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Entrevista | Celestino García Braña Arquitecto

«El reconocimiento a una central hidroeléctrica es tan importante como el de una catedral gótica»

«La vivienda no puede mercantilizarse, como no puede mercantilizarse el agua o la energía», señala el arquitecto, reciente Premio de la Unión Profesional de Galicia

El arquitecto Celestino García Braña.

El arquitecto Celestino García Braña. / Victor Echave

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Pontevedra

El reconocimiento que la Unión Profesional de Galicia acaba de entregar a Celestino García Braña en Santiago pone sobre el papel lo que el paisaje y las piedras gallegas llevan décadas manifestando. El arquitecto asturiano, afincado en Pontevedra y con el número 117 de colegiado en su haber, representa esa estirpe de profesionales que entienden el territorio no como un lienzo en blanco para el ego del creador, sino como un palimpsesto donde cada época debe dialogar con la anterior de manera silenciosa, casi pidiendo permiso.

Nació en Mieres, se formó en la exigente Escuela de Madrid, pero toda su vida y su obra han arraigado en Galicia. ¿Qué descubrió un asturiano en la luz de Pontevedra y en la tierra gallega para convertir este territorio en su vocación?

Bueno, pues una serie de circunstancias, como suele hacer la vida, que nos mueve y nos lleva; a mí me condujo hasta aquí. Esto me lleva a un primer comentario, y es que queriendo mucho a Asturias —porque he tenido ocasión de vivirla en mi niñez, no mucho, pero sí lo suficiente—, al final me he quedado aquí. Lo cual quiere decir que Galicia ha superado mi cariño inicial por lo que me ha aportado. Jamás me he arrepentido de haber desarrollado mi vida aquí.

Muchos de sus proyectos más premiados están vinculados al Camino de Santiago. Cuando se interviene en una ruta milenaria, donde el usuario es un caminante fatigado, ¿se diseña pensando más en la estética del paisaje o en la escala humana del cansancio?

Son inseparables. La arquitectura es un fenómeno total y atiende, sin duda ninguna, al paisaje, pero también a todas aquellas circunstancias vitales que tiene la vida del peregrino y, al mismo tiempo, al momento histórico en el que se vive. El Camino de Santiago efectivamente es milenario y, naturalmente, no siempre se ha vivido ni se ha sentido de la misma manera. ¿Por qué digo esto? Porque siendo un camino milenario, también vive en la modernidad. Y esto nos lleva a una pregunta muy importante que debemos hacernos: ¿A qué momento respondemos? Mi arquitectura ha tratado de responder, por un lado, a esa milenariedad, pero también al momento en el que estamos. Un tiempo que tiene una arquitectura que, en buena medida, deriva de la Revolución Industrial; por lo tanto, que atiende a una eficacia, a unos materiales. Por eso en todos los albergues, en los cuatro que he tenido la fortuna de realizar, hay un intento de ligazón al paisaje —en todos ellos es evidente, por lo menos ha sido un intento, otra cosa es si se ha logrado o no—, pero también una respuesta a las condiciones constructivas de nuestro momento. En Triacastela la presencia de los perfiles metálicos tiene un sentido muy claro. En Ribadiso las maderas laminadas juegan un papel fundamental. Otro tanto ocurre en Bendoiro. Ese intento de responder a todo esto es lo que he buscado.

En 1994 formó parte del equipo pionero que ordenó el entorno de la playa de A Lanzada. Hoy, cuando la presión turística y el cambio climático amenazan nuestro litoral, ¿cree que hemos aprendido la lección de aquel urbanismo respetuoso o seguimos agrediendo a la costa?

Yo creo que las respuestas no son tajantes. En algunos momentos esa sensibilidad tiene lugar, se dan las respuestas adecuadas y, en otros casos, digamos que la presión ocupacional y la movilidad introducen inconvenientes que no son fáciles de justificar. En el trabajo de A Lanzada hemos tratado, porque éramos un equipo de varias personas, de dar una respuesta a algo que ni siquiera se planteaba en un principio. Cuando el Ministerio de Obras Públicas de aquel momento me hizo el encargo, para nada figuraba el cambio del trazado de la carretera. Después de muchas discusiones conseguimos convencerlos de que, si no modificábamos el trazado de la carretera, estábamos haciendo un mal servicio y no resolveríamos el problema; al contrario, lo agudizaríamos. Por lo tanto, lo primero que se hizo fue cambiar el trazado. La carretera iba por encima, justo debajo de lo que hoy es el paseo peatonal de madera. Continuar por ese camino era un disparate. Cambiando la carretera de modo que se hacía llegar a la general que va desde Sanxenxo a O Grove, dábamos una respuesta, la principal, que era conservar el borde del mar. Después vino la regeneración de la playa, las plantaciones adecuadas... Todo ello ha dado como resultado una solución a la que se llegó y que, después de casi treinta años, me parece que es razonablemente satisfactoria.

Un trabajador habitual dedica ocho horas a su trabajo; un arquitecto no para. La cantidad de horas que se emplean a cualquier hora del día, a altas horas de la madrugada, solamente por el entusiasmo de hacer bien las cosas, a mí me reconforta y me satisface

Pensando en su obra en el Museo de Pontevedra o en la histórica plaza do Peirao, ¿cuál es el secreto para que un edificio del siglo XXI dialogue con la historia sin caer en el pastiche nostálgico ni en la provocación?

Es una pregunta estupenda y la respuesta tiene mucho de apasionante, porque se trata de comprender la complejidad de las circunstancias que concurren cuando se interviene en el patrimonio del pasado. ¿Cuál es esa complejidad? Que hay que ser fieles a dos realidades. La primera, que se trata de un bien patrimonial, de edificios que han atravesado la historia. Y eso es muy importante porque constituye nuestra memoria, ese acervo de experiencias que nos hace pensar como pensamos. Por un lado eso, pero por otro hay otra demanda: la arquitectura es construcción, es materialidad, y también es crear belleza y ensanchar, por decirlo de una manera un poco rimbombante, el espíritu del hombre. Y eso no se puede hacer encerrándonos en el pasado. Eso solo se puede hacer si la variable 'presente' entra en el proyecto arquitectónico. Por lo tanto, todo lo que configura nuestro presente es tan importante como lo que configura nuestro pasado. La arquitectura se mueve, yo diría que un poco misteriosamente, entre esas dos instancias, entre esas dos demandas. Y es a través de un acto creativo cómo se logra responder a esas dos solicitudes que aparentemente son contradictorias; respuestas a dos demandas que se mueven en planos históricos muy diferenciados. Por eso tiene mucho de creación. ¿Cómo se logra? Estudiando muy bien las circunstancias funcionales, pero también poniendo a dialogar materiales diferentes, y no cualquiera. Hay materiales modernos que son capaces de dialogar más fácilmente que otros con materiales del pasado. Se trata de texturas, de calidades... un ejercicio apasionante que no es fácil de explicar. No sé si consigo transmitir la complejidad.

Como expresidente de la Fundación DOCOMOMO Ibérico ha defendido con ahínco la arquitectura del Movimiento Moderno. A menudo el gran público valora el patrimonio medieval o barroco, pero le cuesta asimilar el hormigón. ¿Por qué nos cuesta tanto proteger la belleza de la modernidad?

Yo casi me permito corregir un poco la pregunta. Diría que nos costaba tanto defender la modernidad. Digo esto porque creo que en estos años han cambiado bastante las cosas. No hace mucho, digamos cuarenta años, casi ningún libro de historia del arte en la enseñanza secundaria pasaba del siglo XIX y no había ninguna referencia a edificios más modernos. Bueno, esto ha cambiado. ¿Por qué? Yo diría que por la labor de algunas instituciones, en este caso de DOCOMOMO Ibérico, que se han empeñado en reconocer el valor de la modernidad, como muchos también nos empeñamos en reconocer el valor del gótico, del románico, del renacimiento o del barroco. En segundo lugar, porque es la expresión de nuestro tiempo. Nuestro tiempo no es el del siglo XIX ni el del siglo XII; nuestro tiempo es el del siglo XXI y eso tiene una demanda, una atención, porque es nuestra propia realidad. Lo que pasa es que la educación que hemos recibido, ese estado de opinión generalizado, hace que veneremos las piedras del pasado, lo cual está muy bien, pero a veces nos lleva a olvidar los valores de nuestro presente. Yo diría, o digo, que en estos momentos el reconocimiento a una central hidroeléctrica es tan importante como el que tiene una catedral gótica. Y mantengo los términos aparentemente radicales de lo que estoy diciendo, porque ambas son portadoras de valores muy similares. Lo que pasa es que se producen en diferentes tiempos. Y no podemos permitirnos perder toda la belleza y toda la singularidad de la buena arquitectura del Movimiento Moderno.

Yo recuerdo en los años setenta, por ejemplo, las enormes discusiones sobre los cascos históricos de las ciudades. Cómo fue necesario empeñarse en su defensa... ¿Pero sabe quién tiene los problemas ahora? Los que no tienen un casco histórico

Fue decano del COAG entre 2005 y 2011, años muy convulsos marcados por el estallido de la burbuja inmobiliaria. ¿En qué medida aquella crisis limpió los excesos del ladrillo y en qué medida precarizó el talento de las jóvenes generaciones que usted formó?

Empiezo por la segunda: lo precarizó todo. El mecanismo de funcionamiento de nuestra profesión antes del año 2007 y el que se da ahora es radicalmente diferente. Hoy los jóvenes arquitectos padecen las mismas circunstancias que los trabajadores de otras áreas. Quiero decir, un arquitecto hoy puede tener ocupado todo su día y, sin embargo, tener un reconocimiento económico mínimo. Y eso hay que pagarlo. Lo que estamos pagando, en alguna medida, es esta falta de capacidad distributiva, porque lleva al desánimo, lleva a una enorme precarización y, por lo tanto, conduce a una peor arquitectura. Pero tengo que decir que el espíritu y la constancia de estos jóvenes arquitectos es capaz de mantener la calidad arquitectónica, incluso más. El esfuerzo de estos jóvenes profesionales, salidos en buena medida de la Escuela de Arquitectura de A Coruña, demuestra algo permanente: que el ejercicio de la arquitectura es vocacional. Es algo que se hace porque no tiene pago posible. Un trabajador habitual dedica ocho horas a su trabajo; un arquitecto no para. La cantidad de horas que se emplean a cualquier hora del día, a altas horas de la madrugada, solamente por el entusiasmo de hacer bien las cosas, a mí me reconforta y me satisface.

¿Y respecto a si la crisis limpió los excesos del ladrillo?

Bueno, yo creo que no. No, no. Simplemente interrumpió aquella marcha desaforada, pero ya estamos viendo cuáles son los planteamientos que se están haciendo en el presente y cómo, de alguna manera, los problemas y algunas de las opiniones que en aquel momento surgieron vuelven a aparecer ahora con nidez. El tema del ladrillo tiene mucho que ver con el negocio —legítimo, no estoy yendo en contra de eso—, pero tiene que ver mucho con las rentabilidades inmediatas. Se valoran las economías en función de lo inmediato y no a largo plazo. ¿Cuántas veces hemos reclamado la calidad de la arquitectura? A la postre, en el transcurso de muy pocos años, una buena calidad ahorra muchos recambios, muchas horas de reparación... Impugno que se esté volviendo a pensar en una eficacia de lo inmediato que me asusta.

«Conservar el patrimonio es una fuente de riqueza, aparte también de crecimiento espiritual»

Viendo cómo se tensionan nuestras ciudades, ¿cómo analiza el problema actual de la vivienda?

Es una pregunta general, pero yo tengo la impresión de que hay que verla sobre todo desde un dramatismo verdaderamente apabullante. Absolutamente apabullante. Quizás son los años, obviamente, pero yo no me imagino lo que puede ser la vida de alguien que quiere llegar a acceder a una vivienda, algo absolutamente necesario. Vuelvo a recurrir al tema de que está reconocida por necesidad por parte de la Constitución y que realmente está muy lejos. Es verdaderamente dramático. Yo recuerdo mis años jóvenes en que con muy poco dinero conseguíamos satisfacer esa necesidad; hoy es imposible. Es un dramatismo feroz, no me imagino angustias más difíciles de superar. Creo que nuestra sociedad no es suficientemente sensible a este problema. La vivienda no puede mercantilizarse, como no puede mercantilizarse el agua, como no pueden mercantilizarse las fuentes energéticas. Esto es de un dramatismo feroz y está llevando a un desánimo terrible, a pensar que no hay solución, a un «sálvese quien pueda», a ver si la familia consigue ayudar... Es un tema evidente.

En el transcurso de muy pocos años, una buena calidad en la arquitectura ahorra muchos recambios, muchas horas de reparación... Impugno que se esté volviendo a pensar en una eficacia de lo inmediato que me asusta

Como vicepresidente de la Real Academia Galega de Belas Artes, ¿qué balance hace de la evolución de nuestros cascos históricos?

Nuestros años recientes demuestran una mayor atención al tema del patrimonio. Yo recuerdo en los años setenta, por ejemplo, las enormes discusiones sobre los cascos históricos de las ciudades. Cómo fue necesario empeñarse en su defensa. Y cómo surgieron, al mismo tiempo, debates muy parecidos porque, frente al economismo que suponía construir en cualquier sitio, destruyendo lo que fuera necesario en aras de una rentabilidad, el empeño por resistir para que eso no fuera así y por situar la defensa del patrimonio en sus justos términos ha demostrado ser valioso. En algún texto he escrito que a principios o mediados de los setenta —y hablo de Santiago, de Pontevedra o de Ferrol— las ciudades que tenían un casco histórico tenían un problema. ¿Pero sabe quién tiene los problemas ahora? Los que no tienen un casco histórico. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque no tienen acceso a las rentabilidades que aporta el turismo. Es decir, tenemos que mirar más allá de la rentabilidad inmediata. Esa es una buena lección de los trabajos que no se fijan en lo inmediato, sino que tienen en mente el largo plazo, aparte, claro está, de la preservación de la cultura. Esta idea es rentable en términos urbanísticos, en términos de ciudad y en términos arquitectónicos. Conservar el patrimonio es una fuente de riqueza, aparte también de crecimiento espiritual.

Finalmente, si tuviera que elegir un solo rincón, una sola estancia diseñada por usted donde se reconozca por completo y donde decida que valió la pena aquel viaje inicial desde Mieres, ¿cuál escogería?

Bueno, me gustaría citar un trabajo civil. Últimamente lo he visitado y he recibido los agradecimientos de sus propietarios: la sede del Colegio de Arquitectos Técnicos de Pontevedra, en la Enfesta San Telmo. Con esa obra me encuentro muy satisfecho.

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