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«Nuestro organismo es ritmo puro, todos los órganos tienen un pulso interno»

El percuterapeuta imparte el programa «Música a flor de piel» en los Special Olympics

Pedro Campos, en el monumento al poeta José Martí.

Pedro Campos, en el monumento al poeta José Martí. / Rafa Vázquez

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Pontevedra

El sonido no es solo una cuestión de oído, sino de impacto corporal, de vibración pura. Con esa premisa desembarca Pedro Campos en los campamentos de verano de Special Olympics Galicia, articulando a través del programa «Música a flor de piel» —desarrollado en colaboración con Afundación— un espacio donde el ritmo se convierte en la herramienta definitiva de inclusión. Como creador del Método Percuterapia, este músico y terapeuta cubano no concibe la música como una disciplina académica reservada a unos pocos, sino como un canal directo al sistema nervioso y al corazón.

Lleva más de 20 años dedicado a la percusión. ¿En qué momento descubrió que podía trascender el plano puramente musical para convertirse en una herramienta terapéutica y de estimulación cerebral?

La percusión es un instrumento sumamente accesible. Todo el mundo tiene ritmo, unos más que otros, pero la clave terapéutica está ahí. Instrumentos como el violín, el piano o la guitarra requieren muchísimo tiempo y una dedicación en la que a menudo nos perdemos o nos frustramos. Con el ritmo no ocurre eso; hay un resultado inmediato. Tú escuchas una música, pones un tambor delante o utilizas tu propio cuerpo, y consigues crear un estado de fluir en el que la música, el ritmo y tú os convertís en una sola cosa. Sientes esa sensación tan agradable de estar fluyendo. Además, nuestro propio organismo es ritmo puro: las neuronas se mueven a un ritmo y todos nuestros órganos tienen un pulso interno. Tras años trabajando con personas con necesidades especiales, alto nivel de estrés y distintas condiciones, decidí estudiar a fondo. Me formé en neuropsicología, inteligencia emocional, neurociencia y entrenamiento cognitivo en Estados Unidos. Todo ese bagaje, apoyado por psiquiatras y psicólogos, dio lugar a este método que me permite formar a personal sanitario en Canarias y, aquí en Galicia, aplicar la herramienta en la educación especial con Afundación para entrenar diferentes áreas cerebrales.

¿Cómo le explicaría a alguien que jamás ha tocado un tambor qué sucede en el cuerpo y en la mente cuando se entra en esa dinámica?

En realidad habría que probarlo, aunque todos lo hemos experimentado de forma inconsciente. A veces me encuentro con gente que me dice: «No, yo no voy a bailar ni toco nada porque no tengo ritmo». Y no es verdad: todo el mundo tiene ritmo. La forma más sencilla de explicarlo es mirar cómo funcionamos. Hablamos a un ritmo, comemos a un ritmo, nos movemos a un ritmo. Desde el punto de vista interno y externo, la síntesis es tan clara como esta: sin ritmo no hacemos absolutamente nada.

Diseñar una metodología propia exige ensayo, error y mucha observación sobre el terreno. ¿El método nació de una evolución natural o hubo algún hallazgo concreto en el camino?

Ha sido un trabajo experimental continuo. Al trabajar con grupos tan diversos, con necesidades tanto especiales como específicas, el método ha ido encajando y moldeándose a medida que observaba lo que cada persona y cada grupo necesitaba en la práctica.

En un entorno de campamento donde reinan el juego y la convivencia, ¿qué transformaciones se perciben en los chicos de Special Olympics durante estas sesiones?

Lo que hacemos no es un concierto convencional, sino un concierto-taller. Al trabajar con necesidades especiales no se puede poner cualquier música por poner; la música va directo a la emoción sin pasar por un filtro racional previo. Lo que a ti te genera alegría, a otra persona puede provocarle ansiedad o tristeza. Por eso seleccionamos la música minuciosamente y usamos la percusión —corporal o instrumental— para captar la atención, estimular la corteza prefrontal y generar bienestar. Combinamos la música y el ritmo con ejercicios de respiración. Lo que buscamos en estas sesiones es un juego constante entre la activación y la calma.

Existe un prejuicio muy extendido sobre la falta de coordinación o la incapacidad para la música ¿Cómo se desarma ese miedo inicial?

Créeme que en 20 años me he encontrado a muchísima gente que me dice exactamente lo mismo que tú, que es incapaz de tocar un instrumento. La clave casi siempre estuvo en la metodología con la que intentaron enseñarte en su momento. Nuestro método es extremadamente simple. Agarramos ritmos que a priori parecen complejos —como una salsa, una bachata, un merengue o una rumba gallega— y los desglosamos de una forma tan sencilla que cualquiera los puede interpretar desde el primer minuto. Luego, lógicamente, la dificultad se va graduando con el tiempo, pero la barrera del «no sé» se rompe de inmediato.

Tras el paso de «Música a flor de piel» por estos campamentos de verano, ¿qué huella o qué eco busca que se lleven los participantes a sus casas?

Lo que conseguimos en ese espacio de una hora es un reequilibrio emocional. Salen con una sensación de alegría y bienestar que les dura casi todo el día; es algo que luego nos trasladan los propios padres y los cuidadores. Se llevan emociones positivas y la calma de haber encontrado su propio centro a través del sonido.

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