El legado de Valle-Inclán que llega al Museo
Del último refugio del esperpento en la Boa Vila al García Flórez
Tras años de discreta custodia familiar en un piso de Michelena 11, donde las tazas de café convivían de forma natural con lienzos de Joaquín Mir, las máscaras mortuorias de Asorey o las icónicas capas del genio, el regreso definitivo del legado de Valle-Inclán al Museo cierra el círculo del gran mito de las letras

Máscara mortuoria y vaciado en bronce de la mano derecha de Valle-Inclán que realizó el artista Francisco Asorey en 1936. / GUSTAVO SANTOS
Los carteles anunciando la promoción inmobiliaria que cubren la fachada de Michelena 11 aparecen estos días como un telón que se resiste a caer sobre el último gran misterio cultural de la Boa Vila. Dentro ya no queda nada. El esqueleto de piedra, vaciado y despojado hace meses de cualquier rastro de vida humana, espera el avance de las máquinas que transformarán este imponente inmueble señorial en viviendas de lujo, tras la frustrada operación de compra por parte del gigante textil Inditex. Sin embargo, antes de que el hormigón y los acabados de vanguardia sepulten el pasado, el vacío de esas estancias desnudas grita una historia que ahora, por fin, encuentra su eco en el Museo de Pontevedra.
Allí donde hoy solo hay polvo y paredes a modo de esqueleto, durmió sigilosamente durante casi medio siglo el universo íntimo de Ramón María del Valle-Inclán. El reciente acuerdo de la Diputación para adquirir la colección familiar por 290.000 euros rescata del exilio un patrimonio que tuvo su kilómetro cero en los pisos señoriales de una Pontevedra que ya no existe, y cuyo último refugio fue, precisamente, ese piso desmantelado del número 11.
La crónica de cómo los muebles de la madrileña calle Francisco de Rojas terminaron en el corazón de la ciudad se teje con la discreción de una familia que sobrevivió a la posguerra custodiando un tesoro. Fue a principios de la década de los cincuenta cuando Josefina Blanco Tejerina, la actriz que compartió destino y periplo vital con el creador del esperpento, decidió instalarse en la Boa Vila, donde falleció en 1957.
En el equipaje traía el naufragio de Madrid: la correspondencia del escritor, sus primeras ediciones, la ropa y los cuadros de una época dorada. Una herencia que primero recaló en la calle Peregrina, pasó luego a Benito Corbal de la mano de su hijo Carlos del Valle-Inclán Blanco y su esposa Mercedes Alsina, y terminó por asentarse, allá por el año 1976 o 1977, en el extensísimo piso de la calle Michelena que hoy se asoma al mercado inmobiliario de alta gama.

Retrato dedicado por Azorín. / GUSTAVO SANTOS
Quienes cruzaron aquel umbral antes de que las cajas de embalaje invadieran los pasillos recuerdan una atmósfera que parecía congelada en el tiempo. Aquello no era un museo frío; era una vivienda viva donde las tazas de café reposaban junto a lienzos de Joaquín Mir y los abrigos de diario se colgaban cerca de la mítica capa del escritor.
A principios de la década de los cincuenta cuando Josefina Blanco Tejerina, la actriz que compartió destino y periplo vital con el creador del esperpento, decidió instalarse en la Boa Vila, donde falleció en 1957. Traía de Madrid la correspondencia del escritor, sus primeras ediciones, la ropa, los cuadros de una época dorada...

Una de las icónicas capas del literato. / GUSTAVO SANTOS
Su nieto, Javier del Valle-Inclán Alsina, recordaba para las páginas de este periódico aquellos últimos días previos a la mudanza definitiva a Compostela, cuando ejerció de guía en una visita única. «Todos los muebles, pinturas y objetos artísticos han estado depositados en Pontevedra, en este que era domicilio de mis padres», explicaba entonces, contemplando un legado que permanecía oculto para el gran público.

El conjunto que llega ahora al Museo incluye mobiliario, objetos de plata, pinturas, porcelanas... / GUSTAVO SANTOS
En Michelena 11 la presencia del autor de Sonatas lo inundaba todo de forma natural. Una biblioteca infinita convivía con las caricaturas de trazo rápido firmadas por Carlos Maside, Arturo Souto o Vázquez Díaz. También con pinturas, retratos, objetos personales, tipografía original…

Muebles y una mínima parte de la biblioteca, custodiada durante décadas en un piso de Michelena 11. / GUSTAVO SANTOS
En los rincones descansaban los bastones que sostuvieron los paseos del manco más célebre de nuestras letras, en un baúl se guardaban con mimo sus capas y en una mesa estaban expuestas las sobrecogedoras máscaras mortuorias que esculpió Francisco Asorey. Era el paisaje cotidiano de una saga que custodiaba un patrimonio prácticamente inédito: solo los amigos de la familia y los íntimos que frecuentaban las tertulias del piso tuvieron alguna vez la oportunidad de intuir la magnitud de lo que allí se guardaba.

Obras de la colección artística del literato. / GUSTAVO SANTOS
En Michelena 11 la presencia del autor de Sonatas lo inundaba todo de forma natural. Una biblioteca infinita convivía con las caricaturas de trazo rápido firmadas por Carlos Maside, Arturo Souto o Vázquez Díaz. También con pinturas, retratos, objetos personales como sus famosísimas capas, bastones o tipografía original
La historia dio un vuelco amargo cuando las primeras negociaciones con el Museo de Pontevedra encallaron en los despachos, obligando a los herederos a empaquetar el universo de Valle-Inclán rumbo al Colexio de Fonseca, en Santiago, para aquella muestra titulada Valle-Inclán íntimo, que se exhibió en 2023 y que, como recordaban sus promotores, dio un primer acceso al mundo privado y familiar, a la esfera íntima de un escritor «que sigue siendo en muchos aspectos un gran desconocido, a pesar de residir ya en el imaginario popular y formar parte de la categoría de los clásicos».

Fotografía de Valle-Inclan con su esposa y conservadora de su legado, Josefina Blanco, y una de sus hijas. / GUSTAVO SANTOS
Aquel éxodo dejó a Michelena 11 despojada de su alma de tinta justo cuando el ladrillo ponía sus ojos en el edificio. El interés de la multinacional de Arteixo situó al inmueble en el centro de una intensa polémica urbana sobre la gentrificación del centro histórico y el futuro de las galerías Oliva, un pulso que terminó en los tribunales, la retirada de la firma textil y la posterior venta para la promoción de pisos exclusivos.

Bastones y camisas del escitor. / GUSTAVO SANTOS
El destino, sin embargo, ha querido enmendar el desencuentro tres años después. Las piezas que salieron de los salones de Michelena no volverán al edificio que las cobijó —hoy entregado al diseño contemporáneo—, pero se quedan a unos metros de distancia, en los edificios centrales del Museo de Pontevedra. En este escenario, Valle-Inclán íntimo fue «solo un aperitivo», avanzaba el nieto del escritor, de lo que en un futuro podrá verse en el Edificio García Flórez.
El expediente de compra, respaldado esta misma semana por la institución provincial, permitirá que el público general descubra lo que durante medio siglo perteneció a la intimidad de una casa pontevedresa. La Boa Vila, que ya custodia la memoria de Castelao, cierra así el círculo de sus grandes mitos literarios. Mientras los obreros transformarán la fisonomía de Michelena 11 para adaptarla a los nuevos tiempos del confort y el capital, el espíritu de Valle-Inclán se muda definitivamente al Museo. Queda el recuerdo de un piso donde los bastones del escritor aguardaban junto a la puerta, como si el viejo don Ramón todavía estuviera a punto de regresar de su paseo por las plazas de la ciudad.
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