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Entrevista | Anselmo Villanueva Presidente de la delegación de Pontevedra del Colexio de Arquitectos de Galicia (Coag)

«La rehabilitación es nuestro gran examen de madurez»

«El buen diseño no es un lujo estético, es una herramienta de bienestar cotidiano»

Anselmo Villanueva, presidente de la delegación de Pontevedra del Coag.

Anselmo Villanueva, presidente de la delegación de Pontevedra del Coag. / Gustavo Santos

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Pontevedra

Los Premios Gran de Area de Aportación á Arquitectura, que se entregarán mañana en el Auditorio de Marín, llegan a sus bodas de plata consolidados como un termómetro de la realidad tangible de nuestro territorio. Horas antes del arranque la gala, Anselmo Villanueva, al frente de la Delegación de Pontevedra del Colexio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG), hace hincapié en que la arquitectura, antes que planos o cemento, es un oficio profundamente humano. «El buen diseño», recuerda, «no es un lujo estético, es una herramienta de bienestar cotidiano».

Veinticinco años de Premios Gran de Area. Mirando hacia atrás, ¿qué huella deja este cuarto de siglo en el paisaje gallego?

Estos veinticinco años han servido para reconocer una arquitectura profundamente ligada a Galicia, y más concretamente al sur. Pero, sobre todo, ligada a sus barrios, a sus parroquias y a sus paisajes. Hablo de esa escala próxima donde la arquitectura se encuentra de verdad con la vida cotidiana. Como bien dice el nombre en galego, Gran de Area, un grano de arena aislado apenas se percibe en la inmensidad, pero cuando ese grano se suma a otros, año tras año, se termina dejando una huella indeleble tanto en el territorio como en el paisaje que habitamos.

En un mercado actual tan complejo, tensionado por la escalada en el coste de los materiales y una preocupante falta de mano de obra cualificada, ¿cómo se consigue mantener el listón de la excelencia técnica y el respeto por los oficios?

Se consigue porque en este engranaje de agentes que intervienen en la construcción todo el mundo pone de su parte. Detrás de estos premios no está solamente el arquitecto; esa es una de las claves más importantes del certamen: no se premia al profesional, se premia a las personas que hay detrás de cada obra. Ahí están los promotores, la propiedad, los técnicos, los constructores, los artesanos y todos los colaboradores que suman esfuerzo, conocimiento y compromiso. Por eso el Gran de Area reconoce esa cadena de valor y, a veces, un simple detalle. Es un premio de aportación. Estamos viendo obras con presupuestos muy limitados cuyo valor real radica precisamente ahí: en haber sido capaces de levantar un proyecto excelente con muy pocos recursos. Aquí conviven proyectos de millones de euros con otros de unos pocos miles, porque no hay primero, segundo ni tercer premio, ni tampoco cuantía económica. Es una forma compartida de mirar, cuidar y construir Galicia.

La rehabilitación destaca en este palmarés, desde el Museo Massó en Bueu hasta la vivienda de Bar Boo en Vigo o la fachada de la Catedral de Ourense. Frente a la comodidad de la hoja en blanco, ¿es intervenir en lo ya construido el verdadero examen de madurez para el arquitecto contemporáneo?

Sí, indiscutiblemente la rehabilitación es nuestro gran examen de madurez. En esta edición vemos tres registros de rehabilitación muy diferenciados que demuestran la pericia de los profesionales. Por un lado, el patrimonio histórico catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) en la Catedral de Ourense; por otro, el patrimonio etnográfico e industrial en Bueu; y, finalmente, algo que muchas veces no se tiene en cuenta: la intervención sobre el patrimonio contemporáneo, como es la vivienda de Bar Boo, una obra de los años 60 o 70. Actuar sobre estas edificaciones exige un bagaje, unos conocimientos y una experimentación que no admiten el «bricolaje». No vale cualquier cosa. Desde una estructura del siglo XVII hasta una del XX, se necesita una formación técnica rigurosa y, de hecho, esto debe ser un llamamiento para seguir formando a profesionales especializados en el sector.

Detrás de estos premios no está solamente el arquitecto; esa es una de las claves más importantes del certamen: no se premia al profesional, se premia a las personas que hay detrás de cada obra. Ahí están los promotores, la propiedad, los técnicos, los constructores...

El medio rural también reclama su espacio. El proyecto de Carballeda de Avia, enfocado en crear alojamiento público temporal, apunta hacia ahí. ¿Debe la arquitectura liderar el rescate de los núcleos abandonados en lugar de seguir expandiendo las periferias urbanas?

No es que deba liderarlo, es que ya lo hace. El proyecto de Carballeda de Avia da continuidad a una estrategia que se viene premiando como un modelo innovador en la revitalización del rural. No es una visión idílica o nostálgica; la sociedad camina hacia ahí porque este tipo de iniciativas activan equipamientos comunitarios en aldeas que históricamente estaban muy abandonadas. Hablamos de viviendas públicas integradas con comedores, cocinas comunitarias, centros sociales e incluso espacios de coworking. Eso genera valor real y asentamiento. Permite que la gente se quede a vivir y trabajar en el rural con una calidad de vida totalmente equipable a la de las ciudades. Es, sin duda, el ejemplo a seguir.

Desde el Colegio abogamos firmemente por que se sigan haciendo intervenciones contemporáneas en el rural; tenemos que construir de acuerdo con la época en la que estamos viviendo. No podemos levantar viviendas que nos dejen anclados en el pasado

La vivienda unifamiliar dispersa ha sido el gran motor constructivo de Galicia, pero también su gran desafío estético. Viendo ejemplos como la casa premiada en Vilasobroso, ¿hemos superado la peor etapa o queda pedagogía por hacer con el cliente particular?

Queda mucha pedagogía por hacer, hay que hacer un esfuerzo importante. Desde el Colegio abogamos firmemente por que se sigan haciendo intervenciones contemporáneas en el rural; tenemos que construir de acuerdo con la época en la que estamos viviendo. No podemos levantar viviendas que nos dejen anclados en el pasado. Vivimos en el siglo XXI a todos los efectos. A nadie se le ocurriría que nos prohibiesen entrar en un casco histórico con un coche de última generación porque la ciudad sea histórica y cuando se construyó no hubiese motores eléctricos; nadie te va a exigir que entres en Santiago en un coche de caballos. Le Corbusier decía que las viviendas son máquinas de habitar, y si bien no comparto del todo ese concepto tan estricto de la modernidad, sí creo en la contemporaneidad: debemos respetar el asentamiento y el entorno rural —para eso estamos los arquitectos—, pero también necesitamos normativas y factores técnicos municipales que nos permitan vivir en casas acordes a nuestro tiempo.

La jornada de los premios incluye una visita al gimnasio de la Escuela Naval Militar de Marín, una obra donde colaboraron el ingeniero Eduardo Torroja y el arquitecto Cominges. ¿Qué lecciones de audacia nos deja esa estructura?

Es una lección monumental de audacia y sensibilidad. Hay que retrotraerse a la época: el gimnasio se abre en el año 1942, en plena posguerra. Torroja aportó su grano de arena con una estructura magnífica para salvar una luz de 36 metros, algo colosal para el momento, mientras que Cominges resolvió la envolvente y la integración con el lugar. El edificio está semi-enterrado en una antigua cantera, en la zona de O Forte. Tiene un volumen tremendo pero un impacto visual mínimo en la ciudad porque desde la carretera solo sube dos plantas, mientras que hacia abajo desciende otras dos. Pasa desapercibido y eso es un alarde de sensibilidad. Estoy convencido de que Alejandro de la Sota conocía este edificio cuando años más tarde diseñó el gimnasio Maravillas en Madrid bajo un concepto similar de patio enterrado. Al igual que ocurrió con Sota, en el caso de Marín se suele hablar del arquitecto, pero es de justicia reivindicar la figura del ingeniero y esa simbiosis perfecta entre oficios que hace que la arquitectura sea imperecedera.

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