Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Los represaliados de Pontevedra

Memoria histórica para hacer justicia a los maestros: «Ante todo fue un gran padre»

Los pontevedreses Agustín Álvarez y Pilar Poza, víctimas de la depuración franquista con el golpe de 1936, son homenajeados en Caldas en un firme compromiso con la Ley de Memoria Democrática

Agustín Álvarez hijo (dcha.) y Avellino Sousa Poza (sobrino de Pilar Poza; centro), en el homenaje en el que se descubrió una placa en Caldas.

Agustín Álvarez hijo (dcha.) y Avellino Sousa Poza (sobrino de Pilar Poza; centro), en el homenaje en el que se descubrió una placa en Caldas. / GUSTAVO SANTOS

Caldas

Caldas se quedó ayer pequeña para acoger la emoción que generan las duras historias de la represión franquista. Un acto organizado por la asociación cultural Carracedo Fala rindió homenaje a dos maestros pontevedreses: Agustín Álvarez Franco y Pilar Pozo Juncal, que representaban el espíritu modernizador de la Segunda República. Ambos ejercían su profesión en las escuelas de niños y niñas, respectivamente, en la parroquia caldense de Carracedo en julio de 1936, cuando se produjo el golpe de Estado que llevaría a la guerra civil española primero y a la larga dictadura después. Una placa en recuerdo de los dos maestros en la fachada de la escuela unitaria marcó una jornada dedicada a la memoria «por la libertad y la democracia» a la que acudieron los familiares de los represaliados.

Encarcelado en San Simón

Agustín Álvarez hijo apenas puede contener la emoción. El homenaje a su padre, el maestro Agustín Álvarez Franco (Marcón, Pontevedra, 1898-1989), represaliado por la dictadura franquista, le desborda. «No te lo imaginas», alcanza a decir a FARO, con la voz quebrada. Lleva años peleando por este reconocimiento y lamenta que sus hijos, residentes en Berlín, no hayan podido acompañarle en un día tan señalado.

Su padre fue maestro de la escuela de niños de Carracedo hasta que en 1936 fue apartado de su puesto a petición de algunos vecinos. Después vendrían la prisión en la isla de San Simón (un año, siendo liberado en 1937, sin juicio) y una larga travesía de castigo y silencio. No regresaría a las aulas hasta 1947. Desde entonces ejerció en varias parroquias de Ponte Caldelas hasta que se jubiló a los 70 años. Para la familia, la herida no fue solo política: durante su encarcelamiento murió uno de sus hijos, el mayor, a finales de 1936.

«Fue muy duro para él», resume Agustín Álvarez. Aun así, al evocarlo, no habla desde el resentimiento, sino desde la admiración. Dice que su padre le inculcó «todos los valores en defensa de la democracia». Y cuando se le pide que lo defina, no duda: «Fue una gran persona. y ante todo un gran padre. Eso es lo más importante».

A su lado, su mujer, Milagros Martínez, completa el retrato íntimo del maestro. «Era una persona excelente», afirma. Y subraya una idea que repite con convicción: el perdón. «Jamás le oí una mala palabra, nunca. En todos los años que vivimos juntos, jamás». Ni siquiera hacia quienes promovieron su depuración. Según recuerda la familia, en el expediente pesaron especialmente las acusaciones del cura del pueblo y de otras personas del entorno, aunque también hubo vecinos que firmaron en defensa de los dos maestros, Agustín Álvarez y Pilar Poza.

Milagros contextualiza además el poder que entonces ejercía la Iglesia en los pueblos. «Antes el cura era el que mandaba, el que sabía leer y escribir», explica. La llegada de maestros como Agustín Álvarez supuso también otra forma de enseñar, de pensar y de abrir horizontes en unas comunidades acostumbradas a una única autoridad moral e intelectual.

En Agustín hijo, la memoria del padre sigue viva no solo como recuerdo familiar, sino como ejemplo moral. Queda la sensación de que el reconocimiento llega tarde, pero llega al fin para devolver al maestro represaliado una parte de la dignidad que le fue arrebatada.

Fotografía de Pilar Poza Juncal con sus alumnas de Carracedo. Años 30. | FDV

Fotografía de Pilar Poza Juncal con sus alumnas de Carracedo. Años 30. | FDV

Una adelantada a su tiempo

El homenaje a Pilar Poza Juncal (Pontevedra, 1896-?) ha sido para su familia un acto cargado de emoción y reparación. Así lo expresa su sobrino, Avelino Sousa Poza, que resume la jornada con una frase sencilla: «Estoy muy feliz».

Se crió con su tía en la casa familiar de Pontevedra, junto a su madre, otra tía y sus abuelos, después de que su padre, miembro de la Marina de Guerra, fuese encarcelado. Ese vínculo cercano le permite trazar un retrato íntimo de Pilar, más allá de su condición de maestra represaliada.

La recuerda como una mujer de «carácter muy firme», con gran autoridad dentro de casa. También la define como una mujer «abierta y moderna», adelantada a su tiempo, con criterio propio y una personalidad fuerte, incluso por encima de la autoridad paterna en el ámbito familiar.

Pilar Poza Juncal no tuvo hijos y permaneció soltera, pero dejó una huella profunda en quienes convivieron con ella. Avelino emigró siendo muy joven y pasó gran parte de su vida en países como Estados Unidos, Perú, Canadá o Sudáfrica, donde trabajó como ingeniero metalúrgico. Regresó a Galicia hace solo dos años. Quizá por eso este homenaje tiene para él un valor especial: el de recuperar, también desde la distancia y el paso del tiempo, la memoria de una mujer a la que recuerda con admiración y que tras sufrir la represión no recuperó su plaza como maestra hasta 1940. Fue destinada a la parroquia de Saidres (Silleda), donde ejerció hasta 1958, cuando se jubiló por enfermedad.

Conferencias y cine

La jornada organizada por Carracedo Fala con el patrocinio del Concello de Caldas y la Diputación de Pontevedra incluyó, además del descubrimiento de la placa, un ciclo de conferencias con Javier Frieiro Santaya, Xosé Álvarez Castro, Elena Cabrejas Domínguez y Margarita Teijeiro Suárez. También una proyección de cine.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents