XVIII Encontro de Palilleiras Cidade de Pontevedra
El repiqueteo que teje el futuro
Un millar de artesanas procedentes de distintas comunidades se da cita en el Recinto Ferial, donde vendieron sus productos 25 firmas especializadas

Participantes en la cita organizada por la Asociación A Fieitiña. / Rafa Vázquez
El sonido atrapa nada más cruzar las puertas del Recinto Ferial de Pontevedra. Es un murmullo rítmico, hipnótico y orgánico de miles de piezas de madera chocando entre sí a una velocidad que por momentos desafía a la vista. Huele a madera pulida, a hilo recién desenrollado y a café de media mañana. En esta gran nave de 7.000 metros cuadrados, el XVIII Encontro de Palilleiras Cidade de Pontevedra desplegó este domingo un océano literal de mundillos, alfileres y manos expertas. Lo que a primera vista podría parecer un reducto de nostalgia es, en realidad, un ecosistema vivo que respira, muta y rompe cualquier cliché a golpe de bolillo.

Cerca de 1.000 artesanas participan en la edición 2026 del encuentro. / Rafa Vázquez
Las cifras oficiales hablan de cerca de 1.000 participantes inscritas, pero la realidad tangible a ras de suelo desborda el frío papel. La organización, capitaneada por las integrantes de la Asociación A Fieitiña, tuvo que colgar el cartel de completo y cerrar las inscripciones semanas atrás por pura seguridad y para poder garantizar la comodidad en las mesas.
Desde lo alto de las gradas, a mediodía, la estampa asombraba: no quedaba un hueco libre. El propio alcalde, Miguel Anxo Fernández Lores, no dudaba en calificar la cita, consolidada tras el parón pandémico, como la mayor de todo el estado y la mejor organizada.
Pero la verdadera noticia de esta edición no está solo en el músculo de la convocatoria, sino en los rostros de quienes ocupan las sillas. Alexandra Rodríguez, jefa de producción y parte del alma del evento, observa desde la entrada un fenómeno sociológico inesperado: la media de edad se desploma y la diversidad se abre paso con naturalidad. Entre las asiduas veteranas asoman cada vez más hombres y gente joven con los dedos ágiles.
Los acentos también tejen una red que trasciende con mucho las fronteras gallegas. Desde Cataluña hasta Madrid, pasando por un bullicioso grupo de extremeños llegados de Don Benito —unos maridos que han dejado a sus mujeres palillando para ir a buscar un buen pulpo por el centro histórico antes de volver al recinto—, el espacio es una torre de Babel unida por la devoción al hilo.
Lejos, muy lejos, queda ya la imagen del encaje confinado a la puntilla de la camisa y la toalla o al bajo del mantel. Este año, el encuentro ha dado un salto cualitativo extendiéndose durante tres días y ha decidido ponerle banda sonora a la tradición, asumiendo la música como temática central. Las manos de estas artesanas han obrado el milagro de esculpir réplicas exactas de instrumentos a base de encaje. Un violín, un piano de cola, una guitarra española y hasta una eléctrica demuestran en la exposición central que la técnica ancestral soporta cualquier atrevimiento. Todo ello arropado por hitos como el homenaje al coleccionista Mario Galego y las clases de perfeccionamiento de la experta Alicia Sevilla, enfocadas en blindar el carácter exclusivo del encaje manual frente a la voracidad de la producción industrial.
Y al lado de la almohadilla, la artesanía se revela como algo mucho más vital que un simple pasatiempo estético. Áurea, llegada desde la comarca de O Salnés con más de 14 años de experiencia entre los dedos, lo resume con la franqueza de quien conoce el oficio: «Te hace estar centrada en el trabajo y te olvidas de muchas cosas». Es agilidad manual, sí, pero sobre todo es un ancla para la mente. Una trinchera de concentración absoluta donde el ruido del mundo exterior se apaga de golpe.
Alrededor de esta inmensa palillada ininterrumpida, que se prolonga desde las diez de la mañana hasta las siete de la tarde del domingo, florece además una rotunda industria de nicho. Veinticinco puestos de venta —instalados por la organización sin cobrarles tasa alguna, pidiendo únicamente a cambio la donación de un detalle para el sorteo final— despachan material especializado que rara vez se asoma al escaparate de una mercería de barrio.
Saturnino, un fabricante llegado desde Hervás, en el norte de Extremadura, no da abasto tras su mostrador. Recorre España de encuentro en encuentro y confirma sin dudarlo que la cita pontevedresa juega en otra liga por su inmenso volumen. Frente a su puesto y los de sus compañeros se agolpan mujeres y hombres buscando, casi con ansiedad de coleccionista, el material perfecto: hilos metalizados, invisibles, cojines catalanes de medidas concretas y patrones impensables para sombrillas de encaje o relojes de cocina. Buscan, en definitiva, la chispa para seguir inventando, para darle otra vida a la técnica y no resignarse a llenar un armario de toallas.
Así respira Pontevedra. Entre el tintineo constante de la madera y la complicidad de quienes comparten mesa, el encaje demuestra que se niega a ser una pieza de museo. Es, por el contrario, una disciplina vibrante, capaz de tejer guitarras eléctricas y de sentar, frente a frente y hablando el mismo idioma, a una veterana de O Salnés y a un joven de Badajoz.
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