La soledad no deseada golpea a 550 personas en Pontevedra, según Cáritas
Mujeres de entre 36 y 66 años, el perfil más presente en las más de 13.400 intervenciones individuales de la organización benéfica
El albergue San Javier acogió a 352 personas sin hogar durante el último año

Una persona sin hogar, en los soportales de la plaza de A Ferrería. / Gustavo Santos
En las tardes en las instalaciones de Cáritas Interparroquial de Pontevedra hay café compartido, papeles que buscan una firma oficial y, sobre todo, confidencias que se desgranan a media voz. Tras los muros de la institución que agrupa a más de una veintena de parroquias de la comarca, la realidad social de la ciudad se mide en vidas cruzadas y no en balances contables. Las estadísticas que Juan Carlos Abeigón, director de la organización benéfica, presentó ayer en una mesa redonda sobre la caridad de la Iglesia —compartiendo espacio con Manos Unidas y el comedor de San Francisco— revelan un rostro invisible y silencioso que gana terreno en las calles de la Boa Vila: el de la soledad no deseada.
Bajo este paraguas de la vulnerabilidad, Cáritas atendió a lo largo del pasado año a 550 personas en la demarcación de Pontevedra, traduciéndose en una ingente labor de 13.405 intervenciones individuales. El perfil rompe con los estereotipos que a menudo se manejan en la conversación pública. “Lejos de lo que podría imaginarse”, señala el director de Cáritas, no son mayoritariamente hombres de paso, ni tampoco recién llegados de otros continentes.
Por el contrario, el grueso de quienes llamaron a la puerta son mujeres —441 de las 550 personas atendidas—, con edades comprendidas entre los 36 y los 66 años, y en su gran mayoría de nacionalidad española.
Abeigón define este servicio del Albergue San Roque como un espacio de baja exigencia donde no solo se tramita la tarjeta sanitaria o se acompaña en la búsqueda activa de empleo y vivienda, sino donde las personas acuden, fundamentalmente, a interaccionar y a romper el aislamiento. Cada usuario conlleva múltiples gestiones a lo largo de los meses, lo que explica el volumen de un departamento de atención primaria que funciona como el primer termómetro de las carencias de la ciudad.
Más allá de la primera acogida, el eje de la vivienda absorbe gran parte del esfuerzo humano y logístico. El albergue San Javier para personas sin hogar, que cuenta con 27 plazas (20 para hombres y 7 para mujeres), sirvió de refugio a 352 personas durante el último año. Aquí la balanza de género se invierte con claridad respecto a la atención primaria: se dio cobijo a 292 hombres frente a 60 mujeres.
La respuesta habitual para las crisis más complejas se encuentra en la vivienda de A Seca, un espacio de ocho habitaciones destinado a familias sin recursos económicos. Durante 2025, albergó a 29 personas integradas en 10 núcleos familiares, todos ellos de origen inmigrante
El itinerario de inserción de la entidad cuenta también con la vivienda de transición de Fernando III, por la que pasaron 9 personas (7 hombres y 2 mujeres), mostrando en este recurso específico un índice de usuarios extracomunitarios superior al de nacionales.
La respuesta habitual para las crisis más complejas se encuentra en la vivienda de A Seca, un espacio de ocho habitaciones destinado a familias sin recursos económicos. Durante 2025, albergó a 29 personas integradas en 10 núcleos familiares, todos ellos de origen inmigrante y procedentes de países como Venezuela, Perú, Colombia, Ghana y Cuba. El perfil de quienes terminan en estas estancias temporales es heterogéneo: familias en trámites de protección internacional atascadas en listas de espera, personas en situación de total exclusión que ya no pueden costear el alquiler de una simple habitación o, de forma muy sangrante, personas recién llegadas a España que resultaron víctimas de estafas inmobiliarias y acabaron desamparadas en la estación de autobuses de la ciudad.
El engranaje de Cáritas se cierra con el empleo, la llave definitiva para la autonomía. Su bolsa de trabajo gestionó las demandas de 27 personas, logrando tres inserciones laborales, mientras que 16 alumnos recibieron un total de 60 horas de formación especializada.
Los tres peldaños de la exclusión: la vivienda, el gran eje de desigualdad
El diagnóstico del director de Cáritas Interparroquial de Pontevedra respecto a la evolución social en la comarca es nítido y preocupante: la demanda de ayuda sigue al alza y el problema del sinhogarismo se mantiene estancado. Apoyándose en los datos del reciente informe Foessa (Fundación para el Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada) para Galicia, Abeigón advierte de que la pobreza en la comunidad se manifiesta actualmente en tres niveles muy claros.
Por un lado, se sitúa el estrato de la exclusión y la pobreza total; por otro, un nivel intermedio marcado por la falta de hogar al que le falta algún requisito para tocar el fondo de la exclusión absoluta; y un tercer nivel integrado por quienes carecen de lo más elemental para el día a día.
La vivienda es, según Foessa, el principal eje de desigualdad: una de cada cuatro familias sufre algún tipo de exclusión residencial, destinando gran parte de sus ingresos a mantener su hogar.
El responsable de la entidad explica que las tímidas mejoras registradas en los últimos meses corresponden a personas del último peldaño que consiguen ascender al nivel intermedio, pero la bolsa de la vulnerabilidad estructural en los barrios de Pontevedra continúa resistiendo con dureza los planes de choque económicos.
La radiografía social de Galicia de Foessa revela que el 14% de la población (unas 381.000 personas) se encuentra en riesgo de pobreza, con un 6% atrapado en la pobreza severa (cerca de 158.000 personas). Esta nueva precariedad afecta incluso a quienes tienen empleo y vivienda, pero cuyos ingresos resultan insuficientes ante una crisis residencial que empuja a una de cada cuatro familias a la exclusión.
El deterioro también se extiende a la salud y los cuidados, donde el aislamiento social crece y el 18% de los gallegos sufre falta de cuidados, mientras el sistema de protección falla: el Ingreso Mínimo Vital apenas alcanza al 51% de los más vulnerables y la cobertura de la RISGA (Renta de Inclusión Social de Galicia) se ha reducido drásticamente a la mitad.
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