Entrevista | José L. Vilas Óptimo premiado por Amigos de Pontevedra
«Me gustaría que se me recordase con pocas palabras: un buen profesional»
Tras 42 años dedicados a la salud visual, el óptico José L. Vilas recibe el homenaje de los Amigos de Pontevedra

El óptico José L. Vilas González, premiado en este 2026 por Amigos de Pontevedra. / Rafa Vázquez
En la esquina Daniel de la Sota con la calle Peregrina todavía parece resonar el saludo de José L. Vilas al abrirse la puerta. Acaba de apagar la luz de su óptica tras 42 años de oficio. El reconocimiento de Amigos de Pontevedra le llega ahora como un abrazo de esa ciudad que lleva cosida a la piel. La raíz tira: su abuelo ya le tomaba el pulso a la sociedad local como encargado del histórico Café Moderno, y él mismo conoce bien el recogimiento y el olor a cera de las calles empedradas como veterano cofrade de la Semana Santa. Es de esos profesionales forjados en la cercanía, que conciben el mostrador como un espacio de salud y no como un simple cajero.
—¿Qué se le pasó por la cabeza cuando le comunicaron el premio?
—Fue una tremenda sorpresa. Cuando me citaron en el Rías Bajas y vi a quienes me esperaban para darme la noticia, mi primera reacción fue: «Me voy». Pero me di la vuelta al instante. Me llena de orgullo; supone que algo habré hecho bien en esta ciudad para recibir un reconocimiento así. Al echar la vista atrás, solo pienso en que, gracias a mis pacientes, logré dedicarme a lo que de verdad me gustaba: cuidar de la salud de las personas.
—Si tuviera que dedicarle este reconocimiento a alguien especial ¿a quién sería?
—Se lo dedicaría a mis padres. Por el esfuerzo que hicieron para que yo pudiese estar hoy aquí y haber cumplido mis sueños.
—Su vocación sanitaria se cocinó a fuego lento tras su paso por internados como La Salle. ¿Cómo fue su formación?
—Llegué a dudar en el último momento con Económicas, pero ganó la vocación sanitaria. Estudié Farmacia en Santiago y luego saqué la diplomatura de Óptica. Pensaba montar una farmacia; estuve diez años en Sanxenxo esperando una apertura, hasta que me la denegaron. Tengo esa espinita clavada de haber ejercido como farmacéutico solo un mes en toda mi vida. Pero la óptica es una rama de la farmacia y me ha llenado de satisfacción.
—En 1984 asume el traspaso de Óptica Studio, un local abierto en 1972 en la plaza del 8 de Marzo. Era un chaval al mando de un negocio en el corazón de la ciudad.
—Esa esquina siempre me gustó. Recuerdo mi primer día: entró un hombre y me pidió hablar con el jefe. Al decirle que era yo, me contestó: «Es imposible, eres demasiado joven». Esa persona acabó haciéndose un gran paciente.
Llegué a atender a los nietos de mis primeros pacientes. Que se transmita esa confianza de generación en generación es algo único
—¿Cómo ha visto evolucionar la óptica en estas cuatro décadas?
—La tecnología de 1984 con la de ahora no tiene nada que ver. Cuando empecé había tres o cuatro gafas de pasta y otras tantas de metal, y se acabó. Hoy la variedad es inmensa. Mi óptica ha sido pequeñita, pero siempre estuve centrado en mis pacientes, eso era lo básico para mí.
—Prefiere hablar de pacientes y no de clientes. ¿Se pierde el pulso humano y la cercanía con el comercio online y las franquicias?
—Creo que sí. En las ópticas independientes el trato es tan cercano que llegas a forjar amistades. Ahora, al liquidar por jubilación, muchos me decían: «Hombre, José, no te vayas». Son 42 años al frente del negocio, sin apenas vacaciones, siendo autónomo, pero me voy plenamente satisfecho.
—¿Cuál cree que es la clave para mantener la persiana abierta y la confianza del cliente?
—Lo crucial ¡es la profesionalidad, la honestidad y el trato directo.
—Por su gabinete han desfilado hasta tres generaciones. Hay una memoria sentimental inmensa en esos historiales.
—Esa es la verdadera razón de todo. Llegué a atender a los nietos de mis primeros pacientes. Que se transmita esa confianza de generación en generación es algo único. Tengo una paciente de Sanxenxo que vino con cuatro años y, con 45, siguió conmigo hasta la semana antes de jubilarme.
La miopía es ya la epidemia del siglo XXI, y seguirá avanzando. Vivimos pegados a las pantallas y gastamos el tiempo encerrados, sin alternar la visión de cerca con espacios al aire libre.
—Detrás del escaparate advierte una realidad palpable: cultivamos la miopía a golpe de pantalla.
—La miopía es ya la epidemia del siglo XXI, y seguirá avanzando. Vivimos pegados a las pantallas y gastamos el tiempo encerrados, sin alternar la visión de cerca con espacios al aire libre. Aparecen miopías en gente que jamás tuvo defectos visuales. Y luego está el sol: la venta por internet hace mucho daño porque la gafa de sol exige un estándar de calidad sanitaria que no se puede comprar en cualquier sitio.
—¿Cómo le gustaría que se recordase su aportación al tejido comercial y humano de esta ciudad?
—Yo lo resumiría, simplemente, en unas pocas palabras: un buen profesional.
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