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Educación

La vida que espera en un aula

Una treintena de alumnos y exalumnos de la EPAPU Río Lérez participan en el encuentro «Moito que aprender», una jornada marcada por los testimonios sobre esfuerzo, amistad y segundas oportunidades

Encuentro «Moito que aprender» celebrado ayer en la biblioteca de la EPAPU Río Lérez. | RAFA VÁZQUEZ

Encuentro «Moito que aprender» celebrado ayer en la biblioteca de la EPAPU Río Lérez. | RAFA VÁZQUEZ

Pontevedra

Hay lugares que no solo enseñan. Hay lugares que acompañan, sostienen y devuelven a las personas una parte de sí mismas que creían perdida. La escuela de mayores es uno de ellos. Allí, aprender no consiste solo en aprobar asignaturas o retomar estudios interrumpidos. A veces significa volver a salir al mundo, romper la rutina, conocer gente, hacer amigos y sentirse otra vez capaz.

Ese espíritu recorrió el encuentro «Moito que aprender», celebrado ayer en la biblioteca de la EPAPU Río Lérez. A lo largo de la jornada, dividida en turnos de mañana y de tarde, alrededor de 30 alumnos y exalumnos compartieron sus experiencias en un acto cargado de emoción y cercanía. No hubo grandes discursos, hubo vidas contadas en primera persona.

Cada intervención fue dibujando una escuela que va mucho más allá de lo académico. En las palabras de los participantes aparecieron motivos prácticos como mejorar laboralmente, completar una formación pendiente o abrir puertas cerradas durante años, pero también apareció algo más íntimo, la necesidad de salir de la zona de confort, de no resignarse y de demostrarse a uno mismo que todavía se puede.

Muchos hablaron del vértigo de volver a estudiar después de años sin abrir un cuaderno. Del miedo inicial, de la sensación de llegar tarde y de la inseguridad. Y también de lo que ocurre después, cuando esa incertidumbre empieza a deshacerse gracias al grupo. La escuela fue apareciendo así como un espacio de apoyo mutuo, de apuntes compartidos, de conversación y de compañía.

En ese ambiente, lo académico y lo humano avanzan juntos. Quien vuelve a clase no solo busca un título o una oportunidad laboral. Busca también recuperar una confianza a veces dañada por el tiempo, por los trabajos precarios, por las obligaciones familiares o por la idea equivocada de que ya es tarde. Una de las alumnas lo expresó de la forma más sencilla y más conmovedora al hablar del apoyo que recibe en casa. «Cuando llega tu hija y te dice «qué bien, mamá, qué orgullosa estoy de ti», eso ayuda mucho». En la EPAPU Río Lérez, esa confianza se reconstruye poco a poco. Cada historia escuchada en el encuentro confirmaba que siempre hay una puerta abierta para quien decide volver.

Esa vuelta, además, no responde a un único perfil. En las aulas se cruzan personas jóvenes que quieren reorientar su futuro con otras que llegan después de una vida entera de trabajo, de cuidados o de renuncias. Algunas persiguen un objetivo profesional muy concreto, otras buscan simplemente no quedarse quietas, seguir activas, aprender algo nuevo o darse una oportunidad que en su día no pudieron tener. Todas comparten, eso sí, una misma determinación, la de no dejar que el tiempo decida por ellas.

Si algo se repitió una y otra vez fue la dimensión humana de la experiencia. Estudiar en la EPAPU Río Lérez también significa conocer gente, hacer nuevos amigos y construir vínculos inesperados. Para los alumnos de más edad, además, tiene un valor añadido que apareció varias veces a lo largo del encuentro: salir de casa, romper el aislamiento y volver a sentirse parte de un grupo.

También hubo espacio para hablar del esfuerzo que hay detrás de cada regreso. En la escuela conviven generaciones distintas y trayectorias muy diversas. Hay quien compagina los estudios con jornadas enteras de trabajo, con hijos, con responsabilidades domésticas o con el cuidado de otras personas. Hay quien vuelve después de décadas sin estudiar y hay quien encuentra en el aula algo más que una meta académica, una forma de sentirse útil, acompañado y realizado.

El encuentro fue avanzando así entre historias distintas y un mismo latido de fondo. Hablaron quienes regresaron para mejorar su situación laboral, quienes arrastraban desde hacía años una asignatura pendiente y quienes encontraron en la escuela un lugar para estar mejor. «Moito que aprender» dejó en el ambiente de la EPAPU Río Lérez una certeza sencilla y poderosa, que estudiar de adulto no consiste solo en recuperar materias, sino también en recuperarse a uno mismo.

Al final, entre aplausos y sonrisas, lo que quedó no fue solo la celebración de un acto, quedó la prueba de que hay lugares donde la vida, sencillamente, vuelve a empezar.

«Tenía una cuenta pendiente conmigo misma»

Una de las alumnas recordó en el encuentro cómo un grave accidente de tráfico cambió por completo su vida cuando aún tenía planes por cumplir. Estuvo dos meses en coma, pasó cuatro años en rehabilitación y sufrió tres paradas cardiorrespiratorias. Durante mucho tiempo, estudiar quedó en suspenso, pero no desapareció del todo. Años después regresó a las aulas para saldar, como explicó ante sus compañeros, «una cuenta pendiente conmigo misma».

Otra participante puso voz a la dificultad de compaginar los estudios con las cargas del día a día. «Trabajar a jornada completa y, si además hay una persona dependiente a la que tienes que atender, es un reto. Pero también para mí es una motivación y una manera de desconectar», contó durante la charla.

El encuentro dejó también testimonios más luminosos, ligados a la compañía y al afecto que se tejen en el aula. Una alumna resumió el apoyo del grupo con una frase sencilla: «No nos conocíamos de nada y, en cuanto empezamos las clases, nos unimos entre nosotros para hacer resúmenes y ayudarnos cuando hacía falta». Otra explicó qué significa volver a estudiar cuando, además de aprender, una necesita salir de la rutina y encontrarse con otros. «Estoy encantada, porque es como venir a estar con mis amigos».

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