05 de enero de 2014
05.01.2014
MEAÑO

Cobas, la "milla de oro" de los furanchos

La localidad cuenta con una quincena de establecimientos de este tipo para vender los excedentes del vino

05.01.2014 | 01:16
Las tapas acompañan siempre al buen vino de la zona. // Iñaki Abella

Más que por el San Benito "O Negro", el mirador de San Cibrán o su escultor Paco Pazos, la localidad meañesa de Cobas es conocida hoy, dentro y fuera de la comarca, por sus "furanchos" ó "loureiros" locales desde donde cada familia bodeguera comercializa a granel su vino "de casa", albariño o tinto Barrantes, los caldos propios de la zona. Cuan si fuera la "milla de oro" del vino hasta ocho de estos establecimientos -y hasta catorce en primavera- se concentran a apenas 800 metros a pie de la sinuosa carretera local que atraviesa la localidad meañesa.

"Hoy cuando uno dice por ahí que es de Cobas enseguida te dicen: ¡ah, donde los furanchos!". Quien así habla es Santiago Radío hijo de Gardenia, que atiende tras la barra en el furancho de su madre que lleva abierto diez años. Cobas, que evoca una localidad de montaña, es la entidad poblacional más pequeña del municipio con apenas un centenar de casas. "Esto se puso de moda hace unos años -continúa- y desde entonces recibimos cada fin de semana clientes de Santiago, Pontevedra o Lalín, entre otros lugares más cercanos".

Pero si un establecimiento es, en cierto modo, el patriarca de todos aquí ese no es otro que "A Casa de Enrique", la vieja taberna de la localidad, ubicada mismo a pie de carretera en Aldea de Abaixo, y que hoy ha reorientado su actividad casi exclusivamente como local de vinos. "Esto comenzó como la clásica taberna de aldea -explica Enrique Rodiño (hijo) mientras abre un botella de albariño casero tras la barra-: comercio de alimentación a lugar de chatos, que abrió mi abuelo Manuel Castro Varela hace más de 50 años". A finales de los 70, el yerno, Enrique Rodiño (padre), lo derivó a la venta de vino "para dar salida al albariño que hacíamos en casa". Éste falleció prematuramente en 2008 y desde entonces el negocio se mantiene regentado por viuda e hijos que conservan el espíritu que dio éxito a su padre y que ofrece horario continuado los siete días la semana. El local cuenta con sus clientes fieles, pero acuden a él también pandillas de mariscadores o cazadores que traen piezas por ellos capturadas para que les sean preparadas con mimo en la cocina familiar y luego servidas en el salón mientras dan generosa cuenta de cuanta botella de la casa se precie.

La afluencia a los furanchos es tal que hace unos años "los fines de semana la gente se aglomeraba en los locales y por la carretera yendo a pie de uno para otro cuan se tratara de una auténtica zona de movida". "Y no sólo mayores sino también pandillas de jóvenes -reconoce Manolo Villar que regenta junto con su esposa Rosa María Leal desde hace diez años el furancho A Roda -a escasos 50 metros de Casa Enrique-, pero con la crisis ha bajado, sobre todo desde 2010 y se nota mucho en los jóvenes cuya afluencia fue la primera en bajar por la falta de dinero".

Situado entre los dos anteriores está el "furancho de Juan" que ofrece uno de los ambientes más cálidos de Cobas en dos salas contiguas al calor de una vieja lareira. Abierto en 1999 y regentado por Juan Riveiro y esposa, abre sus puertas a diario a partir de las 19 horas y los domingos y festivos a partir también de las 12. "Decidí abrir el furancho porque el vino sin etiqueta dejó de venderse, las bodegas que compraban la uva tiraron el precio?no quedaba otra", explica Juan mientras llena una jarra de albariño de una cuba de aluminio dispuesta a pie la barra. "Aquí el vino se sirve en taza, porque lo dicta la norma, y lo ponemos al precio de 1,20 la taza o de 6 euros la jarra. El local permanece abierto mientras hay gente, a veces hasta las 2 de la mañana."

El precio es común a todos. "No hay pacto alguno, asegura el responsable del furancho de Gardenia- lo que ocurre es que los nuevos locales al abrir iban poniendo los precios que ya regían en otros" . La módica cuantía da derecho a quien degusta el vino a disfrutar de una tapa que suele servirse caliente en invierno: los callos son los reyes del domingo, pero también se puede uno encontrar con generosas raciones de oreja, zorza, richada -carne troceada de bistec con patatas-, tortilla "o incluso un huevo frito si no hay otra cosa por casa".

Dada la polémica habida con este tipo de locales la mayoría ha adoptado ya licencia de bar, "si bien mantenemos la filosofía del furancho tradicional -explica Ángel Pombo- que regenta en la zona desde hace 14 años el conocido como "furancho de Ángel": Abrimos una parte del año y en un horario limitado de mediodía y noche, en mi caso a partir de las 13 y las 20 horas". Las construcciones, como en este caso responden a viejas viviendas, alpendres o garajes discretos por el exterior pero decorados con gusto por dentro. Es el caso también de "O Bacelo de Mari", el último en llegar -mayo de 2013-, proyecto emprendedor de joven matrimonio: "En nuestro caso -explica María Pintos- aprovechamos un viejo galpón de guardar paja construido por mi abuelo en los años 60: Él se llamaba Vicente Pintos, era carpintero y suyas son las cerchas de madera que soportan aún hoy el techo." Su horario es similar al resto pero en su caso cierra los martes.

Hasta Cobas llegan cada fin de semana gentes desde Santiago, Vigo, A Coruña, Lalín, Pontevedra, Ourense, Ribeira, Marín, O Grove, A Illa o incluso Burela, y en verano numerosos turistas de Madrid y otras comunidades, para degustar el vino. "No existe un vino de Cobas -explica Manuel Rodiño, hijo del mentado Enrique Rodiño, que dirige la asesoría Enovin en Dena y que lleva caldos de varios furancheiros-: lo que ocurre es que son vinos nuevos, de cuya fermentación acaba justo de finalizar y que por ello tienen un toque carbónico que los hacen más frescos y vivos".

Y entre esa gente asidua hay de lo más variopinto. "A mi furancho le puse "O Quirófano" porque aquí venían muchos médicos a tomar el vino", explica Manolo González que regenta su furancho en el lugar de Outeiro. "Los que debían dejarnos beber tranquilos son la guardia civil -lamenta con sorna aquí un vecino de a Illa- que pululan mucho por la zona, pero a ellos también les gusta porque vienen luego".

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