La joyería Martínez Vilanova rescata la orfebrería tradicional gallega con una colección inspirada en Pontevedra y el Camino Portugués
Talleres a punto de desaparecer elaboran los broches y argolas que rinden homenaje a la vieira, símbolo del santuario de A Peregrina y la ruta jacobea

Rafa Vázquez
Hay oficios que resisten el paso del tiempo sostenidos a estas alturas, literalmente, por un hilo. En el caso de la orfebrería tradicional gallega, ese hilo es de plata, «más fino que un cabello», y está a punto de romperse para siempre. En la joyería Martínez Vilanova, que lleva más de ocho décadas midiendo el pulso estético de Pontevedra desde sus escaparates, acaban de trenzar uno de esos últimos hilos para dar forma a una pequeña resistencia. Han creado una colección de joyas —un broche-pendentif y unas argolas a escala— que busca encerrar en sus escasos 45 milímetros de diámetro el alma de la Boa Vila, el peso del Camino Portugués y el secreto de unos artesanos que ya casi no tienen relevo.
La pieza nace de una doble obsesión: la defensa del patrimonio y la memoria urbana. «Somos muy defensores de la orfebrería tradicional de Galicia y se nos ocurrió la posibilidad de diseñar algo que se asociara tanto a Pontevedra, la ciudad, como al Camino Portugués», que pasa justo por delante de la joyería, detalla Fernando Martínez Vilanova, historiador, autor de referencia sobre el oficio y heredero de esta casa fundada en 1943. «La referencia de la vieira era fundamental», prosigue, apuntando directamente a la obra de Antonio de Souto. «Cuando concibió la capilla de la Peregrina, lo hizo pensando en la vieira».
Para dar forma a esta alhaja en plata vermeil de 925 milésimas, el equipo buceó en la historia local. El diseño se levanta sobre varias certezas documentales: bebe de un pendentif decimonónico tipo sequilé que se conserva en el Museo de Pontevedra, y se nutre también del croquis de la capilla trazado en 1952 por el arquitecto Pons-Sorolla. Si a esa base de rococó galaicoportugués le sumamos la enorme concha austral que regaló el almirante Méndez Núñez para que sirviera de pila de agua bendita —«un detalle que de pequeño siempre me llamaba mucho la atención», confiesa Fernando—, el círculo de inspiraciones queda cerrado.
El resultado es una réplica reinterpretada de la planta arquitectónica, donde las características escaleras de caracol del santuario se integran como las volutas de la venera. Está concebida además como un diseño vivo, abierto a incorporar el ideario mineral de la tradición gallega en forma de perlas de aljófar, corales, turquesas, ámbar o azabaches. Pero más allá del material, su verdadera función es servir de ancla.
Detrás de esta silueta no hay máquinas de fundición en serie, de las que escupen copias despersonalizadas. Hay manos viejas. Manos de orfebres que trabajan en talleres cuya ubicación Fernando custodia con el mismo celo con el que se protege un secreto familiar. El diseño se ejecuta siguiendo los patrones de los siglos XVIII y XIX, tejiendo tres hilos de plata capilares en «un trabajo de una exquisitez extraordinaria» que exige una pericia milimétrica. «Digamos que casi este puede ser de los últimos coletazos que pueda dar la joyería tradicional», lamenta Vilanova. Una escuela histórica que buscaba la perfección sometiendo el metal a unas proporciones clásicas que hoy resultan casi un espejismo.
El diseño se ejecuta siguiendo los patrones de los siglos XVIII y XIX, tejiendo tres hilos de plata capilares en «un trabajo de una exquisitez extraordinaria» que exige una pericia milimétrica
Esa devoción por el rigor no es producto del azar, sino del ejemplo. Hay que viajar a los grises años cincuenta, a una Galicia de cultura oscurecida y silenciada, para entenderla. Su padre, Constantino Martínez, había regresado de Brasil —«se fue sabiendo contar y escribir pero desarrolló una capacidad bestial»— y montó el negocio hace 85 años. A la par que levantaba la empresa, se dedicó a enseñarle a su hijo a descifrar la belleza que los rodeaba. «Me llevaba a la fachada principal de la basílica de Santa María y yo me quedaba maravillado», recuerda. Allí le hablaba de Curros Enríquez, de Cabanillas y de Rosalía, inyectándole un amor por el país que impregnó para siempre la filosofía del local.
Ese respeto se traduce hoy en un mostrador por el que desfilan espectaculares piezas art decó o joyas isabelinas del siglo XIX, todas entregadas con un documento minucioso que detalla su historia, su estilo y el calibre de sus gemas. «El comercio tradicional tiene que apostar por un tipo de información que no da la red, que siempre es una información ambigua y demagógica», defiende con contundencia. Se vende patrimonio, sabiendo exactamente qué pedazo de historia se lleva uno a casa.
Cada joya se entrega con un documento que detalla su historia, estilo y el calibre de sus gemas
Otro tanto sucede en el caso de las piezas de la nueva colección. el documento «sirve también de seguro, pero sobre todo para la persona sepa lo que está comprando, qué categoría tiene (...).Desde el tipo de piedras al estilo artístico, el art decó, el chevalier, el victoriano...», detalla Martínez Vilanova.
En las vitrinas de los Martínez Vilanova han descansado maravillas como bandejas del siglo XVIII con la batalla de Clavijo cincelada, pero el verdadero tesoro de la casa es más humilde. Son unas diminutas pepitas de oro, una arenisca brillante. Las traía hace décadas, aprovechando los días de feria, un anciano de Forcarei que había buscado fortuna como garimpeiro en Brasil y que, de vuelta a casa y pastoreando sus vacas, seguía cribando pacientemente las aguas cerca del monasterio de Aciveiro en busca de oro. Esa granalla, conservada aún hoy por la familia, explica mejor que cualquier manual lo que significa este oficio: la paciencia infinita para encontrar el brillo en medio de la corriente y la voluntad férrea de no dejar que el tiempo se lo lleve.
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