«La transmisión más grande llega cuando toreas para ti mismo»
«En los tres segundos antes de la embestida, lo ideal es dejar la mente dormida para que actúe el alma»

Alejandro Talavante en la pasada edición de la feria taurina de Pontevedra. / Gustavo Santos
Detrás del capote de Alejandro Talavante siempre ha habido una incógnita: la de un torero de trazo impasible, imprevisto y profundamente genial que parece torear más para sus propios adentros que para la banda de música. Este matador que no responde al perfil habitual y en el que conviven el poso clásico, el atrevimiento improvisado y una búsqueda artística que roza lo obsesivo, volverá el próximo día 9 a la feria de Pontevedra, donde compartirá cartel con Roca Rey y Marco Pérez.
—¿En qué momento personal y taurino se encuentra?
—Es un momento muy bueno, una temporada bonita para mí. Volver a Pontevedra siempre es un privilegio. Es una de las ferias del verano que más me ilusionan por esa afición tan apasionada que tiene y por los recuerdos tan bonitos que me he llevado siempre de esa plaza.
—Se habla con frecuencia de la quietud del cuerpo del torero, pero poco del silencio mental necesario para aguantar la embestida de un animal de 500 kilos. ¿Qué pasa por su cabeza en esos tres segundos en los que el toro arranca?
—Lo ideal es que por la mente no pase nada. Que en ese instante no estés pensando demasiado para poder dejar la mente dormida y que sea el espíritu o el alma el que actúe.
—Ha conocido las dos caras del sistema: la cumbre absoluta y la decisión de parar, retirarse y poner distancia. ¿Qué se busca en la soledad cuando parece que ya se ha alcanzado todo?
—Buscar reencontrarte con la ilusión con la que de niño empezaste a soñar en esto. Conectar con esa esencia. Muchas veces, en la vorágine, el ritmo de la vida te termina alejando del porqué y del sueño original por el que quisiste ser torero. No tengo unos motivos realmente claros de por qué lo hice, pero supongo que fue por eso.
—Hay tardes en las que da la sensación de que torea para el público y otras en las que parece sumido en un monólogo interior, como si la plaza no existiera. ¿Se puede torear de verdad pensando en la grada?
—Es complicado. Yo creo que la transmisión más grande llega cuando uno hace las cosas para sí mismo, cuando lo que haces te gusta a ti. Creo que ese es el filtro o la medida en la que me apoyo siempre para tratar de llegar más lejos, más allá de buscar agradar o estar pendiente de lo de fuera.
—Siempre se ha vinculado su estilo a una improvisación casi milagrosa. ¿Cuánto hay de intuición en su toreo y cuánto de cálculo milimétrico?
—De intuición, yo creo que todo. Salgo al ruedo sin una faena preconcebida. Trato de ver salir al toro y, según van surgiendo las cosas, voy proponiendo mi tauromaquia. Lo que ocurre es que, dentro de la inspiración, hay movimientos que he repetido muchas veces y que he podido perfeccionar con el entrenamiento. Pero la inspiración surge mucho mejor cuando estás metido de lleno en la profesión.
—Cuando siente ese trazo natural, desmayado, profundo y templado... ¿se da cuenta en el mismo instante o lo comprende después, al ver las imágenes?
—Me doy cuenta en el momento. En ese instante soy plenamente consciente de que ha pasado algo especial.
—El riesgo del toreo no es solo físico, también es emocional, de sentir el vacío. ¿Se siente a veces el vértigo de no saber con qué sorprender en las tardes siguientes?
—Sí, sobre todo cuando cuajas una faena que ha alcanzado un nivel muy cercano a lo que tú deseabas. El vacío que te deja es muy grande. En ese momento deseas que la próxima corrida te dé un tiempo para asimilarlo, que no sea al día siguiente, porque los recuerdos de lo vivido se te imponen.
Me da mucha alegría saber que conservo la esencia natural que me ha acompañado siempre, desde que iba de niño a un tentadero hasta ahora que voy a una corrida
—¿En qué se parece el Talavante que viste hoy de luces a aquel joven que irrumpió con fuerza arrolladora en Madrid?
—La esencia es la misma, lógicamente con más experiencia, porque esta profesión la exige. Me da mucha alegría saber que conservo la esencia natural que me ha acompañado siempre, desde que iba de niño a un tentadero hasta ahora que voy a una corrida.
—Pero acumular cicatrices y pérdidas cambia la perspectiva. ¿Qué ha tenido que dejar en el camino para seguir siendo fiel a sí mismo?
—He tenido que dejar muchas cosas. Ser torero es algo muy sacrificado que exige una concentración máxima. Esa concentración hace que veas la vida de forma diferente. Lo que para otra persona es fundamental, como el ocio, para nosotros termina formándose dentro de la propia profesión.
—Permítame la expresión: los toreros son ancianos prematuros.
—Sí, es una profesión que te obliga a madurar muy temprano. Desde que entras siendo un niño es una escuela de vida. Te enseña a tratar con tu equipo, con tus compañeros, aunque exista competencia. Desde pequeño te enseña el respeto y el saber estar, y poder transmitir eso delante del toro es de lo más valioso que hay.
El fracaso deja noches en el infierno a las que uno nunca se acostumbra
—A menudo el aficionado olvida que detrás de la figura hay un hombre que se desviste de luces y regresa a la soledad del hotel. ¿Cómo es el reencuentro con uno mismo cuando se cierra la puerta tras una tarde dura?
—Soportar el fracaso... A eso uno nunca se acostumbra. Saber llevarlo es una de las condiciones indispensables para ser torero, porque hay días en los que no vas a tener suerte y vas a vivir una noche en el infierno, seguro.
—Si mañana tuviera que hacer el último paseíllo y pudiera elegir una sola estampa para ser recordado, ¿cuál sería?
—No sé... Quizás algún desplante en la plaza de toros de Madrid, con la plaza totalmente entregada después de una serie de naturales.
—Para terminar, entre corrida y compromiso, ¿le da tiempo a disfrutar de Pontevedra?
—Sí, alguna vez sí. Un poquito después de cenar hemos salido a tomar algo. Es una ciudad muy agradable, encantadora, y lo poquito que he podido conocer entre los compromisos de agosto me deja siempre un recuerdo maravilloso.
Suscríbete para seguir leyendo
- Ingresan los nuevos alumnos de la Escuela Naval Militar, listos para la fase de instrucción
- Fin a cinco años de batalla judicial de una familia viguesa con el Sergas: «Todo esto lo hice por la memoria de mi marido»
- La eurovisiva Pastora Soler pone fin a las Festas da Peregrina más calurosas en años
- Encalla un velero portugués entre las playas de Portocelo y Mogor en Marín
- El rock no se jubila, Miguel Ríos tampoco
- Os Palleiros defiende su actuación en el caso de la perra reclamada en Poio y anuncia acciones legales
- Dormir en Sanxenxo este fin de semana alcanza un coste de hasta 750 euros
- Más de 260 mesas de comidas privadas y de hostelería y 141 puestos esta Feira Franca