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Entrevista | Manuel Ruibal Artista

«Donde mejor estoy en el mundo es en mi estudio o nadando en Aguete»

«Rompo muchísimo trabajo. Si levanto la tela del suelo y no me convence, no va ni a la pared; va directo a la papelera», señala el veterano artista

Expone este mes en la galería Pilar Franco de Sanxenxo una selección se su aplaudida serie Fauna

Manuel Ruibal, artista: «Donde mejor estoy en el mundo es en mi estudio o nadando en Aguete»

Gustavo Santos

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Pontevedra

El estudio de Manuel Ruibal está lleno de acrílico diluido, salitre imaginado y una disciplina férrea. A sus 83 años, el espacio en el que trabaja impone por su orden monacal: los pinceles alineados, el suelo inmaculado —pese a ser su principal caballete de batalla— y, apoyados contra las paredes, lienzos enormes de hasta cuatro metros que aguardan su juicio definitivo. Ni rastro del caos bohemio, sino la rutina implacable de un obrero del arte que se ha pasado la vida trasnochando frente a la tela. Mientras la galería Pilar Franco de Sanxenxo acoge este mes una cuidada selección de su aplaudida etapa de la Fauna —aquellos animales rotundos y telúricos—, Ruibal ya navega, literal y metafóricamente, por otras aguas.

—En la galería Pilar Franco de Sanxenxo propone ahora un reencuentro con su etapa de la Fauna, una serie que ya pisó fuerte en Madrid hace una década. Al tratarse de un espacio más íntimo, ¿cómo ha encajado ese universo animal en las paredes de la sala?

Es una exposición centrada exclusivamente en la etapa de mi Fauna, una época de hace unos diez años que fue muy bonita, bastante prolongada y con la que quedé muy contento. Como la galería de Sanxenxo es pequeña, y me da mucha rabia que las cosas queden amontonadas o a medio lucir, hemos llevado obra de formato mediano hacia abajo. Solo hay un cuadro grandote para que respire bien el espacio. Es una manta de Córcega. La pinté En su blanca porque pensé que no eran así, que eran todas oscuras, y resulta que de casualidad sí que existen blancas.

—Sin embargo, en su estudio lo que dominan ahora son las olas. Ha bautizado esta nueva etapa casi como un diario de a bordo: ‘Amaneceres, atardeceres y anocheceres en el mar de Galicia’

Estando en mi apartamento de Aguete, viendo el mar un día de sol maravilloso, a última hora de la tarde, vi una luz tan bonita que me dije: «Oye, hay que pintar algo de esto». Ves cómo se mete el sol y te inspira. Pero claro, existía el prejuicio de que el mundo de las marinas está muy visto, así que le busqué una solución distinta para sacarle partido sin caer en la anécdota.

—Esa solución es un rechazo frontal a la marina de postal. Ni una gaviota, una lancha, una sola roca...

Es un concepto del mar totalmente depurado. En mis cuadros no hay eso, una lanchita, una roquita... Es solo el paisaje, el mar, el cielo y las nubes. Si metía anécdotas se volvía la típica estampa revisitada que quería evitar a toda costa, porque el mar se presta mucho a eso. Yo soy más bien un pintor gestual. Además, utilizo unos soportes especiales que me mandan desde Barcelona; es un cartón-piedra arrugado al que luego le voy dando formas.

El mío es un concepto del mar totalmente depurado. En mis cuadros no hay una lanchita, una roquita... Es solo el paisaje, el mar, el cielo y las nubes

—Sorprende verle lidiar aquí con obras de cuatro metros de largo…

He sido siempre de trabajar de noche. He llegado a estar noches enteras hasta las cuatro de la mañana. Ahora, con 83 años, lo hago un poco menos porque tengo menos fuerza para coger esos cuadros tan enormes. Son piezas de tres metros y medio o cuatro. Y a veces pinto directamente en el suelo para que no se me escurra la pintura, porque la aplico muy diluida. Dejo que seque ahí abajo, luego lo levanto, lo miro y decido.

Pontevedra. Pintor Manuel Ruibal en su estudio de Pontevedra

El artista, en la mañana de este martes en su estudio. / Gustavo Santos

—Tiene tres papeleras gigantescas en el estudio y dice que no le tiembla el pulso a la hora de rasgar una tela. ¿En el arte es tan importante lo que se pinta como lo que se destruye?

Detrás de cada serie hay muchísimo trabajo previo, he llegado a hacer unos doscientos bocetos en libretas. Pero si una vez en grande la cosa no me gusta, yo la borro o la rompo. Rompo muchísimo trabajo. Si levanto la tela del suelo y no me convence, no va ni a la pared; va directo a una de las tres papeleras que tengo aquí.

A lo mejor esta es mi última etapa, no lo sé, con 83 años ya ves tú. Pero recuerdo a Luis Torras, que murió con 111 años trabajando hasta el final. Yo digo: «A ver si tengo esa suerte»

—Su obra cuelga hoy en las paredes del rey Carlos de Inglaterra y en la legendaria colección Rothschild. ¿Qué siente al ver sus cuadros en esos salones?

Te da gusto saber con quién estás colgado. La vanidad siempre te agrada. Una vez me llevaron a una colección en Long Island, y el marchante, un poco para conquistarme y que viera dónde y con quién estaba colgando mi obra, me enseñó que allí había cuadros de Bacon, de Frank Stella, de los autores más consagrados. Y yo quedé contento de ver que mi obra, un cuadro grande, estaba ahí entre ellos. Pero la verdad es que donde mejor estoy en el mundo es aquí, en mi estudio, o si hace mucho calor, nadando en la playa de Aguete.

—Habla de esta serie del mar como su posible etapa final, pero luego recuerda a su colega Luis Torras, que falleció recientemente centenario...

Esta temporada estoy trabajando un poco menos, estoy un poquitito vago. A lo mejor esta es mi última etapa, no lo sé, con 83 años ya ves tú. Pero recuerdo a Luis Torras, que murió con 111 años trabajando hasta el final. Yo digo: «A ver si tengo esa suerte». Seguramente no sea así, pero bueno, el día que no tengo ganas de trabajar, me voy a tomar una chiquita con los amigos, que también se pasa muy bien.

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