16 de junio de 2013
16.06.2013

Vales Failde, el confesor real

Nacido en Rodeiro en 1872, ostentó; entre otras responsabilidades, la de juez auditor del Supremo Tribunal de la Rota

16.06.2013 | 10:42

Provisor y vicario general de la diócesis de Madrid, auditor del Tribunal de la Rota, canciller del Toisón de Oro, miembro de las Reales Academias de la Historia, Jurisprudencia, Ciencias Morales y Políticas, capellán de Palacio, confesor de los reyes y profesor del Príncipe de Asturias. Murió trágicamente, según los periódicos de la época, que le dedicaron amplias editoriales, por ser una de las personalidades de mayor prestigio del clero español y una de las figuras más sobresaliente del mundo científico. Sabio, virtuoso y bueno. Otro hijo de Camba, tierra a la que amaba y a la que venía a pasar las vacaciones en la casa solariega de Faílde.

Francisco Javier Vales Failde, nació en el lugar de Fornas, parroquia de San Salvador de Camba (Rodeiro), el 7 de Diciembre de 1872. Hijo de José Vales García, juez municipal y alcalde de Rodeiro y diputado provincial por Lalín, pariente del arzobispo de Zaragoza, Fray Manuel García Gil, conocido por El Santo Gallego, natural así mismo de San Salvador de Camba, y de doña Carmen Failde Tojo, mujer ejemplar por sus relevantes virtudes, muy querida y respetada, pariente del arzobispo de Valladolid, Sr. Ribadeneyra, natural de Chantada. Su abuelo materno, D. Ramón Failde, fue magistrado y su hermano Germán, también sacerdote, colaboró con el periódico de Lalín La Defensa.

Desde muy niño dio pruebas de una inteligencia privilegiada y de un gran amor al estudio. Realizó sus primeros estudios con gran brillantez en Chantada; el bachillerato, con todas las notas de sobresaliente y muchas matrículas de honor en Ourense; cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Santiago, alcanzando la licenciatura en Derecho a mérito y se doctoró con la nota de sobresaliente; durante la carrera, se dedicó no solo a sus tareas académicas, sino a dar conferencias y tomar parte en las discusiones del Ateneo León XIII, importante entidad científica de Compostela. Después de ser abogado y de disfrutar ya de gran prestigio, se fue a Tui, al lado de su tío, el deán de la Catedral D. Benito Failde Rivadeneyra, donde estudió la carrera de Teología. Celebró la primera misa en la capilla de la casa solariega de su madre, en Faílde (O Salto), siendo padrino el cura don Jesús Vence Gil y madrina la señorita Cristina Tojo.

Muerto el deán de Tui, se trasladó a Madrid, en donde alternó sus deberes sacerdotales con sus aficiones literarias, dando notables conferencias en el Ateneo acerca de la literatura gallega, sobre todo estudiando la obra poética de Rosalía de Castro. Fue profesor de los hijos del general Weyler y pronto destacó su personalidad, ocupando cargos difíciles, como vicario general, provisor y juez eclesiástico ordinario de la diócesis de Madrid. Ocupó la cátedra de Principios de Economía Cristiana en el Seminario de Madrid. Por su gran competencia en cuestiones jurídicas, fue designado juez auditor del Supremo Tribunal de la Rota; desempeñó el cargo de canciller en la Junta de Consejo de la Orden del Toisón de Oro y fue vocal de la junta directiva del Patronato Real para la represión de la trata de blancas. Especializado en cuestiones sociales y canónicas, estaba considerado como una verdadera autoridad en esta materia, adquiriendo pronto un sólido prestigio que le llevó a ser elegido académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Fue académico numerario de la Real Academia de la Historia, a la que aportó interesantes investigaciones. Pertenecía, asimismo, a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, como vicepresidente. Fue rector y profesor de sociología de la Universidad Católica, centro que se fundó bajo los auspicios del marqués de Comillas. Fue un tenaz y entusiasta divulgador de la obra de Acción Católica. Perteneció al patronato de la Institución Teresiana y era amigo personal del padre Pedro Pobeda, su fundador.

Fue honrado con el nombramiento de capellán de honor de número de Palacio y predicador de Su Majestad, pronto conquistó grandes simpatías por su bondad inagotable, su talento y su discreción, fue nombrado doctoral de la Real Capilla y párroco de Palacio. Sus virtudes y su saber le granjearon la confianza de los Reyes, quienes le hicieron confesor real y le encomendaron la educación del Príncipe de Asturias y de los infantes, fue profesor de Religión y Moral. Le fueron ofrecidas varias sillas episcopales, a las que renunció por su gran modestia.

De su laboriosidad infatigable dejó abundantes pruebas en numerosas publicaciones, estudios y artículos sobre Rosalía de Castro, La emigración gallega, La emperatriz Isabel, Un sociólogo purpurado, Crisis de la familia obrera, La Rota Española, Causas canonícas para el divorcio, Disolución del matrimonio, Ernestina Manuel de Villena, La protección des jaunes filles en Espagne, San Pedro de Mezonzo, Carlos I no fue ingrato con Cisneros o Santa María de Aguas Santas. Coloboró en varios periódicos madrileños y gallegos. Dirigió la revista Galicia en Madrid y en la que escribían Emilia Pardo Bazán o Basilio Álvarez. Hablaba varios idiomas, entre ellos el inglés y el francés. Llevaba a Galicia en su corazón. La colonia gallega le profesaba una gran veneración, en él tenían un valedor entusiasta, erigiéndose en protector de cuantos gallegos llegaban a Madrid afanosos de luchar y encumbrarse. A su casa acudían Pardo Bazán, Valle Inclán, Montero Ríos, Bugallal, Besada, Basilio Álvarez, a las tertulias y a consultar su biblioteca, según decían, la mejor sobre Galicia, de todo Madrid.

Degollado en su alcoba

Falleció dramáticamente en Madrid, el 30 de marzo de 1923, a los 51 años. Estaba propuesto para obispo de Sión, vicario general castrense y patriarca de las Indias. Al día siguiente empezó a circular por Madrid la triste noticia; a las diez de la mañana era ya conocida en la Nunciatura y en el Tribunal de la Rota. A los periódicos llegó con retraso por la reserva con que se llevó en los primeros momentos, dado el misterio que parecía envolver la muerte. A las diez y media de la mañana se supo la noticia en Palacio. Los Reyes se afectaron profundamente y D. Alfonso envió inmediatamente a su ayudante el Conde de Aybar al domicilio particular del finado para adquirir detalles y testimoniar el pésame. La versión que se dio a los reyes fue que había muerto a consecuencia de una angina de pecho, a las seis de la madrugada.

Llevaba unos días intranquilo, agitado, por una crisis nerviosa que siempre se le presentaba en las proximidades de la primavera. Familiares y compañeros notaron una gran preocupación en él, lo que les movió a preguntarle acerca de la tristeza que mostraba, contestando que su estado era consecuencia de un gran agotamiento físico por el mucho trabajo que sobre él pesaba. Este agotamiento llegó a hacerse más visible el día de Jueves Santo, lo llevaba tan visible en el semblante que los que compartían con él la ceremonia del Lavatorio de pies, en la Capilla de Palacio, no pudieron menos de observarlo. La propia Reina Victoria lo vio tan abatido, que le llamó a su lado y trató de animarle, pero como era fiel cumplidor de sus deberes continuó con los sagrados oficios y con el reparto de comida a los pobres. Por la tarde volvió, para dar instrucciones para el Viernes Santo y, encontrándose peor, no se atrevió a acompañar a los infantes a recorrer los Monumentos de Semana Santa. Regresó a su domicilio, en la calle de Martín de los Heros, número 33, piso 2º, después de estar en Mayordomía con objeto de dejar una nota pidiendo varias invitaciones para la capilla pública del domingo de Resurrección.

Al llegar a casa, dijo que se encontraba algo indispuesto y que quería descansar. Inmediatamente, envió recado a Palacio y a la Iglesia del Buen Suceso, anunciando que no podía asistir a los servicios del Viernes Santo. Su hermano D. Salvador le prestó toda clase de cuidados, ayudado por Ramona, su sirvienta. Sobre las siete de la tarde le fue servido un chocolate y se acostó, conversando con su hermano hasta cerca de la una de la madrugada. A las seis de la mañana, la sirvienta llamó a la puerta de su habitación para despertarlo y avisó al hermano, quien al entrar en la habitación lo encontró muerto sobre la cama, con un terrible corte en el cuello y bañado en gran cantidad de sangre. Llamó a un médico que vivía en el primer piso, el cual reconoció el cadáver y certificó que había muerto a consecuencia de la herida, grande y que interesaba la tráquea. La muerte debió ser casi instantánea. El arma con que se produjo la lesión fue la navaja de afeitar, que se hallaba al lado de su cuerpo. El médico dispuso que se diera aviso al juzgado de guardia, el de La Latina, que instruyó las diligencias con extraordinaria reserva y las entregó al juez del distrito de Palacio. La autopsia fue practicada por los forenses D. Leopoldo Pombo y D. Antonio Lino, que comprobaron que el suicidio obedeció a que padecía trastornos mentales.

¿Los motivos?

La prensa el 31 de marzo dio la noticia de la muerte. Los periódicos anticlericales acentuaron el tono sensacionalista y manipularon hábilmente el ingrediente romántico. El Socialista se centró en la menos relevante de las actividades eclesiásticas del Sr. Vales Failde, tituló El Confesor de los Reyes se ha suicidado; El Liberal, Suicidio del patriarca electo de las Indias, confesor de los Reyes; más imparcial fue El Sol, en el artículo La muerte del Señor Vales Failde lamenta la desaparición de una de las más destacadas personalidades del mundo eclesiástico; el mismo respeto se percibe en El Debate, que destaca el sentimiento y la solemnidad del sepelio.

Fueron múltiples las versiones que circularon. Se decía que el estado de ánimo en que se encontraba se debía al hecho de haber surgido obstáculos insuperables para su nombramiento de obispo de Sión, por parte del Vaticano. También, que la causa del veto era el liberalismo del Sr. Vales Failde, que le llevó a escribir algunos artículos en El País, que produjeron gran revuelo entre el clero. Y se aseguraba que había dejado escrita una carta en la que se decía que su preocupación y nerviosidad obedecían a que temía no poder desempeñar el cargo de obispo de Sion para el que se le había propuesto.

El Conde de Romanones lo desmintió, no había existido veto alguno por parte de Roma para ascender al episcopado, la muerte se produjo por una embolia cerebral. El Nuncio Sr. Tedeschini manifestó que es inexacto que el Vaticano le opusiera dificultades para su designación de Obispo de Sión, que recientemente había advertido en el finado una extraña obsesión, lo que evidencia su desequilibrio mental. En una reunión con periodistas, el presidente de la Junta de Defensa del Clero aclaró que no era cierto que hubiera dejado ninguna carta, ni tampoco que tuviera ningún veto por la publicación de artículos en El País, que nunca escribió en este periódico, en el que si otros escribieron mucho y mal de él. En cuanto a que Roma hubiera puesto dificultades a su nombramiento, tampoco es exacto, porque la propuesta estaba hecha y con aceptación de antemano. Dijo que, si la muerte hubiera ocurrido como dice la prensa, no sería nunca por un acto expreso de la voluntad del finado, sino por un accidente o consecuencia de un ataque febril de un estado morboso, pues se hallaba enfermo y con fiebre nerviosa los días anteriores.

La explicación oficial, según el ministro de Gracia y Justicia, fue que el Sr. Vales Failde no había atentado contra su vida, sino que había muerto de un ataque de hemoptisis. Esta versión coincide con la de la familia, que afirmaba que murió de una angina de pecho acompañada de un vómito de sangre. El juzgado instruyó las diligencias sobre la base de un suicidio.

Alrededor de su muerte se desbordaron los comentarios y la fantasía popular. A juicio de todos, murió de forma trágica, víctima de un momento de delirio, caso no raro en los ataques de gripe, ya que una de sus grandes dotes era el extraordinario dominio de sí mismo, que solo un ataque de locura, podía vencer. Apagada la luz de su cerebro privilegiado, se consumó la horrible tragedia. Su amigo el sacerdote Basilio Álvarez, escribió: "Vales Failde huyó en brazos de un instante de locura porque le pesaba demasiado la tierra". Su sucesor en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, D. Alfredo Zabala, en el discurso de entrada, dijo: "Si pudiera hacerse entera luz en aquella tragedia interior que costó la vida al ejemplar sacerdote, muchos espíritus que empañaron su buen nombre caerían de rodillas ante su figura y venerarían lo que, malvados o irreflexivos, con torpe labio maltrataron". Las tinieblas rodean su trágica muerte.

Entierro

A las cuatro de la tarde, se celebró el entierro. El féretro fue bajado a hombros por sus hermanos Salvador y José María y los sacerdotes D. Valeriano Gómez Ledo y D. Ventura Gutiérrez San Juan, lo colocaron en un coche fúnebre tirado por cuatro caballo; el ataúd era muy sencillo, no llevaba cintas ni coronas, sobre él iba el bonete con la borla de doctor en Derecho. Las calles cercanas a su domicilio estaban atestadas de público. Al frente de la comitiva iba el clero de San Marcos con cruz alzada, detrás del coche fúnebre, al que rodeaban los porteros de las Academias de Jurisprudencia, Ciencias, Historia y de la Casa de Galicia; el marqués de la Torrecilla, que representaba al Rey; el marqués de Bendaña, que representaba a la Reina Victoria y el príncipe Pío de Saboya y el Sr. Lastra, que representaban, respectivamente, a la Reina Cristina y a la Infanta Isabel. Seguían los presidentes del Senado y del Congreso, el embajador de Inglaterra, conde de O Grove y Sr. Antelo, los exministros Marqués de Figueroa y Martínez Viguri, los generales Weyler, Barrera y Uzqueta, los duques de Medinaceli y Tovar y personalidades pertenecientes al clero, órdenes religiosas y de todas las clases sociales. Al llegar la comitiva a la Glorieta de San Bernardo se cantó un responso y siguió al cementerio de la Almudena, donde el cadáver recibió sepultura sagrada, ya que las autoridades eclesiásticas tenían absoluta certeza moral de que el Sr. Vales Failde obró sin conocimiento de lo que hacía.

En toda Galicia y sobre todo en Camba, la muerte de su hijo ilustre, causó una dolorosa sorpresa y un sentimiento indescriptible. Se enviaron numerosos telegramas de pésame a la familia, manifestando el dolor por la gran perdida. "El corazón humano, siempre misteriosos huye del dolor y sin embargo, no puede vivir sin él", decía Francisco Javier Vales Failde.

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