Laneras Cascabeleras: la asociación que teje comunidad y amistades a golpe de aguja
El colectivo organiza cada año el 'Tejemarín' para celebrar el Día Mundial de Tejer en Público
El movimiento agrupa a unas 120 integrantes que reivindican la artesanía y la unión comunitaria

Rafa Vázquez
El repique de las agujas ya no es un sonido confinado al calor de la cocina de hierro donde las abuelas zurcían el frío del invierno. Hoy, ese runrún acompasado ha tomado la calle y se ha convertido en un murmullo colectivo, en una marea que llena plazas y teje complicidades a plena luz del día. Lo que empezó como un salvavidas de hilos y WhatsApp en los días más grises del confinamiento es hoy una realidad vibrante: la asociación Laneras Cascabeleras, un colectivo que ha logrado sentar a la misma mesa a 120 almas unidas por el ganchillo, el punto y las ganas de compartir la vida.
Al frente de esta singular familia tejedora está Mari Carmen Graña Solla, a quien todos conocen simplemente como Mela. Es la fundadora, presidenta y, sobre todo, el motor de un movimiento que nació en pleno COVID-19, cuando el aislamiento amenazaba con congelar los lazos sociales. Mela tenía entonces un grupo de alumnas cuyas labores se quedaron a medias por culpa de la pandemia.
En un momento en que la gente tenía «poco que hacer y demasiado en qué pensar», recuerda, decidió tender puentes de lana. Las mantuvo en contacto, les enviaba instrucciones y organizaba actividades conjuntas a través de WhatsApp y Zoom. Lo que comenzó como un entretenimiento para mantener las manos ocupadas y la mente despejada fue creciendo de forma orgánica hasta convertirse en la gran red que es hoy, con vecinas de Marín, Pontevedra, Seixo, Barro e incluso Huelva.

Tejer entrena la motricidad fina y es un bálsamo contra el estrés. / Rafa Vázquez / FDV
El punto álgido de esta comunidad se vive cada año en torno al 12 de junio, con motivo del Día Mundial de Tejer en Público. Es una fecha que funciona como un guiño cómplice a aquellas mujeres de antaño —y hoy, afortunadamente, cada vez a más hombres— que salían a la calle a tejer juntas, transformando una necesidad económica en un acto lúdico y social. Para conmemorarlo, la Alameda Rosalía de Castro de Marín se transforma, gracias a la colaboración del Concello, en el epicentro de una fiesta que dura todo el día y que las asociadas bautizan con orgullo como el «Tejemarín».
El punto álgido de esta comunidad se vive cada año en torno al 12 de junio, con motivo del Día Mundial de Tejer en Público. Es una fecha que funciona como un guiño cómplice a aquellas mujeres de antaño —y hoy, afortunadamente, cada vez a más hombres— que salían a la calle a tejer juntas
Desde las diez de la mañana, los bancos y las mesas de la Alameda se inundan de ovillos de todos los colores imaginables. Artesanos de toda la zona despliegan sus puestos de manualidades mientras se imparten talleres gratuitos de punto, ganchillo y amigurumi, el laborioso arte de crear muñecos con aguja. Este año, con el mar como hilo conductor, los más pequeños de la casa se estrenaron con las lanas dando forma a un vistoso pulpo. Tras una sesión vermú donde la gaita de Tony fusionó el folclore con ritmos actuales, la tarde dio paso al verdadero corazón del encuentro: el momento de sentarse, sacar la labor de la bolsa y arreglar el mundo puntada a puntada.

Las integrantes de la asociación intercambian patrones, puntos, trucos... Y complicidad. / Rafa Vázquez / FDV
Porque en este colectivo tienen claro que el beneficio de su arte va mucho más allá de la prenda terminada. El tejer activa la psicomotricidad fina, se revela como un entrenamiento fantástico para la memoria y funciona como un bálsamo contra la velocidad del día a día. «No solo se teje, se tejen hilos, se tejen amistades, se tejen conocimientos», explica Mela con la convicción de quien ve cómo las barreras generacionales se diluyen entre hilos.
«No solo se teje, se tejen hilos, se tejen amistades, se tejen conocimientos», explica Mela, impulsora del colectivo

La asociación cuenta hoy con 120 entusiastas de la artesanía. / Rafa Vázquez / FDV
La apoteosis de la jornada llega con el desfile de fin de curso, una pasarela sin complejos donde las tejedoras y tejedores muestran con orgullo las prendas confeccionadas durante el año. Da igual ir con bastón o con paso firme; el entusiasmo es el mismo. Un jurado se encarga de coronar a la más simpática o al mejor modelo, en una explosión de autoestima que precede a una merienda colectiva regada con el apoyo de las panaderías y pastelerías locales.
Este año, la cita contó además con un aliado excepcional: el creador Bray Silva, conocido en redes como Pirográfica. Este joven carpintero y albañil aceptó el reto lanzado por Mela y fabricó una espectacular obilladora de madera, una pieza tradicional que reivindica el valor de lo hecho a mano. Es el reflejo de una tendencia que no deja de crecer. Lejos de ser una reliquia del pasado, el tejido vive una segunda juventud, impulsado por gente joven y por las grandes firmas de moda que miran de reojo hacia la artesanía pura. En la Alameda de Marín, mientras caía la tarde y se sorteaban los últimos regalos, quedó demostrado que la lana de Laneras Cascabeleras no solo abriga el cuerpo, sino que es el pegamento idóneo para unir a una comunidad entera.
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