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Eclipse

El eclipse detiene Pontevedra: «Es algo histórico y merece la pena vivirlo»

El fenómeno astronómico reunió este miércoles a cientos de personas, que siguieron con asombro cómo la luz se apagaba, descendía la temperatura y compartían un momento colectivo difícil de olvidar

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Pontevedra

Durante unos minutos, Pontevedra dejó de mirar al suelo y levantó la cabeza al cielo. El sol, que había acompañado una tarde de agosto aparentemente normal, comenzó poco a poco a desaparecer tras la luna hasta quedar reducido a una mínima porción de luz. En la comarca el eclipse no llegó a ser total, aunque la ocultación rozó el 100% en torno a las 20.30 horas, suficiente para transformar por completo el paisaje cotidiano.

Cientos de personas se reunieron este miércoles en diferentes puntos de la ciudad y sus alrededores en busca del mejor enclave para disfrutar del fenómeno astronómico en su esplendor. Familias, parejas y grupos de amigos fueron tomando posiciones con tiempo, buscando el mejor lugar desde el que asistir a ese lento juego de sombras. «Es algo histórico que merece la pena vivir», comentaba uno de los presentes mientras, sobre las cabezas, el sol comenzaba a perder poco a poco su forma cotidiana.

La espera tuvo algo de romería improvisada. Hasta el monte Castrove, en Poio, llegaron sillas de playa, toallas extendidas sobre la hierba, sombrillas, neveras con comida y bebida e incluso juegos de cartas con los que matar el tiempo hasta el momento cumbre del eclipse. Hubo conversaciones largas, meriendas compartidas y niños que corrían alrededor de los adultos mientras estos consultaban de cuando en cuando la hora y volvían la mirada hacia el cielo. «Es un plan en familia diferente», explicaba una de las asistentes, en medio de una escena que mezclaba la curiosidad científica con el ambiente relajado de una tarde de verano.

Algunos habían alterado incluso sus planes de vacaciones para no perderse el fenómeno. «Dejamos la playa para acercarnos aquí a ver el eclipse todos juntos», contaba una familia. A medida que avanzaba la tarde, las conversaciones se fueron apagando y la atención empezó a concentrarse en un único punto del horizonte, como si una señal invisible hubiese conseguido poner de acuerdo a todos los presentes.

Y entonces llegó el momento cumbre. La claridad propia del verano se debilitó y el ambiente adquirió una apariencia difícil de comparar con cualquier atardecer. «Aunque ya sabíamos todo lo que iba a pasar, cuando el sol queda tapado y baja la temperatura y parece que se hace de noche es una sensación rarísima», explicaba una de las espectadoras.

Después, casi con la misma calma con la que se había marchado, el sol comenzó a regresar. Volvió la luz y Pontevedra recuperó poco a poco una tarde de agosto que ya no era exactamente igual que antes. Quedaron las fotografías, las gafas especiales y, sobre todo, el recuerdo de haber compartido un fenómeno que difícilmente se olvida.

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