«El cambio más grande lo ha dado la sociedad, y el toreo, lógicamente, evoluciona con ella»
El diestro riojano debutará el próximo 8 de agosto en el coso de Pontevedra frente a los astados de Alcurrucén

El torero Diego Urdiales. / Miguel Pérez-Aradros
Empieza a respirarse en las calles el runrún de la miniferia de Pontevedra, en la que debutará Diego Urdiales (Arnedo, 1975) un diestro de culto que, tras décadas de maduración en los patios de cuadrillas más exigentes, pisará por primera vez el coso de San Roque el próximo 8 de agosto frente a los astados de Alcurrucén. Sus muchos incondicionales recuerdan que su toreo, forjado en la paciencia y el clasicismo, mide los tiempos lejos de la velocidad que hoy lo contagia todo.
—¿Qué emoción se experimenta a unos días del debut?
—Mucha ilusión. Debutar en una feria tan bonita y tan especial como Pontevedra y en una tierra tan singular es algo que te llena. No cabe duda de que voy con el deseo profundo de poder vivir una bonita tarde y de que mi toreo sirva para que la afición disfrute de la feria.
—¿Es la primera vez que está en la plaza o la ha visitado con anterioridad?
—Sí, hace unas semanas estuve allí de visita. Era la primera vez que la pisaba.
—¿Qué imágenes o qué ecos le habían llegado de la plaza de San Roque y de su afición antes de pisar ese ruedo por primera vez vestido de luces?
—Las referencias son inmejorables. Es una afición muy cariñosa con los toreros, algo que se agradece y que es fundamental para nosotros. Tanto los amigos que han tenido la suerte de disfrutar de la feria como los propios compañeros de luces me han hablado maravillas de Pontevedra.
—¿Cómo surgió su vocación? ¿Viene de la infancia, es un asunto familiar o brotó de manera espontánea?
—En mi familia no hay antecedentes profesionales, sí que son buenos aficionados, pero nadie se había vestido de torero. Lo mío fue una llama que me llamó la atención desde que era un niño. Me despertó una curiosidad enorme, algo que me empujaba por dentro y que empezó a moverse en mi interior. Es lo que le pasa a casi todo el mundo cuando descubre una afición que te llama desde lo más profundo. Empecé muy crío y hasta ahora.
En mi familia no hay antecedentes profesionales, sí que son buenos aficionados, pero nadie se había vestido de torero. Lo mío fue una llama que me llamó la atención desde que era un niño. Me despertó una curiosidad enorme, algo que me empujaba por dentro
—Usted empezó a torear sin caballos en el año 1990. ¿Cómo ha cambiado el toreo desde ese momento hasta la actualidad?
—Ha cambiado, claro. Pero quizás el cambio más grande lo ha dado la sociedad, y el toreo, lógicamente, evoluciona con ella. Todo avanza, y la forma de expresarse de los públicos hoy es diferente. Antes la gente vivía las cosas con otra tranquilidad; no había tanta información ni tantas redes sociales. Ahora las mentes están muy ocupadas, todo va a una velocidad tremenda, con mucha rapidez. Quizás sea ahí donde más se nota el cambio.
—El toreo requiere años de cicatrices y de búsqueda interior. ¿Qué le da el Diego Urdiales de hoy al toro que no podía darle hace dos décadas?
—Experiencia, mucha experiencia. Evidentemente, cuando acumulas años de oficio y posees un conocimiento más profundo del toreo, logras entrar más dentro de ese interior tuyo. Al final, esa es mi mayor preocupación: el poder expresar lo que llevo dentro, sentir yo mismo y hacer sentir a la gente para que se pueda emocionar. Con el paso del tiempo, al tener más conocimiento, ese caudal interior aflora muchas más veces en el ruedo.
—Varios compañeros de escalafón apuntan siempre al sentimiento de su concepto. ¿Esa bendición de los colegas es un bálsamo o una responsabilidad que pesa demasiado?
—Es un orgullo y un agradecimiento enorme. Que tus propios compañeros hablen cosas tan hermosas de tu forma de interpretar el toreo es algo que llena a cualquiera. Por mi parte, solo puedo mostrarles una gratitud inmensa.
Es difícil hablar de uno mismo, pero creo que soy un torero clásico. Un torero que procura hacer las cosas lo más despacio posible, con el mayor sentimiento y, bueno, buscando siempre en mi interior más que el simple resultado numérico
—¿Cómo definiría el toreo de Diego Urdiales?
—Es difícil hablar de uno mismo, pero creo que soy un torero clásico. Un torero que procura hacer las cosas lo más despacio posible, con el mayor sentimiento y, bueno, buscando siempre en mi interior más que el simple resultado numérico.

Remate del diestro riojano. / FdV
—Me decía el maestro César Rincón que cuando llegaba a la plaza de camino al patio de cuadrillas siempre sentía la tentación de decirle al chófer: «Siga para adelante, no pare». ¿Qué piensa usted en esos momentos de máxima tensión?
—Bueno, supongo que a todos nos pasa algún día en el que te encuentras peor o más presionado. Pero cuando ya estás ahí, lo que intentas es centrarte únicamente en todo lo que va a salir por los chiqueros y en todo lo que llevas dentro para ofrecerlo. Es verdad que estás muy responsabilizado, lógicamente, pero buscas tener la mente lo más despierta y despejada posible. Hay que estar lúcido para pensar en las condiciones del toro y poder llegar a ese sentimiento profundo del que hablábamos. El toreo es un arte único: un animal imponente que acomete, que ataca, y uno mismo, con una tela, es capaz de dominarlo y, a la vez, de crear belleza. Es algo mágico, y lo que buscas al vestirte de luces es alcanzar ese momento.
El toreo es un arte único: un animal imponente que acomete, que ataca, y uno mismo, con una tela, es capaz de dominarlo y, a la vez, de crear belleza. Es algo mágico
—¿Qué hace cuando no torea?
—Estar con la familia e intentar estar tranquilo. No me gustan nada los agobios. Busco siempre intentar estar en paz, algo que no siempre es fácil en la vida pero que es el estado en el que más me gusta habitar.
—A las puertas de que se abran los cerrojos de San Roque, ¿qué mensaje le gustaría transmitir a la afición gallega?
—Le deseo a toda la afición que vaya con mucha ilusión a la plaza, porque la de Pontevedra es una feria extraordinaria. El deseo de todos los toreros que vamos a trenzar el paseíllo es darlo todo y estar a la altura de las circunstancias y de lo que una afición como esta merece.
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