De colegio jesuita a hervidero industrial: la historia olvidada de la fábrica de los Lees en Pontevedra
Una investigación rescata del olvido la fábrica textil que ocupó el actual edificio Sarmiento, un proyecto que innovó con maquinaria propia y formación obrera en el siglo XIX

La desparecida finca del instituto, actual edificio Sarmiento, que contaba con su propio jardín botánico para la formación de los alumnos. / Lorenzo Novás Rarís
Hay un rumor de agua dulce y telares mecánicos que todavía late bajo los cimientos del actual edificio Sarmiento. Antes de que sus salas se llenasen de arte, este majestuoso bloque de piedra levantado en 1683 como colegio y convento jesuita fue el corazón palpitante de una Pontevedra que despertaba al futuro a golpes de ingenio. Cuesta imaginarlo hoy, paseando junto a la iglesia de San Bartolomé, pero entre 1812 y 1828, aquel refugio de oración se transformó en un hervidero de máquinas y manos obreras gracias a la audacia de dos hermanos ingleses de apellido Lees.
La historia de esta fábrica de tejidos, rescatada del olvido por la exhaustiva investigación de José Manuel Pidre Novás en su libro Pontevedra Ayer. Retratos y huellas del tiempo, desvela un nivel de innovación industrial insólito para la época. Los Lees no se limitaron a importar tecnología; crearon toda una cultura del trabajo. «La magnitud de la fábrica es poco conocida», reflexiona Pidre sobre un proyecto impulsado inicialmente por subvenciones del consulado inglés. «Estas personas debían de ser muy inteligentes, porque prácticamente todas las máquinas las hicieron ellos con un par de chapucillas que tenían ahí, un carpintero y un mecánico, pero después digamos que formaron ellos».
Aquel empuje cambió para siempre la fisonomía social de la ciudad. La fábrica llegó a dar empleo a casi trescientas personas, frenando en seco la sangría de la emigración juvenil. Su modelo de gestión resultaba revolucionario: no solo contrataban aprendices, sino que los formaban in situ abonándoles ya un salario, para luego integrarlos como personal fijo. «Era la industria que más pagaba de toda la provincia. Tenía unos sueldos para la gente muy buenos», subraya el investigador. Tal era su envergadura que acabaron sembrando pequeños talleres textiles por toda la geografía provincial, llegando incluso a tener presencia en Santiago de Compostela.
Pero aquel coloso de hierro y urdimbre precisaba un alimento vital: agua dulce en abundancia. La ría, salobre y desafiante, amenazaba con devorar las calderas. Con una visión logística que hoy firmaría cualquier estudio de ingeniería moderna, los hermanos Lees orquestaron la primera gran canalización del regato Valdecorvos. «Montaron una canalización hasta la esquina donde está ahora el Puente de los Tirantes», detalla Pidre. Allí levantaron un enorme depósito para embalsar el cauce. «Canalizaron ellos todo, y aparte hicieron un paseo en el cual tenía el ancho para poder pasar un carruaje y unas personas paseando».
La fábrica llegó a dar empleo a casi trescientas personas, frenando en seco la sangría de la emigración juvenil. Su modelo de gestión resultaba revolucionario: no solo contrataban aprendices, sino que los formaban in situ abonándoles ya un salario, para luego integrarlos como personal fijo. «Era la industria que más pagaba de toda la provincia», recuerda José Manuel Pidre

Lavanderas en el río Valdecorvos, que fue desviado por primera vez para abastecer a la fábrica. / Lorenzo Novás Rarís
El eco metálico de los telares acabó apagándose, pero el edificio Sarmiento guardaba aún más vidas en su interior. En 1845, sus gruesos muros pasaron a albergar el primer instituto de enseñanza de segunda categoría de la ciudad, dotado más tarde con un internado que acogía a estudiantes llegados de múltiples lugares, cuando en la provincia solo existía otro centro similar en Tui.
Lo que casi nadie sabe es que, en su afán por impartir una educación humanista y científica de élite, el centro escondía un inmenso tesoro verde que descendía hasta la orilla del río Lérez. «Tenían hasta adentro una especie de jardín botánico», revela el autor con fascinación. «En lo que era el patio montaron como una especie de invernadero enorme, en donde tenían todas estas plantaciones que servían para que los alumnos aprendieran de plantas y a cultivar». De aquellas aulas rodeadas de clorofila saldrían figuras que acabarían marcando la política española, como el futuro Marqués de Riestra.
Cuando el edificio pasó a albergar el primer instituto de la provincia «tenían hasta adentro una especie de jardín botánico», revela el autor con fascinación. «En lo que era el patio montaron como una especie de invernadero enorme, en donde tenían todas estas plantaciones que servían para que los alumnos aprendieran de plantas y a cultivar»
Esta fiebre creadora de la Pontevedra decimonónica no fue un espejismo aislado. La ciudad bullía de emprendedores con callo en las manos y la mirada puesta en la otra orilla del Atlántico. Mientras en la ribera de San Roque, sobre los terrenos de varias curtidorías históricas, José Pazó sentaba en 1899 las sólidas bases de la mítica fundición La Constructora, otros decidían domar el océano. Fue el caso del astillero del señor Vellón, de cuyas gradas de madera bajó al mar en 1861 la imponente embarcación Los Nodales. Un buque nacido de la terquedad de «un señor que no tenía ni idea de nada, que monta con una serie de amigos de Pontevedra, se convierte en armador, monta un barco y lo explotan», relata Pidre.

El antiguo colegio de los jesuitas, visto desde A Xunqueira. El edificio en blanco es el antiguo matadero.. / Lorenzo Novás Rarís
Zarpando desde As Corvaceiras, aquella nave de bandera local enlazó la vieja urbe con Argentina, Venezuela e incluso puertos de Asia, antes de continuar su vida útil bajo el pabellón de una naviera nórdica.
Hoy, cuando caminamos por las asépticas salas del Museo, paseamos por la ribera o nos citamos junto a la fuente de A Ferrería —cuyos traslados y proyectos paralelos bien valen otra crónica aparte— pisamos directamente sobre la audacia de aquellos visionarios.
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