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La cultura del vino

Once furanchos retan en Pontevedra a la falta de relevo y a "lo duro de cuidar las viñas todo el año"

Hasta el próximo 30 de junio estarán abiertos en las parroquias de Marcón, Campañó, Verducido, Lérez, Salcedo y Tomeza

«El problema no es abrir, sino todo el trabajo que hay detrás», dicen los que siguen en actividad

Clientes disfrutando de los platos típicos de Finca Filgueira y sus vinos caseros, ayer sábado a mediodía.

Clientes disfrutando de los platos típicos de Finca Filgueira y sus vinos caseros, ayer sábado a mediodía. / GUSTAVO SANTOS

Pontevedra

Mantener un furancho abierto año tras año se ha convertido en todo un reto. La falta de relevo generacional y el desinterés por cuidar las viñas marcan el futuro de estos establecimientos particulares temporales. En el municipio de Pontevedra esta campaña son once los que podrán estar abiertos hasta el próximo 30 de junio, uno menos que en 2025. Hay poca oferta, pero la demanda es muy elevada y nunca faltan clientes. Son cinco en Marcón, dos en Campañó, uno en Lérez, uno en Tomeza, uno en Salcedo y otro en Verducido.

«Finca Filgueira», el furancho de Miguel Filgueira en la parroquia pontevedresa de Lérez, ha abierto esta temporada por séptimo año consecutivo. Detrás de esa continuidad, sin embargo, hay una preocupación que comparten muchos de estos negocios tradicionales y Filgueira lo tiene claro: «La dificultad no está tanto en abrir el furancho durante unos meses al año como en todo el trabajo que hay detrás, porque el problema no es el furancho en sí, sino cuidar las viñas todo el año», resume.

En su caso, la dimensión de ese trabajo no es menor. Filgueira cultiva más de 6.000 metros de viñas, una superficie en la que predominan las variedades blancas, especialmente el albariño, aunque también conserva distintas «castes» tradicionales. Entre ellas cita caíño, espadeiro y mencía, con las que elabora un vino tinto de mezcla que defiende con orgullo. Además, cuenta con algo de país, catalán y folla redonda, esta última conocida también como la variedad del popular vino de Barrantes, «el que mancha toda la boca y los dientes», de color intenso y muy apreciada por los consumidores más habituales.

Filgueira reivindica especialmente las «castes autóctonas» tintas de la zona de Pontevedra y, en general, de las Rías Baixas. Explica que durante años muchas plantaciones se orientaron casi exclusivamente al albariño, lo que fue dejando en segundo plano otras variedades más delicadas y menos extendidas. Apuesta por seguir trabajándolas y mantener viva esa diversidad vitícola.

En cuanto a las preferencias del público, en blancos asegura que se vende bien tanto el albariño como el país. En tintos, el que más salida tiene es el de folla redonda, aunque apunta que muchos clientes que descubren su vino de castes terminan repitiendo. La oferta gastronómica de Finca Filgueira también tiene sus imprescindibles: las tapas más demandadas son el raxo con patatas, la tortilla y los callos.

El furancho de Miguel Filgueira es uno de los favoritos de Pontevedra.

El furancho de Miguel Filgueira es uno de los favoritos de Pontevedra. / Gustavo Santos

La superficie de viñedos en Vilaboa se redujo a un tercio en una década

La progresiva desaparición de los furanchos en Vilaboa, municipio que con nueve en total también cuenta con una importante tradición en este sentido, está estrechamente vinculada al abandono de las viñas y a la pérdida de superficie cultivada, según advierte Guillermo Martínez, portavoz de la IXP Ribeiras do Morrazo y bodeguero. Martínez alerta de que, detrás de este proceso, hay un problema de falta de relevo generacional, pero también de desconocimiento sobre los trámites necesarios para conservar el potencial productivo del viñedo.

«Cuando una persona mayor decide dejar de cultivar una viña, muchas veces esa finca se abandona, se llena de maleza o directamente se arranca», explica. El problema, añade, es que en muchos casos ese arranque no se documenta ante la administración, un paso que considera fundamental para no perder esos derechos de plantación de cara al futuro. Martínez subraya que esta falta de registro tiene consecuencias importantes. Aunque se puede plantar para autoconsumo, quien más adelante quiera volver a explotar profesionalmente ese terreno o comercializar la uva se encuentra con una normativa que exige trazabilidad. «Ese es el gran problema actual», resume.

La pérdida de viñedo en la zona, según sus datos, ha sido muy acusada en los últimos diez o quince años. Vilaboa, por ejemplo, llegó a contar con 2,2 millones de metros cuadrados destinados a viñedo. Hoy, calcula Martínez, quedan entre 700.000 y 800.000 metros cuadrados. «Es un problema tremendo», señala.

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