a quien Godoy mantenía alejado de todo. La carta secreta, ridícula y servil, que este (Fernando) hizo llegar a Napoleón ofreciéndole el reino, si deponía a su padre y al infame Godoy, y pidiéndole en matrimonio a una Bonaparte, le hizo comprender con claridad el nivel de miseria de esa monarquía que estaba pidiendo a grito pelado que la desalojasen del poder.

Eso fue lo que hizo en Bayona. Y la excusa de la entrada del ejército imperial fue atacar a Portugal, sempiterno aliado de Inglaterra. Era todo tan sencillo que incluso un tipo tan lúcido como Napoleón picó, se equivocó, y cuando fue consciente de que estaba cometiendo un grave error ya era demasiado tarde. En seguida se apercibió de que apoderarse de un país, que incluso hasta aquel momento había sido su más rendido aliado, no era acertado. A fe de que recordaría la advertencia que incluía en su informe uno de sus chambelanes de que "el carácter de los españoles es noble y generoso, aunque tiende a la ferocidad. No tolerarían ser tratados como nación conquistada; desesperados, serían capaces de los mayores excesos de entrega y valor". Y tanto que fueron. El Emperador calculaba que la conquista de España no supondría más de 12.000 víctimas de sus fuerzas, pero la realidad fue que cuando el heterogéneo ejército imperial cruzó de nuevo la frontera cinco años después había dejado cerca de 180.000 muertos en la contienda. Y esto ocurrió porque, en buena parte, la guerra se hizo cosa del pueblo o quizá el pueblo había hecho la guerra cosa suya. Emboscadas, asaltos nocturnos, celadas, informes falsos, cortes del correo y de la información, ataques masivos y retiradas fulminantes? desde la perspectiva militar francesa aquello no era una guerra, sino une merde.

Los soldados franceses dejaron testimonio en sus cartas de todo esto: "todos los habitantes huyen de nosotros o nos disparan?"(dice uno), "pensaríamos que el país está desierto si no fuera porque nos disparan constantemente desde todas partes?" (escribió otro).

Los franceses y Galicia

Cuando a mediados de mayo de 1808 el pueblo de Galicia se levanta, y entra por tanto en la corriente de la sublevación antifrancesa que se propaga ya por toda España, su acción puede juzgarse como inesperada a la vista de las informaciones galas. La desfiguración de lo inmediato, dentro de un momento de crisis que, como tal, genera tensiones más o menos solapadas que pueden surgir de improviso, sorprendió a los observadores franceses encargados de pulsar diariamente la situación, la opinión y los ánimos de los sectores sociales de Galicia.

En Galicia, la población y la influencia francesa estaba polarizada principalmente en la ciudad de A Coruña, y desde allí irradiaba al resto del reino. A lo largo del siglo XVIII, sobre todo desde la apertura comercial de su puerto con América aprobada por Carlos III, se fue instalando una importante colonia francesa de empresarios, especialmente del ramo del textil, que alcanzaría una cifra aproximada de unas 350 personas, a las que había que sumar los comerciantes y pescadores procedentes, principalmente, de los puertos de Nantes, La Rochelle, Burdeos y Bayona. Esto explica que A Coruña fuera una de las más importantes entradas de libros prohibidos de tipo revolucionario y liberal. Los antirrevolucionarios (como lo del famoso abate Barruel) los traían los clérigos refractarios que, huyendo de la revolución, se refugiaron en Galicia.

Esta importancia económica y poblacional explicaba la existencia en la Coruña de un Cónsul General de Francia en Galicia y vicecónsules en Camariñas, Cedeira, Corcubión, Ferrol, Malpica, Pontevedra, Ribadeo, Vigo y Viveiro, alguno de ellos de origen gallego. A su labor se apunta la mayor parte de la información que sobre Galicia se tenía en Francia y la ambigua actitud que en los primeros momentos tuvieron algunas autoridades gallegas. Al último cónsul, Foureroy, se le encerró en el castillo de San Antón para preservarle de la ira popular, y salió cuando llegaron las tropas francesas, con las que marchó cuando se retiró el ejército de Ney.

La impresión generalizada que tenían los franceses en el período previo al levantamento en Galicia era la de que reinaba una notable tranquilidad externa y en cuanto a hechos concretos, pero no se ocultaba una cierta preocupación por la inquietud que provocaban las informaciones que llegaban de Madrid y Bayona. Lo cual iba en consonancia con los preparativos y las medidas cautelares que se van disponiendo, indicativas de que el grado de sosiego y de seguridad no era tan consistente y firme como podía parecer.En este contexto se inscribe la llegada a Coruña, el 10 de mayo, procedente de Burgos, del Oficial de Estado Mayor, el Mariscal Bessieres, para asegurarse del estado de la situación del Reino de Galicia en lo concerniente a la tranquilidad pública y a la seguridad de los franceses que allí se encontraban. De igual manera, aunque "il parait qu´en général a tranquilité publique n´a encore été troublée en Galice par aucun acte" , ese "aún" (encore) incluido en la frase del celoso y exhaustivo Boletín Consular de A Coruña está quizá justificando que, como por ejemplo, el Comandante de la provincia de Tui tome las medidas oportunas para que no se turbe la paz, o que el Capitán General del Reino de Galicia, el general Filangieri, aumente el número de hombres en todas las guardias y convierta en desplazable una parte de la guarnición de A Coruña para poder enviarla a cualquier punto de Galicia que fuera necesario.

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