Pontevedra inicia su semana grande con un pregón que reivindica la convivencia y la identidad local
El crítico de arte y comisario Ramón Rozas da la bienvenida a las fiestas en un acto que convocó a vecinos, turistas, integrantes de peñas taurinas, grupos tradicionales...
«As cidades que soñan son sempre as mellores cidades, as que son capaces de inventarse, de buscar novas metas», subrayó

Gustavo Santos
Este mediodía, en una jornada marcada por la temperatura de agosto, la plaza de España de Pontevedra dejó de ser un simple lugar de paso para convertirse en el epicentro de la comarca. Comenzó la semana grande en honor a la Virxe Peregrina, y lo hizo con esa mezcla imposible de orden y desorden controlado que solo se da en las grandes ocasiones. Sobre el solado se cruzaron las pañoletas, dengues y chalecos del traje tradicional de los más pequeños —apretados contra los ramos de flores que ofrendarán en breve en el santuario— con las camisetas de colores de las peñas, las familias apiñadas y la mirada atónita de algún turista que no terminaba de entender cómo una ciudad entera puede cambiar de pulso en cuestión de minutos. Entre la multitud sobresalían también las manos curtidas de quienes cada año asumen la responsabilidad de trasladar la carroza de la patrona.
Desde lo alto, en un balcón de la Casa Consistorial vestido de gala para la ocasión, el concejal de Cultura, Demetrio Gómez, fue el encargado de dar la bienvenida. Proclamó que «chegou o tempo de gozar e de recibir aos visitantes», antes de conceder una suerte de amnistía general al reconocer, con complicidad, que toca «pasarse un pouquiño coa comida e a bebida». Pero el alma de la mañana estaba reservada para la voz del crítico y comisario de arte Ramón Rozas, que invitó a la ciudad a subirse a una máquina voladora imaginaria para sobrevolar su propia identidad.
Acompañaron al pregonero una larga nómina de autoridades, encabezadas por el alcalde, Miguel Fernández Lores, los integrantes de la corporación, el presidente de la Diputación, Luis López, y el delegado de la Xunta en Pontevedra, Pablo López.
Rozas rrancó apelando a la geografía sentimental más profunda: «Aquí o mar remata e a terra principia. Pontevedra». Su discurso, titulado O latexo das pedras, se desplegó como un viaje inmersivo, trufado de referencias literarias y anclado en la memoria de las calles. «A historia dunha cidade, das boas, é unha mestura entre a realidade e a ficción. As cidades que soñan son sempre as mellores cidades, as que son capaces de inventarse, de buscar novas metas, de conquistar un futuro a base do atrevemento das súas xentes», relató ante una plaza atenta, recordando que esos hechos acaban por convertir cada rincón en un espacio único que otorga identidad.
A través de la figura de Jacinto Barallobre, aquel personaje de Torrente Ballester que bajó a la tierra para entender «ese latexo que sentía cada vez que pousaba a man sobre unha desas pedras», Rozas trazó un mapa humano ineludible. No se quedó atrapado en la nostalgia de los Mareantes, de Valle-Inclán, de Lorca o de la vieja Moureira, sino que bajó a la arena del presente para reivindicar el mayor triunfo de la capital: su modelo de sociedad y su inquebrantable pacto de respeto.

Las autoridades brindan en la Casa Consistorial con el pregonero por el arranque de la «semana grande». / Gustavo Santos
El pregonero enarboló la bandera de la convivencia, asegurando que «nesta cidade estamos todos dacordo en que podemos situala nun itinerario común de feminismo, inclusividade con todas as opcións sexuais, de acollida a calquera procedencia xeográfica, contraria á violencia machista, de defensa da memoria histórica, ecoloxista e recuperadora de espazos verdes»
Enarboló la bandera de la convivencia frente al ruido de los tiempos actuales, asegurando que «nesta cidade estamos todos dacordo en que podemos situala nun itinerario común de feminismo, inclusividade con todas as opcións sexuais, de acollida a calquera procedencia xeográfica, contraria á violencia machista, de defensa da memoria histórica, ecoloxista e recuperadora de espazos verdes». Arrancando aplausos, Rozas fue tajante al sentenciar el núcleo del espíritu local: «A nosa prioridade, nacional ou non, é a da conviencia».
Para el crítico de arte, ese es el verdadero secreto que convierte a la villa del Lérez en un espacio seguro y próspero, un territorio cómplice que rechaza radicalismos. Una Boa Vila que, según sus propias palabras, es un lugar hecho a la medida del ser humano, capaz de erigirse como la «medida de tódalas cousas» porque «antes de que pasen as cousas noutros sitios do mundo xa pasaron antes en Pontevedra». Rozas concluyó su intervención confesando su orgullo por pertenecer a una comunidad de lazos estrechos donde la realidad y la imaginación le permiten hacer de Pontevedra «o mellor lugar do mundo, o lugar onde latexan as pedras e onde eu non fixen outra cousa senón soñar».

Numerosos asistentes acudieron con el traje tradicional y las flores que posteriormente ofrendarían a la patrona del Camino Portugués. / Gustavo Santos
Al dar la bienvenida a las fiestas, Rozas reivindicó una Boa Vila que, según sus propias palabras, es un lugar hecho a la medida del ser humano, capaz de erigirse como la «medida de tódalas cousas» porque «antes de que pasen as cousas noutros sitios do mundo xa pasaron antes en Pontevedra»
El alcalde, Miguel Anxo Fernández Lores, fue el encargado de poner el broche al acto institucional, satisfecho por lo que calificó de «repaso espléndido» a la historia local. Animó a los vecinos a que «o pasedes ben e disfrutades», aunque la bata de médico asomó de inmediato por debajo del bastón de mando para recetar, con una sonrisa, «sempre moderación». Acto seguido, un atronador «¡Viva Pontevedra!» cruzó el aire caliente de la plaza.
Fue el resorte que lo desencadenó todo. El silbido del primer foguete rasgó el cielo y dio paso a una intensa batería de fuegos lanzados desde la avenida de Montero Ríos, mientras una nube de confeti se desplomaba sobre los asistentes. En medio del alborozo y el humo blanco de la pólvora, las manos de los encargados se aferraron a la madera, porque la carroza de la Virgen se ponía momentos después en movimiento hacia su santuario y Pontevedra, puntual a su cita de agosto, se entregó sin reservas al latido incansable de sus propias piedras.
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