Entrevista | Diego Moldes Escritor que presenta «Cornucopia de aforismos»
«Lo que llamamos inteligencia artificial es una falsedad»
El autor pontevedrés presenta Cornucopia de aforismos, un breviario en el que aborda temas como la dictadura del algoritmo o la memoria

Diego Moldes en una reciente presentación en Estados Unidos. / FdV
El pontevedrés Diego Moldes, ensayista, novelista e historiador de cine que ha cartografiado universos como los de Roman Polanski o Luis García Berlanga, cambia una vez más de registro y presenta Cornucopia de aforismos, un breviario que huye de la farfolla erudita para ofrecer chispas y fogonazos sintéticos de pensamiento.
¿Cómo surgió esta obra?
De forma casual. Estaba invitado por la Xunta de Galicia y la Universidad de Guadalajara, en México, en la Feria del Libro. Allí, una compañera que viajaba conmigo, la ilustradora gallega Nuria Díaz, me regaló una pequeña agenda de bolsillo que tenía en las cubiertas la imagen de Vértigo, mi película favorita y sobre la que escribí un libro. Empecé a escribir mis reflexiones en diferentes sitios y viajes en esa agenda. Surgió así, de una forma un poco no premeditada. Al ser tan breves, los aforismos abren un abanico de posibilidades. Por eso le llamé cornucopia, es un recipiente inagotable. Quería que la gente, al leer una idea, se inspirase para escribir sus propios aforismos en una agendita.
En sus aforismos rasga la impostura contemporánea. Hoy vivimos asomados a un escaparate digital continuo. ¿En qué momento empezamos a confundir esa imagen superficial que proyectamos con la realidad de lo que somos en la intimidad?
Nuestro pensamiento es lingüístico y las imágenes forman parte de un sistema lingüístico. Las imágenes no son la realidad, son una interpretación que nuestros sentidos hacen de ella. Pongo el ejemplo de un aforismo sobre la caverna de Platón: pasamos todo el día viendo imágenes, creyendo que son la realidad, pero no lo son. Son una interpretación que nuestro cerebro, que es lingüístico, codifica y recodifica.
Frente a esa dictadura del algoritmo que nos dicta qué leer y qué desear, ¿es el aforismo el último acto de rebelión íntima y silenciosa contra la máquina?
Sí, sin duda. Pienso que en el fondo lo que llamamos inteligencia artificial es una falsedad. Son modelos extensos de lenguaje (LLM) que cogen el conocimiento humano volcado en la red y hacen un ejercicio de cálculo algorítmico. Esa dictadura del algoritmo no se está utilizando con fines sociales para mejorar al individuo o proteger a los más débiles. Al contrario, se utiliza con fines espurios. El dilema de siempre: el maldito dinero. Todo está orientado a ese dicho que pongo en el libro: si algo es gratis, el producto eres tú. Nos están vendiendo a través de nuestros datos, que esos algoritmos procesan.
Deslizamos el pulgar anestesiados, engullendo datos a una velocidad feroz. ¿Hemos firmado nuestra sentencia de ignorancia al confundir la acumulación compulsiva de información con la conquista del conocimiento real?
Por supuesto. Hay otro aforismo que dice: «La información sin formación es desinformación». Y la formación requiere conocimiento aplicado. Ahora mismo hay una saturación, una especie de bulimia de contenido. Muchas personas sin juicio crítico, sobre todo los más jóvenes, confunden información con conocimiento, y son cosas muy distintas. El conocimiento implica abarcar algo, que tenga una experiencia real. Puedes buscar información sobre Lorca y la Generación del 27 en minutos en cualquier sistema informático, pero eso no significa que tengas conocimiento sobre la poesía de los años veinte. En ese trecho hay un abismo enorme entre un ignorante y un catedrático.
Quien no tiene una forma propia de pensar, nunca tendrá una forma de cambiar
En una sociedad líquida que entierra el ayer con el escándalo de hace cinco minutos, la memoria parece una trinchera oxidada. ¿Qué espacio le queda al recuerdo frente a esta implacable tiranía del presentismo que nos gobierna?
Me gusta esa idea de la tiranía del presentismo. En el libro digo: «La cultura podría ser la memoria de nuestras lecturas». Y me pregunto: «¿Y si la cultura es la forma de ver una vida?». Sin memoria no somos nada. Es imposible comprender la realidad, la historia o la geopolítica global sin ella; y lo mismo ocurre con la memoria del individuo. También apunto que la memoria es algo muy complejo, profundo y ambiguo. La libertad interior puede estar tanto en el recuerdo como en el olvido, porque el olvido también es parte de la memoria. Nuestra mente decide qué olvidar, y en esa ambigüedad está casi la búsqueda de nuestro ser esencial.
Todo esto nos asoma al precipicio de una época. ¿A dónde nos va a llevar esta deriva actual de despreciar las humanidades, arrinconando vocablos como «intelectual» o «humanista» como si fueran una tara en el currículum?
Nos lleva a un pensamiento más pobre. Sin lectura, sin lengua, no hay pensamiento. Te suelto un aforismo que responde a la pregunta: «Quien no tiene una forma propia de pensar, nunca tendrá una forma de cambiar». Vas a pensar igual desde pequeño hasta adulto porque no vas a tener juicio crítico para interactuar con otras mentes. Estamos en un momento muy complicado. El otro día me preguntaban en qué momento la palabra humanista o intelectual pasó a ser peyorativa, cuando antes era un piropo. Ahora, en el mercado laboral y en la sociedad, se dice con desprecio «cultureta», como si fuese algo malo. Muchos buscan en el sitio equivocado porque no tienen las herramientas para buscar en el sitio correcto. Tenemos que formar a nuestros hijos en esa cultura para que no se pierdan en este inmenso mar de algoritmos.
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