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El España-Argentina también se juega en Poio: el argentino que se enamoró del Pescamar
Santino Filippini comenzó a narrar los partidos del conjunto de Poio con 15 años, convirtió a las rojillas en su club y ahora sueña con tocar el bombo en A Seca

Santino Filippini, el argentino que fundó un Poio Pescamar en Buenos Aires. / FdV
Este domingo, mientras España y Argentina se juegan la final del Mundial, en Buenos Aires habrá un argentino con el corazón dividido solo a medias. Santino Filippini quiere que gane la Albiceleste —«no te voy a mentir»—, pero lleva seis años pendiente de un equipo pontevedrés que convirtió en suyo sin haber pisado nunca Galicia. Su camiseta no tiene el '10' de Messi: es roja, lleva el nombre del Poio Pescamar y resume una historia nacida durante el encierro de 2020.
Filippini tenía 15 años, estaba aburrido en casa y soñaba con ser periodista deportivo. Jugaba al Fifa, buscaba entrevistas y enviaba mensajes a futbolistas que casi nunca contestaban. Hasta que encontró a dos argentinas recién llegadas al Poio, Julia Paz Dupuy y Agostina Chiesa. Pensó que el fútbol sala femenino podía abrirle una puerta y, de paso, ayudarle a perder el miedo al micrófono.
Un flechazo durante la pandemia
Con un amigo y su profesor de Física y Química, comenzó a retransmitir los partidos del conjunto rojillo desde Argentina. No había acuerdo con el club, ni cabina, ni medios profesionales. Solo una pantalla, ganas y cuatro o cinco horas de diferencia. «Jugase a la hora que jugase, nosotros hacíamos la transmisión», recuerda.
Al principio etiquetaban al Poio Pescamar en las redes casi para avisar de que existían. Después llegaron los seguimientos de las jugadoras, los mensajes y las entrevistas. Lo que parecía un entretenimiento de pandemia fue tomando forma. Dejó de ser un chaval narrando un partido lejano y empezó a sentirse parte del ruido de A Seca.
El clic definitivo llegó pocos meses después, durante la Final Four de la Copa de la Reina. El Poio alcanzó la final y Filippini vivió la clasificación desde su casa como si estuviera pegado a la valla del pabellón.
«Conocer el Poio es uno de mis sueños. Quiero ver un partido en vivo, tocar el bombo o narrarlo en directo desde allí»
«Recuerdo perfectamente la emoción que sentí cuando consiguió el pase. Aunque no pudo ganar el título, el resultado pasó a un segundo plano», explica. Fue entonces cuando se dijo a sí mismo: «Este es mi club».
Antes de aquella final envió a Antía Pérez un vídeo para que lo compartiese con el vestuario. Era su manera de estar allí sin estar, de empujar desde una habitación situada a miles de kilómetros de Pontevedra.
Cuando terminó el confinamiento, compaginar las retransmisiones con su propio fútbol se volvió más difícil. Algunos sábados coincidían los horarios. También fueron marchándose las jugadoras con las que había hecho más amistad. Pero Filippini no cambió de escudo.
«Un amigo me preguntó si iba a seguir al equipo al que se fueran ellas. Le dije que no, que yo quería al Poio. Ya no podía transmitir a otro equipo con la misma pasión», relata.
Un Poio Pescamar en Buenos Aires
La historia dio otra vuelta en 2023, cuando se mudó desde Capitán Sarmiento a Buenos Aires. Con su hermano quiso montar un equipo de fútbol 8 y apareció la pregunta de siempre: cómo llamarlo. La respuesta le vino antes de meterse en la ducha.
«¿Y si le ponemos Poio Pescamar, por el Poio de España?», lanzó. Escribió al club, recibió el visto bueno y en septiembre de ese año nació el Poio Pescamar Argentina.

La plantilla del Poio Pescamar Argentina durante uno de los torneos disputados. / FdV
Desde entonces, el equipo ha perdido dos semifinales y una final. Lo cuenta sin drama, con esa mezcla de resignación y fe tan futbolera. Este año volverán a intentarlo. En la camiseta mantienen el nombre completo, el escudo y también el vínculo, ya que desde Galicia le enviaron una elástica y una bufanda, pequeños tesoros para alguien que nunca ha estado en España.
Filippini también cumplió su otro sueño. Se graduó como periodista en diciembre y trabaja los fines de semana cubriendo la actividad de un club local. Además, colabora en un medio dedicado a River Plate, su equipo, donde participa en retransmisiones y programas en directo.
Mantiene el contacto con Luis López-Tulla, técnico del Poio, al que escribe sobre todo después de las derrotas. «Cuando gana no me gusta figurar tanto; cuando pierde le mando un mensaje para animar», explica. También habla de vez en cuando con otras personas del club y sigue cada movimiento de la plantilla desde la distancia.
El sueño de conocer A Seca
Su gran cuenta pendiente es viajar a Galicia, entrar en A Seca y comprobar si el bombo suena como lleva años imaginando. «Conocer el Poio es uno de mis sueños. Quiero ver un partido en vivo, tocar el bombo o narrarlo en directo desde allí», admite.
No hay un abuelo gallego ni una historia familiar detrás de su vínculo con el municipio pontevedrés. Solo dos jugadoras argentinas, una conexión a internet y un flechazo deportivo que terminó cruzando el Atlántico.
La final del Mundial entre España y Argentina pondrá a prueba este domingo su lealtad más inmediata. Filippini irá con Messi y la Albiceleste, pero en Poio ya saben que, pase lo que pase, hay un argentino que seguirá celebrando los goles rojillos como si hubiese crecido en las gradas de A Seca.
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