Marisqueo
La deseada lluvia encontrará en otoño a la almeja de la ría de Pontevedra muy debilitada por el calor
El biólogo de la lonja de Campelo advierte de que las altas temperaturas provocan estrés metabólico en el marisco y señala la baja salinidad como el principal riesgo de mortalidad

Marisqueo en el fondo de la ría de Pontevedra. / RAFA VAZQUEZ
La situación de la almeja en la ría de Pontevedra se mantiene por el momento sin cambios significativos pese a las elevadas temperaturas registradas en las últimas semanas. Así lo explica Andrés Simón, biólogo de la lonja de Campelo, que señala que los controles sobre los bancos marisqueros son continuos y que, hasta ahora, no se ha detectado un episodio extraordinario de mortalidad relacionado directamente con los últimos días de calor.
«Se mantiene más o menos como veníamos. Es una época mala, pero no hemos notado algo mayor», resume Simón. La mortalidad continúa presente en los bancos, aunque los técnicos no han observado por ahora un empeoramiento puntual que pueda vincularse a las condiciones meteorológicas más recientes.
La preocupación se centra, sin embargo, en cómo pueda evolucionar la situación durante las próximas semanas. El agua ha alcanzado temperaturas muy elevadas y este escenario supone un esfuerzo añadido para los bivalvos. Simón explica que la almeja, como animal de sangre fría, adapta su actividad a la temperatura del medio. Cuando el agua se calienta, su metabolismo se acelera y aumenta también su necesidad de oxígeno.
El problema es que el agua caliente contiene menos oxígeno, lo que acaba generando una situación de «estrés metabólico». «Fisiológicamente están mal, lo están pasando mal y quedan debilitadas», explica el biólogo. A ello se suma que las altas temperaturas favorecen una mayor actividad de determinados patógenos. La combinación de ambos factores puede dejar al marisco en peores condiciones para afrontar posteriores cambios ambientales.
El mayor peligro
Pese al impacto de las altas temperaturas, Simón señala a la caída prolongada de la salinidad como la principal amenaza para la supervivencia de la almeja. «La bajada de salinidad es mortalidad directa», afirma. El calor afecta a numerosos procesos fisiológicos, mientras que una reducción acusada y persistente de la salinidad puede provocar directamente la muerte de los ejemplares.
El temor es que, después de un verano con temperaturas elevadas, se produzca un otoño especialmente lluvioso. Una entrada continuada de agua dulce en la ría podría encontrarse con una población de almeja ya debilitada por el calor.
Es un escenario que, según recuerda Simón, ya se produjo en 2023. Tras el calor del verano llegaron lluvias muy abundantes durante el otoño, con periodos prolongados en los que la salinidad descendió y no llegó a recuperarse. Episodios similares se registraron también durante el pasado invierno.
Por ello, la mejor evolución posible sería la de un otoño e invierno con precipitaciones «como las de antes». «Un invierno normal», apunta el biólogo: jornadas de lluvia alternadas con otras secas que permitan recuperar los niveles de salinidad. El problema aparece cuando las precipitaciones se suceden durante semanas y mantienen de forma continuada una elevada aportación de agua dulce a la ría.
Las más sensibles
No todas las especies responden de la misma forma a estos cambios. Según Simón, la almeja babosa se encuentra entre las más sensibles, motivo por el que suele localizarse en zonas de mayor profundidad y soporta peor los espacios intermareales sometidos a fuertes variaciones ambientales.
La almeja japónica también presenta una elevada vulnerabilidad ante este tipo de episodios, mientras que el berberecho tampoco soporta bien determinadas condiciones extremas.
Mientras tanto, la actividad marisquera continúa desarrollándose con normalidad en los bancos del fondo de la ría de Pontevedra, aunque con capturas reducidas.
El producto foráneo gana espacio: Portugal, Italia, Marruecos, Canadá...
La cofradía de Lourizán mantiene este verano una actividad marisquera relativamente estable, con capturas que permiten cubrir cuotas de entre cuatro y seis kilos, pero la creciente presencia de almeja foránea en los mercados preocupa al sector. Su patrona mayor, Carmen Vázquez Nores, explica que depuradoras y comercializadoras necesitan mantener el suministro para responder a la demanda y, cuando la producción gallega resulta insuficiente, recurren cada vez más a mercados exteriores. Tradicionalmente, buena parte de la almeja importada procedía de Portugal, Francia e Italia, pero en los últimos tiempos se han incorporado nuevos orígenes. Vázquez Nores señala que también está llegando producto de Marruecos e incluso de Canadá, algo que considera especialmente llamativo por la distancia y las diferentes condiciones de las aguas. Se trata de almeja que llega fresca, no congelada ni precocinada, y que entra directamente en competencia con la extraída en las rías gallegas.
«Lo notas en la subasta. Cuando baja el precio dices: Aquí ya entró algo», resume la patrona mayor. Advierte de que esos mercados de suministro pueden acabar consolidándose. Después, cuando se recupera la producción de las rías, resulta más difícil recuperar el espacio perdido.
Esta competencia preocupa especialmente después de varios años de dificultades en los bancos marisqueros. Aunque Lourizán ha logrado mantener la extracción, otras zonas tienen una actividad menor o están acogidas a convenios de la Xunta, lo que reduce la cantidad de producto local disponible para abastecer el mercado.
A ello se suma la incertidumbre ambiental. Tras los episodios de mortalidad registrados desde 2023, las mariscadoras temen que las altas temperaturas del verano puedan debilitar el bivalvo y que un otoño o invierno con lluvias muy intensas vuelva a perjudicar los bancos.
La almeja necesita meses para alcanzar una talla comercial y cualquier episodio adverso puede comprometer el trabajo de todo un año.
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