09 de junio de 2018
09.06.2018

Alérgicos al wifi y al móvil

Una mujer relata el calvario que padece al estar en contacto con las radiaciones de las redes inalámbricas y de los aparatos eléctricos

09.06.2018 | 03:24
Mercedes Rodríguez Domínguez, ayer en el parque Miguel Hernández, de Vilagarcía. // Iñaki Abella

Alguna gente utiliza auriculares y un pequeño micrófono para hablar por el teléfono móvil sin tener que acercar el dispositivo a la cara. Otros jamás lo dejan en la habitación mientras duermen, pues aseguran que de lo contrario se despertarían con un dolor de cabeza insoportable. Son supuestos casos de electrosensibilidad -la enfermedad, como tal, no está reconocida en España-, pero pueden considerarse afortunados. Hay gente, como Mercedes Rodríguez, para quien vivir en un edificio con varias redes wifi domésticas puede llegar a ser, simplemente, un martirio insoportable.

Mercedes Rodríguez Domínguez huyó hace año y medio de su piso de Santiago. En su cuarto llegaba a recibir las radiaciones electromagnéticas de hasta 18 redes wifi domésticas, y tenía la sensación de que la estaban matando. "Me sentía como si me estuviese asando, como si estuviese dentro de un microondas",afirma esta mujer natural de Monforte de Lemos, de 61 años, que tras pasar más de 50 en Santiago decidió escapar de la capital y refugiarse en un piso que un hermano suyo -farmacéutico en la comarca- tenía desocupado en Vilagarcía. Los médicos no se lo han dicho, pero ella está convencida de que tiene electrohipersensibilidad.

En la capital arousana ha mejorado, pero aún así en ciertos sitios nota súbitos dolores en las ingles y pinchazos en la espalda. Rehuye los lugares públicos con red wifi o los bares con más de un televisor, e incluso afirma que cuando pasa por delante de la Comandancia de la Marina "siento como si me empujasen". Cuando, hace unos meses, instalaron en el portal de su edificio los contadores eléctricos inteligentes y llegó a su casa sobre las diez de la noche, se le hinchó tanto la cara que se fue directa al servicio de Urgencias del Hospital do Salnés. "Me diagnosticaron alergia, me dieron Urbason, y para casa".

La electrohipersensibilidad no está reconocida como enfermedad, ni en España ni por la Organización Mundial de la Salud. Por ello, cuando un paciente acude a un médico de la Seguridad Social con síntomas presuntamente causados por la exposición a ondas electromagnéticas, lo que hacen los facultativos es derivarlo a un especialista de la parte del cuerpo donde se sitúan los síntomas. El problema, explica Mercedes Rodríguez, es que un traumatólogo o un especialista digestivo jamás van a buscar el origen real e las molestias. Y, éstas, además, son tan cambiantes, que las visitas a los médicos son constantes.

Pero aunque los electrohipersensibles se enfrentan contra un leviatán casi todopoderoso -la telefonía móvil es uno de los negocios más lucrativos del mundo-, empiezan a ganar las primeras batallas. Ya hay en España un caso de una afectada que ha ganado en los tribunales el derecho a una baja laboral permanente, y el propio Consejo de Europa ha publicado resoluciones alertando de los efectos nocivos de las ondas.

Ya existe un Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética (es el 24 de junio), y en 2011 la Organización Mundial de la Salud publicó un estudio que vinculaba una exposición prolongada a ciertas radiaciones, como las que emiten los teléfonos móviles, con algunos tumores, incluido el cerebral.

Estudios y temores que la industria rebate una y otra vez con otros informes que dicen lo contrario. Eso, y la obsesión por la tecnología que ha calado de tal forma en la sociedad actual, provoca que los afectados tengan la sensación de ir contra corriente. Pero están convencidos asimismo de que es necesario difundir el calvario por el que están pasando. Mercedes Rodríguez cita una frase de Pedro Ledesma, un profesor andaluz que lleva años recorriendo España para hablar de los riesgos de los campos electromagnéticos. "Nosotros somos como el canario de la mina. Avisamos del peligro que los demás no perciben porque no son tan sensibles. Pero es cuestión de tiempo".

Según ella, si la sociedad no se da cuenta de que el canario de la mina ha callado y aún así se internan en la cueva, las consecuencias serán muy graves. "Vivimos en un ambiente contaminado por las ondas eléctricas, enfermo. No sé como se le puede llamar progreso a algo que nos está causando enfermedades y que incluso ataca a nuestros hijos y que atacará la salud de nuestros nietos".

Por ello, confía en que tanto los gobiernos como los ciudadanos den un cambio de rumbo de 180 grados en la situación actual. "Una de las recomendaciones que solemos hacer a quien nos pregunta es que para navegar por internet se debe utilizar siempre el cable. Nada de wifi. También planteamos volver a usar más el teléfono fijo, y dejar los móviles para situaciones excepcionales. El móvil deberíamos tenerlo la mayor parte del tiempo posible apagado, o en modo avión, para que no emita radiaciones. De ese modo ni nos contaminaríamos nosotros ni contaminaríamos al resto del mundo".También llama la atención sobre los teléfonos inalámbricos. "Son como tener una antena de telefonía en casa. En Alemania ya solo dejan vender los que solo emiten radiaciones cuando los descuelgas".

Cortinas especiales

Mercedes Rodríguez empezó a notar que algo no iba bien hace 20 años. En determinados lugares sufría náuseas, vértigos, se le hinchaban las articulaciones, le hacían daño algunos metales al contacto con la piel, y empezó a dormir mal. Cuando salía de viaje, lo pasaba mal en los aeropuertos y los hoteles, llenos de pantallas, ascensores, cámaras de vigilancia y equipos de aire acondicionado. No tardó en descubrir que "el problema no era yo, sino el sitio en el que me encontraba". Pero no sabía ponerle nombre a lo que le pasaba.

Hasta que hace un par de años leyó un artículo de un médico que se había alojado en un hotel de Gijón y que empezó a encontrarse mal. "Fue a recepción y le dijeron que tenía la wifi en su planta. Él les pidió que la apagaran por la noche, y gracias a eso consiguió dormir. Pero a las dos horas volvió a despertarse mal. Cogió el teléfono y comprobó que la wifi estaba de nuevo conectada. Entonces me dije, esto es lo que me pasa a mí".

Pero en un mundo que lo ha apostado todo a la tecnología y a los dispositivos de la comunicación, no es fácil aislarse. Mercedes Rodríguez ha tenido que gastar mucho dinero para crear una especie de burbuja en su piso, situado entre el Ayuntamiento y la estación de autobuses de Vilagarcía. "He puesto cortinas especiales con hilos de plata, para que hagan de pantalla de las redes wifi. El colchón que utilizo también es aislante, porque tiene fibras de cobre, y las mantas que utilizo son de lana de oveja merina".

Algunas veces, piensa en qué sería de ella si llegado un momento empezase a sentirse como en su anterior casa de Santiago. Lo primero que se le ocurriría a cualquiera es buscar acomodo en una recóndita aldea del rural. Pero ella, contesta, no sin cierta incredulidad. "Quieren que en 2020 tengan banda ancha todas las aldeas, por pequeñas que sean. ¿Qué será de las personas a las que estas ondas les hacen daño?". Por ello, no quiere callarse como los canarios.

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