Más de 80 años veraneando en Sanxenxo: «Ha habido una involución»
Manuel Peña-Rey, que pasa sus vacaciones en la villa desde hace 86 años, lamenta la masificación

Manuel Peña-Rey Bouzas veraneó por primera vez en Sanxenxo en 1939. / Rafa Vázquez
Los coches, en procesión, buscan un milagro en forma de aparcamiento cerca del mar. Hay filas para pedir un helado y el eco de las terrazas ahoga a unos metros el sonido del Atlántico. Es el Sanxenxo del siglo XXI, una urbe de verano donde el descanso es por momentos una carrera de obstáculos. Pero si uno se detiene en el paseo y escucha al doctor Manuel Peña-Rey Bouzas, el cemento se resquebraja y Silgar vuelve a estar rodeada de «casas pequeñitas, de familias».
A sus 87 años, sus recuerdos trazan la radiografía de un paraíso extinguido. Su memoria arranca en una posguerra de ausencias. «En el año 38 nací y no vinimos porque era la guerra», relata.
El motivo de aquella demora llevaba el peso de una purga política. Su padre, el doctor Peña-Rey, uno de los pioneros de la ginecología gallega y presidente del Partido Galeguista en Ourense, acababa de sobrevivir al terror. «Lo echaron de todos los sitios, lo detuvieron, le embargaron el dinero. No lo mataron de milagro... Por poco no lo matan como a Bóveda, que era su amigo», sentencia.
Cuando la familia por fin llegó a la costa en 1939, Manuel (que llegaría a ser un reputado profesional de la medicina y destacado político) tenía doce meses. Desde entonces, asegura, «vine siempre, todos los años ininterrumpidamente». Su refugio infantil era «una casa muy bonita, que era la casa del aviador Piñeiro», construida en 1922. Hoy, en ese mismo solar frente al mar, lamenta, se levanta «un edificio muy alto». La metamorfosis de la fachada litoral es su herida abierta.
Su padre, el doctor Peña-Rey, uno de los pioneros de la ginecología gallega y presidente del Partido Galeguista en Ourense, acababa de sobrevivir al terror. «Lo echaron de todos los sitios, lo detuvieron, le embargaron el dinero. No lo mataron de milagro... Por poco no lo matan como a Bóveda, que era su amigo», sentencia
Añora los días en los que el hormigón no había acorralado al mar: Panadeira, una de sus playas favoritas, «era una maravilla porque no había ni el malecón, era una playa abierta y la arena llegaba más arriba. Y hacia atrás eran fincas grandes, por ejemplo la del pazo ocupaba mucho más que en la actualidad».
Era un Sanxenxo con las puertas abiertas y donde «todos se conocían», arena y mar que fueron su hábitat natural durante esos veranos. Tanto, que en 1962 unió a nado Mourisca en Bueu con el muelle viejo de Sanxenxo, atravesando la ría. Fue una gesta por la que fue premiado con una estatuilla peculiar. «Como la figura de un Óscar, pero un Piñeiro con gorro de aviador», recuerda con una sonrisa.
Su refugio infantil era «una casa muy bonita, que era la casa del aviador Piñeiro», construida en 1922. Hoy, en ese mismo solar frente al mar, lamenta, se levanta «un edificio muy alto». La metamorfosis de la fachada litoral es su herida abierta
Volvió cada año a pesar de su intensa biografía. Mientras su voz rescata con devoción el paisaje de Sanxenxo o el calvario paterno, Manuel guarda un pudoroso silencio sobre su propia militancia (fue secretario xeral del Partido Comunista de Galicia) y sus propias cicatrices, las de aquel médico comunista al que la dictadura procesó y arrancó de su plaza en el Hospital Provincial de Ourense en 1971, demostrando que en la estirpe de los Peña-Rey la dignidad no es solo una herencia, sino una trinchera vital.
Hoy mira a la emblemática Silgar con un profundo escepticismo. «Es una maravilla, muy plana, una preciosidad, más para los niños... pero va a desaparecer», lamenta, «porque el mar está aumentando el tamaño y temo que no durará».
Al pedirle un diagnóstico sobre la transformación de Sanxenxo, su segunda casa, el veterano veraneante no titubea. «Involución», resume con crudeza. Su relato de la masificación es implacable: «Las playas están contaminadas, no hay sitio. Vas a la farmacia, hay tres farmacias, y hay cola. Para comprar un helado hay 20 personas. Es decir, se está sacrificando el descanso, es imposible».
Su relato de la masificación es implacable: «Las playas están contaminadas, no hay sitio. Vas a la farmacia, hay tres farmacias, y hay cola. Para comprar un helado hay 20 personas. Es decir, se está sacrificando el descanso, es imposible»
Para él, el modelo actual es una huida hacia adelante. «No hay manera. Es un salto que no es posible asumir. No pueden poner farmacias para 100.000 personas porque en invierno no hay nadie». Aunque esboza remedios lógicos como construir «aparcamientos grandes en las afueras y que la gente venga andando», su mirada se tiñe de advertencia al ver cómo la especulación devora los escasos pulmones verdes de la villa.
Todos tendríamos que reflexionar «sobre este modelo», advierte, señalando las fincas centenarias arrasadas por promotoras inmobiliarias. Propone una moratoria urgente antes de que el asfalto termine de silenciar, para siempre, el Sanxenxo que una vez respiró bajo la arena.
Suscríbete para seguir leyendo
- La Xunta gestiona la luz verde ambiental para desdoblar el corredor de A Lanzada en Sanxenxo
- Lores celebra el éxito de la Feira Franca en sus «bodas de plata», que contaron con una asistencia masiva
- La marea obliga a aplazar a las 13.15 el desembarco medieval de la cerveza Ollo Redondo
- Cerveza llegada a través del Lérez
- Una pontevedresa vivió once meses de calvario con su novio hasta que lo denunció
- Calor y color en la 25 Feira Franca de Pontevedra
- La farándula medieval llena las calles de Pontevedra
- Alfonso Rueda da la bienvenida al curso desde el colegio marinense en el que estudió: «Volver siempre tiene algo especial»