Los guardianes de la plaza de toros
Antes de que el albero acapare este fin de semana los focos y las peñas llenen los tendidos, un ejército silencioso se bate el cobre en las entrañas de la plaza. Una decena de operarios engrasan el viejo motor de una afición centenaria: horas de pintura, vigas de hierro y un mimo sagrado por el toro que sostienen el milagro taurino

Colas de jóvenes ante una copistería para estampar sus camisetas de peñas. / S. R.
Las camisetas de las peñas ya lucen sus logos recién estampados tras las habituales colas de última hora en las copisterías, y sobre el albero, el trabajo a contrarreloj ha dado sus frutos. Todo está a punto para que esta tarde arranque la feria taurina, un enorme engranaje que moviliza a miles de aficionados. En las entrañas de la centenaria plaza de toros, el corazón silencioso que garantiza el espectáculo da los últimos repasos. En el equipo de mantenimiento se encuentra Benigno Sánchez Torres, uno de los rostros más queridos por la afición.

Benigno Sánchez Torres. | E. E.M.
Mantener un coso con décadas de historia exige pelear a diario contra el clima y el desgaste. «Pintar cada dos o tres años, repasar las barreras, adecentar cuadras y mantener las guías de las puertas perfectamente engrasadas», enumera Sánchez Torres. Diez profesionales de mantenimiento, a los que suman durante la feria unos doce rastrilladores, lidian cada año con el deterioro de una instalación centenaria y con la resaca de eventos como la Feira Franca, que, según confiesa, exige una limpieza mucho mayor que la propia feria taurina: «La gente de los toros sabe que la plaza es para ellos y la respeta», sentencia.
Antes de que suene el clarín, el confort de los astados es sagrado. Atrás quedaron los viajes agotadores; hoy los camiones incorporan duchas para evitar golpes de calor. Ya en los corrales, pisando una arena dispuesta estratégicamente para evitar resbalones, los toros descansan bajo la atenta mirada del mayoral, que incluso duerme en las instalaciones.
Ya en la arena, las barreras esconden sólidas vigas de hierro encajadas en hormigón para frenar cualquier impacto de un animal de casi media tonelada. Todo este rigor técnico va a la par de la calidad del espectáculo, algo que Benigno tiene claro al elogiar el esfuerzo de la empresa gestora, la Casa Lozano: «A pesar de que esta es una plaza de segunda categoría, siempre consiguen traernos a toreros y a toros de primera, un verdadero lujo», destaca.
Cuando arranque el paseíllo, Sánchez Torres ocupará su discreto puesto en la puerta de caballos, coordinando a una decena de operarios. Desde esa frontera de madera, su balance tras tantos años de oficio esquiva la crudeza del ruedo y se queda con el factor humano.
«Lo que más me gusta de los toros es la educación que tiene este mundo», concluye. Destaca también la enorme cercanía y el respeto inquebrantable de toreros, cuadrillas y apoderados; una atmósfera de pura camaradería que, lamenta, rara vez se ve fuera de la plaza.
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