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Piragüismo

Forjados en el Lérez

La Escuela de Piragüismo Ciudad de Pontevedra convoca cada semana en el río a cerca de un centenar de palistas

Su nueva directiva se propone mejorar las deterioradas instalaciones

La gran familia fluvial de Pontevedra

Gustavo Santos

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A las cinco de la tarde, el silencio del río Lérez se rompe con el sonido sordo y rítmico de la fibra de vidrio rozando el pantalán y el eco de las palas cortando el agua oscura. En las envejecidas instalaciones de la Escuela de Piragüismo Ciudad de Pontevedra no hay alfombras rojas, sino humedad, salitre y el aliento condensado de decenas de chavales que, ajenos este agosto al calor y en otros meses a las bajas temperaturas del invierno gallego, bajan cargando sus embarcaciones.

Es un ecosistema forjado a base de esfuerzo, donde el deporte se respira antes de lanzarse a la corriente. Al frente de esta familia fluvial, desde este mismo verano, se encuentra Adriana Quevedo Fernández. Tiene 23 años, pero camina por los hangares con la memoria muscular de quien lleva más de media vida ligada a este muelle. Ella misma es el mejor resumen de la filosofía del club: «Yo empecé con diez años, en una prueba del colegio en las jornadas de captación, y nunca estuve en otro club», recuerda.

Una jornada con la cantera de palistas de la Escuela de Piragüismo Cidade de Pontevedra

Entrenamiento en el Lérez en la mañana de ayer. / Gustavo Santos

Su nombramiento como presidenta no es un cargo de despacho, sino la evolución natural de una niña que aprendió a remar aquí y que ahora asume la responsabilidad de mantener vivo el legado de la entidad. «Es un club con muchos años de historia, desde el 89, donde siempre nos hemos volcado con los más pequeñitos. El deporte base es lo más importante», recalca.

Hoy, la escuela es un hervidero que agrupa a cerca del centenar de palistas. Un abanico vital une en el mismo cauce a los pequerrechos de apenas seis años con veteranos que ya han superado la barrera de los sesenta y que llevan toda una vida ligados a los remos.

Un abanico vital une en el mismo cauce a los pequerrechos de apenas seis años con veteranos que ya han superado la barrera de los sesenta y que llevan toda una vida ligados a los remos

La logística diaria es un rompecabezas de grupos y horarios que encuentra su cuartel general invariable en las aguas del Lérez. «Siempre entrenamos aquí, a no ser que estemos en época de competiciones de esprint, que solemos subir a Verducido para que estén un poco más familiarizados con las distancias», explica la presidenta.

Ésta se plantea entre sus principales objetivos la mejora de las instalaciones, con un gimnasio muy deteriorado y en general completamente degradadas, un desafío que se multiplica en los meses de lluvia, que dejan a los deportistas, literalmente, sin espacios para entrenar.

Pero más allá de los cronómetros, lo que sostiene a esta cantera es un tejido humano que prioriza a la persona sobre la medalla. Mientras el piragüismo de élite exige sacrificios espartanos, en las naves pontevedresas el éxito se mide con otra vara. «No priorizamos tanto entrenamiento como la élite; priorizamos que el niño esté contento y haga un deporte saludable para su vida», defiende Quevedo.

«No priorizamos tanto entrenamiento como la élite; priorizamos que el niño esté contento y haga un deporte saludable para su vida», defiende Adriana Quevedo, nueva presidenta de la entidad desde este verano

El entrenamiento que encabezan profesionales como Cristina Espósito no se limita a la obsesión por arañar segundos en el agua; los más pequeños mezclan las paladas con juegos y trabajo de gimnasio para absorber valores esenciales. «Fomentamos la disciplina y el compañerismo. Los pequeñitos ayudan mucho a bajar las piraguas a los entrenos, a tirar unos de otros, y al final se crea un vínculo muy importante».

Esa unión, alejada de la presión asfixiante por el podio, es la que termina dando frutos cuando toca ponerse el dorsal. Hace apenas unos días, los más pequeños del club demostraron su garra en la regata provincial de Catoira, firmando un meritorio quinto puesto. Los mayores no se quedan atrás; el pasado agosto midieron sus fuerzas en el Campeonato de España, codeándose con un altísimo nivel nacional y logrando colarse entre los diez primeros. Resultados que avalan un método orgánico y centrado en lo humano. «Si los llevas solo a entrenar y a ganar, no creas ese vínculo. Lo importante es que disfruten», sentencia la joven presidenta, con la vista puesta en unas aguas que siguen forjando, palada a palada, a las nuevas generaciones de la Boa Vila.

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