El buque escuela Juan Sebastián de Elcano afronta su centenario con renovadas tecnologías y honores
Postales antiguas, sellos y billetes conmemorativos inmortalizan el siglo de historia del embajador naval

El buque escuela ha quedado inmortalizado en cientos de postales. / Marcelino González
El perfil de un gigante de cuatro mástiles forma parte del patrimonio emocional de los vecinos de la ría de Pontevedra. Es el Juan Sebastián de Elcano, el buque escuela que en unos meses, al doblar la esquina de 2027, cumplirá un siglo desde que sus cuadernas tocaron por primera vez el agua en Cádiz. Casi cien años de singladuras quedan retratadas en una colección de postales antiguas, grabados y sellos conmemorativos que ilustran la memoria de un país que se resiste a olvidar su pasado marinero.
Entre los que celebran esta efeméride se encuentra Marcelino González, marino e historiador de pulso firme, que acaba de condensar en su libro Barcos históricos y museos, presentado esta semana en la Real Academia de la Mar, el destino de 101 supervivientes de los océanos. Para González, ver estos buques convertidos en museos vivos es un orgullo, la constatación de que la memoria puede ganar la batalla al olvido. Sin embargo, la mirada del historiador se ensombrece al recordar el destino de otros cascos ilustres. «Lo malo es cuando alguno de estos barcos colgados de historia termina en el hacha o en el soplete del desguace, y se va al otro mundo cuando merecía haberse quedado aquí por sus méritos y su contribución a llegar a ser lo que somos hoy», lamenta con la lucidez de quien sabe lo que cuesta mantener a flote la madera.
La contrapartida amarga de esta historia de conservación la encarna el Galatea. Durante décadas, aquel legendario buque escuela tuvo su hogar en Ferrol, siendo la escuela de maniobra donde miles de marinos españoles, entre cabos y contramaestres, aprendieron a capear el temporal a base de callos en las manos y noches en vela. Cuando el barco, ya herido de muerte y desahuciado, agonizaba en los años noventa a la espera del desguace en España, Escocia se enteró de que aquel viejo casco del año 1896 había sido construido originalmente en sus astilleros de Port Glasgow.

Mascarón de proa del Juan Sebastián de Elcano. / Marcelino González
La respuesta británica fue una lección de civismo: colegios, instituciones y ciudadanos particulares armaron una colecta popular, se presentaron en Sevilla, compraron lo que para la administración española era solo chatarra y se lo llevaron de vuelta. Hoy, rebautizado como Glenlee, brilla con luz propia en el río Clyde, reconvertido en uno de los mejores museos de las comunicaciones de Escocia. «Allí está un barco que tenía que haberse quedado en España», evoca González con un dolor que no se oculta tras los honores escoceses.

Sello de 10 de las antiguas pesetas. / Marcelino González
Por fortuna, el Elcano corre otra suerte. Sigue navegando, ajeno al soplete. Tras su botadura en 1927, el año 2028 marcará el centenario de su entrega a la Armada y de aquel primer crucero de instrucción que fue, ni más ni menos, una vuelta al mundo. Desde entonces, el buque ha sumado once vueltas al planeta, ha visitado más de 70 países y ha dejado su estampa en 500 ciudades a lo largo de 98 cruceros de instrucción en los que han participado cientos de guardamarinas, entre ellos el rey Felipe VI y la princesa Leonor. Es un embajador civilizado y blanco que, bajo sus velas, esconde una metamorfosis tecnológica brutal.

Billete de lotería de 1970 dedicado al buque escuela. / Marcelino González
«Cuando yo viajé en él, en 1965, dormíamos en literas, en los sollados de los guardiamarinas, y no tenía los sistemas de comunicación de ahora», recuerda el marino y académico Marcelino González
«Cuando yo viajé en él, en 1965, dormíamos en ligeras, en los sollados de los guardiamarinas, y no tenía los sistemas de comunicación de ahora», recuerda el marino. El tiempo pasa para todos, también para el hierro. Hoy, las viejas cocinas son industriales, los alojamientos se han humanizado y el puente de mando está erizado de radares, posicionamiento AIS, sistemas meteorológicos de última generación e internet. Sus palos se han ido renovando —el de popa, el ‘Blanca’, se cambió en 2020— y muchas de sus planchas originales han sido sustituidas en San Fernando, donde pasa seis meses al año recibiendo cuidados médicos tras otros seis meses de campaña. Del barco original de 1927 apenas queda el esqueleto y el alma, pero el barco, insiste González, sigue siendo el mismo.

Postal antigua dedicada al barco. / Marcelino González
Detrás de las cifras y los mapas, miles de postales antiguas, sellos y correspondencia antigua recuerdan que un barco es, ante todo, la gente que lo habita. Las leyendas de a bordo hablan de temporales que hoy nos parecerían de ciencia ficción. Marcelino González rescata del olvido una historia del viejo «Galatea» que le llegó desde Francia, a través de las memorias de un antiguo cabo guardabanderas. Corría el siglo pasado y a bordo no había cámaras frigoríficas; la carne viajaba viva, en cuadras. Durante un temporal salvaje que a punto estuvo de desmantelar el aparejo, un bandazo de la mar proyectó a una vaca contra un mamparo con tal violencia que el animal murió en el acto, destrozando la estructura. «Eso da una idea de la magnitud de la tormenta», apunta.

Tarjeta filatélica. / Marcelino González
Tampoco se ha librado de los sustos del oficio. En el diario de bitácora del centenario quedan registradas colisiones en regatas internacionales y aquel día en que el bauprés —ese palo largo que sobresale de la proa como la nariz de un Pinocho de madera— se partió por completo contra otro barco tras una mala maniobra

El Elcano, en la imagen con viento de popa, es un majestuoso embajador naval. / Marcelino González
El Elcano tampoco se ha librado de los sustos del oficio. En el diario de bitácora del centenario quedan registradas colisiones en regatas internacionales y aquel día en que el bauprés —ese palo largo que sobresale de la proa como la nariz de un Pinocho de madera— se partió por completo contra otro barco tras una mala maniobra.
Son las cicatrices de un siglo de servicio. Cuando las postales y los sellos se vuelvan a guardar en los cajones, el «Elcano» seguirá ahí, encarando el año de su centenario con la misma elegancia con la que dobla los cabos más peligrosos de la tierra. La esperanza de los marinos, de los historiadores y de los vecinos que lo ven pasar cada año frente a Marín es que, cuando le llegue la hora de arriar las velas definitivamente, el Estado tenga la madurez que le faltó con el Galatea y le conceda el descanso noble de un buque museo. Se lo ha ganado tras un siglo de aventuras sobre sus cubiertas de teca.
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