Los quioscos que sobreviven en Pontevedra: «Se está perdiendo un punto de hacer vida de barrio»
En la ciudad todavía quedan aficionados al papel, aunque un gran motor de varios comercios de prensa son niños y, puntualmente, veinteañeros

El quiosco Macanía, donde las revistas más compradas son las de historia y cine. / Rafa Vázquez
Los quioscos y tiendas de revistas siguen el rumbo de la desaparición. Su función principal la asume internet, con la oferta digital de prensa generalista y especializada, y tampoco existe un relevo generacional que se vaya a encargar en un futuro de llevar estos negocios.
Todavía quedan amantes del papel, que son los clientes de toda la vida y aficionados a las revistas temáticas, pero también hay un sector de público joven variado. «Cualquier serie infantil que tú veas tiene su correspondiente revista: Peppa Pig, La patrulla canina… Y eso sigue saliendo mucho, como regalo para los niños», dice Mari, del Quiosco Peregrina. «Nosotros los adultos nos aficionamos a Fotogramas y demás, pues los niños tienen sus revistas. Las que traen un juguete funcionan muy bien».
Para los niños, no solo hay revistas; algunos kioskos tienen que ofrecer otros productos para poder subsistir y aquí entran los juegos de moda: «También recibimos juguetes que se anuncian en YouTube, entonces los niños ven los videos… Desde muy pequeños ven mucha publicidad para ellos, entonces esto se aprovecha», sigue contando la tendera.
Los cromos siguen teniendo salida, especialmente los de La Liga en su momento y los del Mundial. Hay álbumes de diferentes series o videojuegos e incluso están resurgiendo colecciones nostálgicas como las de Monster High, que ya quedó más de una década atrás. No obstante, el grueso de coleccionables más allá de los cromos, como los extras que ofrecían las publicaciones hace años, «ya no es como antes», como cuenta Pedro de la tienda de prensa Macanía: «Ya no hay dinero ni para hacerlos ni para comprarlos».
Sobre las revistas temáticas para adultos, estas han adoptado una estrategia publicitaria diferente: intentan atraer al público joven con sus famosos favoritos en portada, especialmente los que dan más de qué hablar. Estos volúmenes funcionan como piezas de coleccionismo o también de decoración; son un objeto físico simbólico para los fans.
Así, según explica el Kiosko Peregrina, una publicación como Forbes, que tiene un sector objetivo claramente marcado y que «nunca la compraría una persona de 20 años» , consigue llamar la atención de las nuevas generaciones mostrando a la cantante Bad Gyal en su lista '30 under 30', aunque esto consiga tráfico mayoritariamente en web.
«Semana sacó a Aitana, con Plex. Time, a Lamine Yamal. Lo que pasa es que quien nunca compra revistas, llega aquí y le dices que el precio son 10 euros y le cuesta comprarla. Después, las extranjeras, con Harry Styles por ejemplo; 20 euros», añaden.

Jesús, del Quiosco Ruinas de Santo Domingo / Rafa Vázquez
Este quiosco está en la calle de la Peregrina, una de las más céntricas, y este detalle ayuda: «Trabajé en otros quioscos y en esos a lo mejor se venden cuatro revistas y poco más, más bien chucherías… Depende de dónde estés situado», cuenta la actual gerente del local.
Habla de este negocio como un punto común en el barrio, a donde llega gente conocida ya no solo para llevarse el periódico del día o unos cromos para hijos y nietos; también para charlar un rato o comentar las novedades. A Pedro, en Macanía, muy próximo a la Peregrina, también le visitan amigos mientras está abierto. «Las distribuidoras nos presionan dejándonos márgenes muy escasos y hay otros negocios que también ofrecen prensa, y esto es una amenaza para nosotros, que tenemos ese papel de hacer vida de barrio, que nunca se comenta», revela Mari.
Los problemas más inmediatos que tiene un kiosko son la migración de los lectores a internet, como subraya Jesús del Quiosco Ruinas de Santo Domingo. Este local tiene una longevidad generacional, pues ya lo llevaba su padre, pero, si por él fuera «mañana ya no abriría». «Yo estoy para cerrar el negocio. Porque me retiene mi mujer, que si no...». Cuenta que en su día a día recibe muy pocos clientes, «como para quedarse dormido», y que aunque ahora siempre le sobran ejemplares, hace años le llegaban montones tan altos como una mesa y se vendían al completo.
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