Bellas Artes festeja a San Ero
Un zoco con el talento de los creadores del mañana
De las horas de trabajo al mostrador de la facultad. Jóvenes creadores celebraron el patrón de Bellas Artes con un mercado medieval ininterrumpido. Fue una oportunidad de adquirir talento emergente a precio libre y dar oxígeno a la resistencia artística local

Un momento del mercadillo celebrado este miércoles. / Gustavo Santos
Las conversaciones se mezclan con el roce del papel y el tintineo de pequeños objetos metálicos a las puertas de la facultad. No es una jornada habitual de clases; es la víspera de San Ero, el patrón de Bellas Artes, y el espacio común se ha transmutado por completo. Este año, el reloj de la creatividad universitaria ha retrocedido hasta el medievo, tejiendo una atmósfera donde el talento local levanta su propio feudo para reclamar atención.

Alumnado muestra alguna de sus creaciones. | GUSTAVO SANTOS
Detrás de las mesas, convertidas en improvisados mostradores de plaza pública, aguardan los creadores. Helen, Ash y Alex son solo tres de los rostros que dan pulso a este ágora artística. «Es un mercadillo en base a la fiesta que estamos haciendo», explican flanqueados por una miscelánea de objetos que desafía cualquier producción en cadena. Aquí no existen los códigos de barras, sino las horas de trabajo, el pulso firme y una imaginación que ha dado vida a fanzines de tirada diminuta, cómics independientes, esculturas y pegatinas diseñadas al milímetro.
A su lado, la artesanía toma formas insospechadas: piezas de ropa cosidas a mano, llaveros, peluches y las ya imprescindibles tote bags que cargan el peso de la ilusión. «Es arte de los alumnos y de artistas de por aquí que queremos tener un escaparate», confiesan. Es una exposición a corazón abierto donde los precios escapan a la inflación y los dicta únicamente cada artesano. La ventana para pasear por esta feria medieval contemporánea es estrecha: solo este miércoles, desde las diez de la mañana hasta las seis y media de la tarde de forma ininterrumpida.
Cada bizum o cada moneda que cruza el aire sobre estos pupitres, forrados a menudo con retales de tela es más que un simple intercambio comercial. Es un balón de oxígeno para quienes lidian a diario con el precio de los materiales y la eterna incertidumbre del mañana. Mientras la tarde avanza, el murmullo no decae frente a los puestos. Quien no se haya acercado a este rincón de resistencia creativa, habrá perdido la oportunidad de llevarse a casa el primer trazo original de quienes, quizás en unos años, firmen las grandes obras que colgarán de paredes mucho más frías y exclusivas.
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