Entrevista | Alfredo Conde Escritor
«Me gustaría que recordasen que he amado a mi país intensamente»
«Mi padre me enseñó que Galicia merecía autogobernarse, cuando me propusieron ser conselleiro, no lo dudé ni un segundo; era realizar el sueño que me había transmitido», afirma el Premio Nadal y Nacional de Literatura
La librería Cronopios fue escenario de la presentación de sus «Memorias desaforadas»

Alfredo Conde, que presentó ayer en Pontevedra sus "Memorias desaforadas". / Gustavo Santos
La atmósfera que envuelve a Alfredo Conde (Allariz, 1945) es hoy la de un hombre que ha conquistado la serenidad y que mantiene intacta la memoria, esa «llave que abre todos los caminos» de su intensa biografía. A sus 81 años, el Premio Nadal y Nacional de Literatura presenta «Memorias desaforadas», un volumen donde el escritor deja de lado la máscara de fabulador para hablarle de frente a sus hijas y, por extensión, a su país. Y también para rememorar una vida que, asegura, ha sido «enormemente generosa».
Ha dicho alguna vez que escribir ficción es una forma de mentir para decir la verdad. Al enfrentarse a sus propias memorias, ¿ha sentido la tentación de «novelarse» a sí mismo o ha sido un ejercicio de honestidad cruda?
— Vamos a ver, no sé si estoy muy de acuerdo con esa afirmación inicial, pero vamos a dejarlo ahí. Yo con mis hijas hablé siempre con claridad extrema, como hablaron mis padres conmigo. A lo largo de mi vida he oído muchas veces eso de: «como es escritor, fabula», «son fabulaciones de escritor». Siempre me quedó la duda de si lo que les contaba a ellas lo aceptaban como real. Así que, para que no duden de que las cosas que les dije en privado son ciertas, me he atrevido a decirlas por escrito y en público. Ese es uno de los ejercicios de estas memorias.
¿Por qué «desaforadas»?
— Porque están fuera de todo fuero. No es habitual hacer un recordatorio de una vida tan diversa e intensa durante tantos años. Mientras aquí mis libros iban desapareciendo de las librerías, yo andaba por el mundo adelante. Llegué a presentar una novela en ruso antes que en gallego o en castellano. Recuerdo aquella dedicatoria de Cela: «A mis enemigos, que tanto han favorecido mi carrera literaria» (risas). Mientras aquí se dedicaban a mi desaparición «generosa», yo sacaba once libros en Rusia, visitaba universidades y hablaba de nuestra literatura y de Galicia con gentes importantes. Lo pasé muy bien.
¿Qué episodio de su vida le ha sorprendido más al revisitarlo hoy?
— Hay muchos. Por ejemplo, mi padre me enseñó a pensar que Galicia merecía tener un Parlamento propio y leyes propias que contemplasen nuestra realidad. Soy un ser muy afortunado: he visto nacer un Parlamento desde dentro y he participado en ese nacimiento. Mi padre me enseñó que Galicia merecía autogobernarse, cuando me propusieron ser conselleiro, no lo dudé ni un segundo; era realizar el sueño que me había transmitido.
Hay un recuerdo que menciona con cierta punzada de arrepentimiento...
— Sí, en la Feria del Libro de Moscú. Llevaba conmigo a mi hija pequeña y a su madre. Cuando vinieron a buscarme, me dijeron que mejor que la niña no fuera, que se aburriría. Lamentablemente hice caso. Mi hija no vio cómo, una hora después de cerrar la feria, yo tenía una inmensa cola de gente esperando que les firmara libros. Fue un momento muy grato para mí, pero se «machacó» porque no tenía delante a mi hija. Ese es un recuerdo que me hubiera gustado transmitirle.
«No nos damos cuenta de la intensidad y la repercusión que el mundo de la cultura puede aportar a un país»
Fue conselleiro de Cultura. Al mirar atrás, ¿siente que la cultura gallega ha cumplido las expectativas o hemos perdido el norte institucional?
— Creo que lo hemos perdido en gran parte. No hay más que ver las instituciones culturales; están anuladas o «desaparecidas en combate». La pregunta requeriría casi una tesis doctoral, porque hay muchas cosas adormecidas. Ayer, hablando de esto, vi una muestra de sociedad civil que yo siempre intenté potenciar, y se me está estropeando el discurso de que no tenemos una sociedad civil fuerte (risas), porque no la tenemos: pero vi que la Fundación Ángeles Terrazo convoca un premio de novela, bien dotado, y que le gustaría que fuese un libro en gallego el favorecido con ese galardón. Pero más allá de eso en este país todavía no nos hemos dado cuenta de la potencia que significa el poder de la cultura, ese «poder blando» del que ya hacía gala Luis XIV. No nos damos cuenta de la intensidad y la repercusión que el mundo de la cultura puede aportar a un país.
«Llegué a presentar una novela en ruso antes que en gallego o en castellano»
¿Ha sido la literatura un mundo generoso con usted o ha sentido el frío de la envidia?
— Conmigo la vida ha sido generosa. Hubo momentos muy duros, pero prefiero no hablar de ellos. ¿Para qué? En este mundo pequeño de la cultura todos sabemos a qué me refiero y no es necesario señalar con el dedo. Aquí decimos que «mentres sube e baixa o pau, descansa o lombo». Yo últimamente tengo la espalda muy descansadita. La prensa me está tratando con una generosidad enorme y lo estoy disfrutando.
«He descubierto la serenidad; llevo dieciséis años muy sereno y eso no era habitual en mí»
¿Qué ha descubierto Alfredo Conde de sí mismo a sus 81 años que no supiera antes?
— He descubierto la serenidad, por ejemplo. Llevo dieciséis años muy sereno y eso no era habitual en mí, lamentablemente. Por lo demás, soy la misma persona, no me atrevo a decir que desde pequeñito. Tengo muy buena memoria, lo cual es un problema, porque recuerdas lo bueno y lo malo; el ejercicio consiste en no hablar de lo malo.
Al cerrar la última página de estas memorias, ¿qué recuerdo le gustaría que quedase en el lector?
— Que he sido una persona que ha amado a su país intensamente. Que todas mis páginas escritas en gallego están ahí. He trabajado como un forzado a galeras: veinte novelas escritas, otras veinte traducidas, unos veinte mil artículos... de los cuales quince o dieciocho mil están en gallego. Eso es lo que se recordará de mí. Dirán: «Coño, qué animal, cuánto escribió». Pues sí, es lo que se hacer. O eso creo.
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