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Pontevedra recupera doce imágenes en el Corpus tras más de 30 años

San Antonio Abad —una de las mejores tallas barrocas de la iglesia de San Bartolomé, esculpida por la mano maestra de Silveira— y Santa Lucía vuelven a la procesión

El desfile estrena formato y concluirá en la plaza de A Peregrina

Pontevedra recupera doce imágenes en el Corpus tras más de 30 años

Rafa Vázquez

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Pontevedra

El olor a mirto picado y a flores todavía flota en el aire de la mañana, aplastado contra las piedras seculares de la zona vieja por un sol de junio que empieza a apretar. En Pontevedra, el domingo de Corpus sabe a liturgia y a ese silencio que precede al estruendo de las gaitas. Lo que en estos momentos recorre las calles del casco histórico es el eco de un reencuentro que la ciudad aguardaba desde hacía más de tres décadas, en una de las celebraciones más antiguas de Galicia.

El latido de la procesión lo marcan los pies cansados pero firmes de los integrantes de la compañía de Amigos do Corpus Vello, las cofradías y los jóvenes del equipo de rugby local, convertidos hoy en los brazos imprescindibles de una logística titánica. La Cruz de Flores abre la marcha que estrena formato (finalizará con un oficio religioso en A Peregrina) y donde se alinean, por primera vez en más de 30 años, doce imágenes sagradas.

«Este año es bastante histórico porque hemos llegado a conseguir sacar a la calle a doce santos, algo que no se veía desde hace décadas», relata con la voz tomada por la emoción y el esfuerzo el arqueólogo Mateo Fontán. El gran hito de esta edición descansa sobre los hombros de quienes custodian las dos grandes novedades: San Antonio Abad —una de las mejores tallas barrocas de la iglesia de San Bartolomé, esculpida por la mano maestra de Silveira— y Santa Lucía. Ambas imágenes permanecían en penumbra, retiradas del desfile litúrgico desde principios de los años noventa. Su regreso no es solo un acto de fe, sino una victoria del patrimonio local.

El historiador y secretario de la Junta Coordinadora de Cofradías, José Luis Ageitos, corrobora la magnitud de un despliegue que ha movilizado a más de noventa personas solo para el cortejo: «No es solo sacar a los santos, es recuperar sus atributos». Este año, la luz de Pontevedra arranca destellos dorados a piezas que parecían perdidas en los inventarios parroquiales o custodiadas entre los muros del Museo de Pontevedra. Cuatro imponentes pendones —los de San Antonio Abad, Santa Lucía, Santa Catalina y la Virgen Blanca— vuelven a ondear al viento, escoltados por los cetros recuperados de San Antonio, Santa Lucía y San Nicolás, a la espera de que su imagen también pueda procesionar en el futuro.

La banda sonora es un rescate histórico de partituras vinculadas al Corpus pontevedrés que llevaban siglos mudas

El avance del cortejo es una coreografía de siglos. San Telmo y San Miguel avanzan flanqueados por los integrantes del Gremio de Mareantes, herederos legítimos de la tradición marítima de la villa. Los siguen San Roque, San Mauro, San Cristóbal, San Julián, San Sebastián y la restaurada Santa Catalina, que luce con orgullo su recuperado bonete. Tras ellos, la Virgen Blanca precede la custodia del Santísimo y de las autoridades locales, escoltadas por la guardia de gala de la Policía Local.

A su vez, la banda sonora es un rescate histórico de partituras vinculadas al Corpus pontevedrés que llevaban siglos mudas. Agrupaciones como Os Alegres, Os Dalgures, Os Lerenses o Picuiña hacen sonar las gaitas, adaptadas y afinadas especialmente para la ocasión, interpretando la marcha tradicional del Corpus de Pontevedra, un sonido antiguo que reverbera contra las fachadas de granito de Manuel Quiroga o la rúa Don Filiberto. Al paso de la comitiva, varios balcones se convierten en nubes de pétalos florales, alfombrando el camino que este año, como otra de las grandes novedades, culmina su recorrido en el santuario de la Virgen de la Peregrina.

Detrás de la solemnidad del desfile se esconde el sudor de los días previos, el diseño de las alfombras florales que visten la plaza de A Leña, un trabajo de la comunidad escolar del Sagrado Corazón, o las inmediaciones de la Casa Consistorial, adornadas por el hostelero Ramón Pedras. Para premiar ese esfuerzo invisible de los cientos de voluntarios y colaboradores, la jornada ha sumado una nueva tradición: «el parvo».

A semejanza de la tradicional «Parva» del Gremio de Mareantes —esa antigua degustación de aguardiente y pan que la corporación municipal comparte en el atrio de San Roque—, los organizadores instauraron este año su propio brindis. «Es un reconocimiento a la gente que ha colaborado, porque esto lleva un trabajo enorme. Si los mareantes tienen su parva, nosotros nos tomamos el parvo», explican

Los organizadores y voluntarios brindan "el parvo" momentos antes del desfile religioso.

Los organizadores y voluntarios brindan "el parvo" momentos antes del desfile religioso. / Susana Regueira

A semejanza de la tradicional «Parva» del Gremio de Mareantes —esa antigua degustación de aguardiente y pan de maíz que la corporación municipal comparte en el atrio de San Roque—, los organizadores han instaurado su propio brindis. «Es un reconocimiento a la gente que ha colaborado, porque esto lleva un trabajo enorme. Si los mareantes tienen su parva, nosotros nos tomamos el parvo», explican entre risas los Amigos do Corpus Vello, alzando las tazas con aguardiente de la tierra para sellar la jornada.

La Boa Vila, que guarda en sus archivos el orgullo de ser documentalmente la celebración del Corpus más antigua de Galicia con referencias que se remontan al siglo XV, demuestra hoy que las tradiciones no son piezas fijas de museo. Están vivas, se adaptan, recuperan el brillo de sus santos olvidados y, sobre todo, siguen congregando a un pueblo en torno al eco perenne de sus gentes de mar y tierra.

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