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La nueva moda del verano

Tambo, la isla que todos buscan

El enclave natural se ha convertido en los últimos meses en el lugar preferido para decenas de embarcaciones de recreo, que rodean la isla durante los días soleados, entre baños, música, fiestas a bordo y jornadas de pesca

Algunos barcos fondeados este fin de semana en el entorno de la isla de Tambo.

Algunos barcos fondeados este fin de semana en el entorno de la isla de Tambo. / Rafa Vázquez

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Pontevedra

Hay días en los que Tambo parece despertar rodeada por un pequeño archipiélago de cascos blancos. Las embarcaciones llegan desde distintos puntos de la ría, reducen la marcha al aproximarse a la isla y dejan caer el ancla sobre unas aguas que, durante las jornadas más concurridas del verano, se convierten en una improvisada plaza flotante. Donde antes dominaban el silencio y la distancia, ahora se mezclan chapuzones, conversaciones y música llegada desde las cubiertas.

La isla ha ganado protagonismo desde que el Ministerio de Defensa cedió su gestión al Concello de Poio y comenzaron las visitas guiadas regulares en 2022. El antiguo enclave militar, durante décadas asociado al acceso restringido, entró entonces en el mapa cotidiano de vecinos y visitantes, aunque continúa siendo un espacio protegido y sometido a normas de acceso.

Sanxenxo, Combarro o Raxó mantienen sus fondeaderos habituales, pero Tambo se ha convertido en el destino de moda. Su situación resguardada, su perfil verde y la sensación de encontrarse lejos de tierra sin haber abandonado el corazón de la ría forman parte del atractivo. No siempre importa llegar a algún sitio: basta con detenerse frente a la isla y dejar que la tarde transcurra al ritmo del agua.

Entre los barcos familiares aparecen también embarcaciones alquiladas para pasar el día. A bordo viajan grupos de amigos con neveras, altavoces y ganas de celebrar; cumpleaños, despedidas o simples reuniones que trasladan la fiesta desde una terraza hasta el mar. En los días de mayor ambiente, Tambo ofrece por momentos una pequeña versión atlántica de Miami, a escala de ría y con un bosque de eucaliptos en lugar de rascacielos.

Desde las cubiertas se despliegan escaleras, flotadores y tablas, mientras algunos ocupantes se acercan a la costa para bañarse o buscar la arena. La imagen obliga, sin embargo, a distinguir entre fondear frente a Tambo y desembarcar en ella: el acceso oficial se realiza únicamente por el muelle, en grupos limitados, acompañado por un guía y con autorización municipal y billete de una de las navieras que parten de Combarro.

Imagen tomada desde uno de los barcos fondeados frente a Tambo.

Imagen tomada desde uno de los barcos fondeados frente a Tambo. / FdV

No todos acuden atraídos por la música. Hay quienes prefieren alejarse de la concentración de barcos, buscar aguas más tranquilas y dejar caer los aparejos algo más hacia el interior de la ría. El mismo paisaje reúne así dos veranos diferentes: el bullicioso de las cubiertas compartidas y el paciente de quienes esperan una picada con la mirada puesta en la isla.

La nueva popularidad abre también el reto de conciliar el ocio náutico con la conservación de un enclave de especial valor natural, histórico y paisajístico. El Concello trabaja en un plan de usos y en la declaración de Tambo como espacio natural de interés local, dentro de un modelo que pretende hacerla accesible sin que esa apertura termine alterando aquello que la hace excepcional.

Al caer la tarde, las anclas empiezan a subir y los motores rompen durante unos segundos la calma. Las embarcaciones regresan a sus puertos, la música se aleja y Tambo recupera poco a poco su silueta solitaria. Pero al día siguiente, con el sol de nuevo sobre la ría, los barcos vuelven a buscarla.

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