Entrevista | Andrea Menéndez Ilustradora
«Los adultos hemos generado un miedo atroz a equivocarnos o a que lo que hacemos sea feo»
«Tenemos la idea preconcebida de que la creatividad está reservada a la música o a la plástica, y no es así», señala la ilustradora, que impartirá en la UNED un curso sobre el cerebro creativo

La ilustradora Andrea Menéndez. / FdV
Ilustradora y docente que ha visto a decenas de alumnos enfrentarse al pánico del folio en blanco, Andrea Menéndez desembarca el próximo mes en la UNED para impartir el curso «El cerebro creativo: neurociencia, imaginación e innovación para la vida cotidiana y las artes». Su misión es despojar a la imaginación de su romanticismo de vitrina y devolverla a la calle, a nuestras casas y oficinas, demostrando que tener ideas no requiere de musas, sino de perder el miedo a hacer el ridículo.
¿Qué persigue remover en las cabezas de quienes asistan al curso?
Sobre todo, que todos encontremos nuestro lado creativo. Tenemos una idea preconcebida de que la creatividad está reservada a quienes se dedican a profesiones que tienen que ver con la plástica, la ilustración o la música. Y la realidad es que todos podemos ser creativos en nuestro día a día. Una persona con la creatividad entrenada es más creativa en todos los ámbitos de su vida. Al final, se trata simplemente de encontrar una manera nueva u original de resolver problemas, y problemas tenemos todos, desde los más pequeños a los más grandes. Se trata de entrenar el pensamiento divergente: atreverte a hacer las cosas de otra manera. La creatividad no garantiza siempre resultados positivos, pero lo que sí garantiza son resultados diferentes.
Habla de un músculo, y los músculos exigen sudar, equivocarse y lidiar con la frustración. ¿Nos escudamos en la «falta de inspiración» para no asumir el riesgo de que la idea sea mala?
A veces es falta de inspiración, pero muchas otras veces el problema no es la falta de ideas, sino el exceso de juicio. Tenemos muchas ideas, pero enseguida las descartamos, no les damos una segunda oportunidad. Y a esto se suma algo que veo mucho en mis clases, que abarcan desde niños de infantil hasta adultos: el miedo y la vergüenza. Los adultos vamos generando con los años un miedo atroz a equivocarnos, a hacerlo mal o a que sea feo. Los niños no tienen esa vergüenza; tú les propones un ejercicio y ellos contestan, sin más. Los adultos tenemos la zona de confort mucho más rígida por ese pánico a intentar cosas nuevas.
Tenemos muchas ideas, pero enseguida las descartamos, no les damos una segunda oportunidad. Y a esto se suma algo que veo mucho en mis clases, que abarcan desde niños de infantil hasta adultos: el miedo y la vergüenza
¿Qué nos paraliza más: ese terror al ridículo o una incapacidad aprendida para imaginar caminos distintos?
Hay un poco de las dos cosas, pero yo creo que lo que más nos paraliza es una especie de complejo que vamos cogiendo con los años de «no ser suficientes» o de no hacerlo perfecto. Esto lo hablo mucho con adultos que me dicen: «Jolín, Andrea, es que dibujo como un niño de diez años». Y siempre les respondo que el dibujo es una habilidad que no tiene nada que ver con la creatividad; dibujas como un niño de diez años porque tu habilidad se paralizó ahí, porque dejaste de dibujar a esa edad. No pasa nada. Yo multiplico como un niño de diez años porque dejé de hacerlo a esa edad. Para combatir esa parálisis y la frustración, hacemos un ejercicio en clase: dibujar 25 sillas en 15 minutos. Como vas corriendo y no te da tiempo al detalle, el pensamiento es mucho más libre, dejas salir las ideas sin juzgarlas. Una vez que termina esa «lluvia», entonces sí, entra el juicio, escoges la mejor o haces un híbrido, y ahí ya entra el pensamiento convergente para pulir.
Dibujas como un niño de diez años porque tu habilidad se paralizó ahí, porque dejaste de dibujar a esa edad
¿Cómo es que las soluciones más brillantes y creativas nos asaltan justo cuando descansamos o bajo el agua en la ducha?
Porque la creatividad es un proceso, no es solo el momento de iluminación. Parte de una primera fase de acumulación: cuantos más estímulos e información reciba tu cerebro, más datos puedes conectar. Si me encargan la imagen para una feria de artesanos, me paso días buscando información. Luego viene la incubación: dejas toda esa información ahí y te olvidas de ella, haces tu vida normal. Y es justo ahí, mientras te duchas, paseas o vas al gimnasio, cuando aparece la tercera fase de forma espontánea: la iluminación. Tu subconsciente ha estado trabajando y conectando toda esa información. No se puede forzar. Finalmente llega la última fase, donde plasmamos las ideas y decidimos de manera consciente cuáles son las mejores.
Pensemos en alguien hermético, el clásico perfil muy cuadriculado que se rige estrictamente por la lógica. ¿Cree que esa persona puede hacer un «recableado» de su cabeza para experimentar el estado de flujo y aprender a ser creativa?
Estoy completamente segura. Hablamos mucho de que las inteligencias artificiales, a priori, no pueden ser creativas porque solo conectan datos que ya existen, pero carecen de emoción y de gustos. Las personas, incluso las más cuadriculadas, pueden volverse muy creativas tirando precisamente de la emoción. Si a alguien le repugna la música, por mucho que estudie, no será creativo ahí. Pero si encuentras algo que te guste, todo cambia. Lo veo en el bum de la arteterapia, la cerámica o el dibujo: estás aprendiendo algo nuevo que exige casi el 90% de tu esfuerzo cerebral. Mi experiencia es que la gente muy cuadriculada disfruta muchísimo de poder volcar toda su energía mental en algo que les gusta. Y ahí la creatividad surge fácil, porque inevitablemente conectas esa información nueva con todo tu imaginario personal acumulado: tus viajes, la música que escuchas, el cine que ves... Todo eso conforma tu propio cableado.
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