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Sanxenxo y Portonovo buscan el equilibrio entre turismo y derecho al descanso con nuevas medidas acústicas

«Yo tengo llamado a la Policía Local un día sí y otro también a las tres y las cuatro de la mañana», relata una vecina que vive en el epicentro de la villa turística

El sector hostelero digiere la noticia con cautela y diferentes matices según el tipo de negocio

El Concello ha decidido declarar varias calles de Sanxenxo y Portonovo como Zonas de Protección Acústica Especial.

El Concello ha decidido declarar varias calles de Sanxenxo y Portonovo como Zonas de Protección Acústica Especial. / Rafa Vázquez

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El granito de las calles que bajan hacia el puerto de Sanxenxo y el laberinto marinero de Portonovo guardan, cuando llega el verano, el eco de miles de pasos, de risas que se alargan y de copas que tintinean en las terrazas. Es el motor económico de la capital turística de las Rías Baixas, pero también la pesadilla (poco) silenciosa de quienes, al otro lado de la persiana, necesitan conciliar el sueño para abrir sus negocios al amanecer o simplemente descansar en su propia casa. El anuncio del Concello de declarar el entorno del puerto deportivo y seis calles de Portonovo como Zonas de Protección Acústica Especial ha levantado un acta de realidad sobre un conflicto tan viejo como el propio turismo: el encaje entre el derecho al negocio y el derecho al descanso.

A pie de calle, la música alta que sale de los locales no es el único enemigo, ni siquiera el principal. Los vecinos apuntan al «follón» que se queda flotando en el asfalto cuando la persiana ya se ha echado. Eva, que vive en pleno epicentro del ocio nocturno y sabe bien lo que es descolgar el teléfono de madrugada, resume el sentir general con una mezcla de hartazgo y escepticismo ante las nuevas medidas. «Yo tengo llamado a la Policía Local un día sí y otro también a las tres y las cuatro de la mañana», relata. Su queja no va dirigida a los hosteleros que cumplen y cierran a una hora prudente, sino a los que estiran el reloj sin miramientos. Para ella, los sonómetros conectados en tiempo real a la jefatura local de los que habla el Concello son papel mojado si no hay patrullas detrás. «Las normas ya están, ahora lo que hace falta es que vigilen para que se cumplan», zanja con firmeza.

Unos metros más allá, tras el mostrador de una céntrica panadería, Mónica asiente mientras despacha las barras del día. Ella vive la otra realidad, la de la mañana que exige puntualidad y cabeza despejada en un municipio que en la temporada alta no solo multiplica su población, sino que la triplica. «Hay que cumplir los horarios y las ordenanzas por un mínimo orden cívico», sostiene la comerciante, consciente de que la masificación estival vuelve la convivencia mucho más frágil.

El diagnóstico se vuelve más crudo al adentrarse en las zonas tradicionales de copas. Pilar, vecina de Sanxenxo de siempre, no oculta su indignación y señala directamente a puntos negros de la movida local. «Lo de la rúa do Sol es de pena, una auténtica pena», lamenta con la experiencia de quien posee un piso en la zona y sufre el bullicio incansable de la noche.

Para aquellos establecimientos enfocados en la restauración tradicional o situados en los márgenes de las zonas más calientes, las nuevas restricciones no se ven como una amenaza, sino como una garantía de orden

Para Pilar, la declaración de protección acústica llega tarde para un centro urbano saturado donde, según denuncia con amargura, los problemas a menudo van más allá del simple volumen de la música, rozando la seguridad y el vandalismo en las esquinas más oscuras. «Aquí lo que pasa es que se quiere tener todo y luego pasa lo que pasa», reflexiona con desencanto. A su lado, su pareja pide mayor control del menudeo de drogas.

El entorno del puerto deportivo es uno de los espacios afectados por la medida, que busca compatibilizar la actividad económica con el derecho al descanso.

El entorno del puerto deportivo es uno de los espacios afectados por la medida, que busca compatibilizar la actividad económica con el derecho al descanso. / Rafa Vázquez

En la otra orilla del conflicto, el sector hostelero digiere la noticia con cautela y diferentes matices según el tipo de negocio. Para aquellos establecimientos enfocados en la restauración tradicional o situados en los márgenes de las zonas más calientes, las nuevas restricciones no se ven como una amenaza, sino como una garantía de orden.

Manuel Martín, tras la barra de La Rectoral, observa la iniciativa municipal con tranquilidad. «Por lo menos en este lado no tenemos inconveniente, no veo problemas. Lo importante es que tanto los visitantes como los vecinos sientan tranquilidad, así que por mi parte no hay objeción», comenta, asumiendo que un entorno más seguro y silencioso también revaloriza el perfil turístico de la villa.

El tablero está sobre la mesa y la propuesta irá al próximo Pleno municipal. Sobre el papel, Sanxenxo y Portonovo se blindan con herramientas tecnológicas, limitaciones de licencias, posibles recortes horarios e incluso restricciones de tráfico rodado. En la calle, donde el verano ya empieza a calentar el ambiente, la población espera a ver si la ordenanza digital es capaz de apagar el ruido de las madrugadas o si, por el contrario, la ley del verano vuelve a imponer su propia banda sonora.

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