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Los gallineros se reinventan con huevos de colores y aves mascota

Más allá del autoconsumo, los corrales de la comarca de Pontevedra se llenan de aves con pedigrí, huevos de colores y estética

Solo el municipio capitalino cuenta con alrededor de 800 explotaciones domésticas

Un profesional de Alpe, en Combarro, posa con una de las gallinas.

Rafa Vázquez

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Durante décadas, el mostrador de las tiendas agrícolas fue un territorio sobrio, dominado por manos encallecidas que buscaban sacos de maíz para cebar la cena del domingo. Hoy, entre el polvo en suspensión del pienso y el piar constante que llega desde las jaulas, se respira una revolución silenciosa: el gallinero doméstico ha dejado de ser una necesidad de supervivencia rural para transformarse en una afición meticulosa.

Los números dibujan una fiebre que no deja de crecer. Hace apenas dos años, el censo de la Xunta revelaba el alcance de esta tendencia en la comarca: cerca de 800 gallineros de autoconsumo registrados (exactamente 784) solo en la capital pontevedresa. Una mancha que se extiende con fuerza por el territorio, superando los 430 corrales familiares en Caldas o los 318 en Marín.

La normativa estatal obligó a aflorar estos pequeños oasis de plumaje y fijó un tope máximo de 30 ponedoras o 50 pollos de engorde para garantizar la higiene y el bienestar animal. Pero más allá de la burocracia, lo que realmente ha cambiado es quién compra y para qué.

En las tiendas agrícolas Alpe, con sedes en Combarro y el pontevedrés barrio de O Burgo, Paula Couto asiste a diario a esta metamorfosis. Es la segunda generación al frente de un negocio que conoce a la perfección el pulso de los corrales de la zona. «Nosotros llevamos una tienda familiar de mis padres, desde el año 82», recuerda.

En estas cuatro décadas, el cambio de tendencia ha sido abismal y el cliente llega ahora con los deberes hechos. «Antes era todo sota, caballo y rey; era la gallina ponedora castaña de aquí, de la tienda, y ahora hay un montón de razas de gallinas», explica, sorprendida ante un comprador que, asegura, acude cada vez más informado.

«La gallina básicamente es para tener el huevo, no es para matar, es para el consumo propio. Las generaciones que hay ahora no están por la labor de matarlos», señala Paula Couto, la segunda generación de su familia al frente de la tienda agrícola Alpe

El viejo objetivo de engordar al ave para la cazuela cotiza a la baja. El nuevo criador doméstico busca el huevo fresco, el contacto con el animal y la desconexión del estrés diario, pero huye radicalmente del momento del hacha y el tocón de madera.

«Las nuevas generaciones ya tiran más a gallina que a pollo de engorde. Baja la venta de pollo», detalla en este punto Paula. La explicación que encuentra a pie de mostrador es pura sociología de los nuevos tiempos: «La gallina básicamente es para tener el huevo, no es para matar, es para el consumo propio. Todas las generaciones que hay ahora no están por la labor de matarlos».

Y en esa búsqueda del huevo perfecto, la estética ha irrumpido con fuerza en los ponederos. La monotonía del rubio y el blanco ha saltado por los aires para hacerle sitio a tonalidades que parecen sacadas de un lienzo. «Nosotros vendemos unas gallinas híbridas de huevos azules, verdes, chocolates», apunta la responsable de Alpe sobre estas peculiares aves.

Grandes ponedoras como la Isa Brown o la Leghorn, autóctonas como la galiña de Mos (una de las grandes favoritas), ponedoras de huevos de colores como la Marans y la Araucana, o las opciones extremadamente dóciles como la Sedosa del Japón se están convirtiendo en las nuevas protagonistas

Grandes ponedoras como la Isa Brown o la Leghorn, autóctonas como la galiña de Mos -una de las grandes favoritas-, ponedoras de huevos de colores como la Marans y la Araucana, y las opciones de jardín o de compañía extremadamente dóciles como la Brahma y la Sedosa del Japón se están convirtiendo en las nuevas protagonistas de los gallineros de la comarca.

Según las preferencias, los clientes buscan cada vez más ejemplares con plumas como pelo de algodón, o buenas madres, mascotas sociables, de caminar simpático o con un aspecto fofo y redondo… Auténticas rarezas cotidianas, con siglos de antigüedad (caso de la galiña de Mos, una de las razas más antiguas de la Península) o fruto de cruces genéticos, que regalan a sus dueños un espectáculo cromático diario en la huevera y la finca y que demuestran que, en los gallineros de Pontevedra, la vanguardia empieza a ganarle terreno a la tradición.

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