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La zapatería Pedestal de Pontevedra celebra ocho décadas de historia y resistencia comercial

Desde su apertura en el año 1944, ha vestido los pies de varias generaciones, convirtiéndose en un referente

Charo Castro, que compagina su profesión de procuradora con las tardes y los sábados en la zapatería Pedestal.

Charo Castro, que compagina su profesión de procuradora con las tardes y los sábados en la zapatería Pedestal. / Gustavo Santos / FDV

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El olor a cuero limpio y el murmullo de los pasos sobre el pavimento de la calle Oliva son el decorado de fondo que ha acompañado a generaciones de pontevedreses. Si uno se detiene ante el escaparate de la zapatería Pedestal, no solo ve inglesitos de un impecable verde agua o diminutos zapatos de ceremonia; lo que realmente revela es la crónica viva del comercio local de la Boa Vila, una resistencia que cumple ocho décadas.

La historia comenzó a escribirse en las Navidades de la posguerra, hacia 1944. Por aquel entonces, Enrique Castro Montoya, un maestro de vocación que el destino desvió de las aulas, decidió abrir un pequeño negocio estando aún soltero. No era la tienda que hoy conocemos, sino algo mucho más de la época: un mostrador que ocupaba el portal de una vieja casa en este mismo número de la Oliva, un espacio de techos altos por el que los vecinos, incluido el entonces director de la Caja de Ahorros, subían hacia sus viviendas.

Aquella estampa de comercios que daban acceso directo a los hogares configuraba el latido de una Pontevedra donde todo se conocía. En 1945, Enrique contrajo matrimonio con Cecilia Cabezas, también maestra que nunca llegó a ejercer. Ella se incorporó de inmediato al negocio familiar, convirtiéndose en el alma de un mostrador que vio crecer a la ciudad.

En aquellos primeros años, Pedestal vestía los pies de señoras, caballeros y niños. Sin embargo, el año 1961 marcó un antes y un después en la fisonomía de la calle con la apertura de las emblemáticas galerías comerciales. Fue en ese momento cuando la familia tomó una decisión estratégica que definiría su futuro: especializarse exclusivamente en el calzado infantil.

El año 1961 marcó un antes y un después en la fisonomía de la calle con la apertura de las emblemáticas galerías comerciales. Fue en ese momento cuando la familia tomó una decisión estratégica que definiría su futuro: especializarse exclusivamente en el calzado infantil

Hoy, la segunda generación sostiene el timón con una mezcla de orgullo y tremendo esfuerzo. Charo Castro, que compagina su profesión de procuradora con las tardes y los sábados en la tienda, reconoce que el camino no es sencillo. De los cuatro hermanos de la familia, ninguno planeaba en principio dedicarse al comercio. Sin embargo, tras el fallecimiento de la madre, el peso de los recuerdos y la lealtad hacia las empleadas de toda la vida —esas que también forman parte del paisaje de la tienda— pesaron más que el deseo de echar el cierre. Charo y su hermano mayor, Enrique —hoy profesor jubilado que se deja caer por allí con la nostalgia del que ha visto pasar la vida entre cajas de zapatos—, formaron una Comunidad de Bienes para mantener el negocio a flote.

Mantener la persiana arriba en pleno 2026 es un desafío diario cuando los costes de los alquileres tradicionales, incluso con rentas actualizadas desde hace años, suponen una losa importante. La clave de la supervivencia de Pedestal reside en una especialización casi quirúrgica y en la calidad innegociable. En sus estanterías convive el calzado respetuoso, tan demandado hoy en día por su diseño adaptado a la horma natural del pie de los más pequeños, con zapatos de comunión, ceremonias o los modelos tradicionales de gallega que durante décadas vistieron el folklore local.

Pontevedra. Propietaria de la tienda de calzados para niños Pedestal, zapatería que cumple 80 años de actividad comercial

Charo Castro y su hermano formaron una Comunidad de Bienes para mantener el negocio a flote. / Gustavo Santos / FDV

Ese mismo escaparate albergó durante años el objeto de deseo de miles de niñas de la ciudad: unos preciosos zapatitos de tacón con lunares. Eran los zapatos de andaluza, un modelo magnético que se convirtió en el sueño de varias generaciones de pequeñas que se pegaban al cristal, fascinadas, anhelando calzar aquella fantasía de lunares y taconcillo.

La fidelidad al comercio tradicional de la Oliva ha roto fronteras: clientes que veranean en las Rías Baixas se llevan el calzado para todo el año a Madrid, y las peticiones por correo viajan regularmente hacia Venezuela o Estados Unidos

La mayor recompensa para los Castro se mide en realidad en los afectos que cruzan el umbral de su puerta. Hay orgullo cuando Charo relata cómo la clientela actual ya pertenece a la tercera y cuarta generación de las mismas familias. No es raro ver entrar a abuelas que recuerdan haber sido calzadas allí por don Enrique y doña Cecilia, acompañando ahora a sus nietos. La fidelidad al comercio tradicional de la Oliva ha roto fronteras: clientes que veranean en las Rías Baixas se llevan el calzado para todo el año a Madrid, y las peticiones por correo viajan regularmente hacia Venezuela o Estados Unidos.

Aquel temor juvenil de Charo, a quien le horrorizaba la idea de quedarse al frente del comercio cuando sus padres viajaban, se ha transformado con los años en una profunda vocación. Entre cajas de zapatos y el trato cercano con los niños, Pedestal sigue demostrando que hay comercios que no son solo lugares de intercambio, sino también raíces sobre las que se asienta la memoria de la Boa Vila.

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