Crisis económica
Un taxista de Pontevedra necesita 200 euros extra al mes para el combustible debido al conflicto de Oriente Medio
Las consecuencias económicas obligan a los pequeños negocios a ser más eficientes, comprando con más cabeza y trabajando con menos margen de beneficio

Iván Quinteiro, taxista de Pontevedra. / Gustavo Santos
El pan sale del horno, el café cae en la taza y la ropa sigue colgada en el perchero, pero en el pequeño comercio de Pontevedra hace días que todo se mira con más cuidado. El conflicto bélico en Oriente Medio queda lejos en el mapa, pero sus efectos ya empiezan a colarse poco a poco en la caja diaria. El combustible más caro, los costes que vuelven a tensarse y el cliente que entra, pregunta, compara y muchas veces se lo piensa dos veces antes de gastar. En negocios de alimentación, moda o café de especialidad, la consigna vuelve a ser resistir sin espantar al comprador, como ya ocurrió en otras sacudidas económicas.
En los comercios no se habla en términos geopolíticos. Se habla de proveedores, tickets, márgenes y de si compensa o no tocar el precio. Ahí es donde el conflicto internacional aterriza de verdad en Pontevedra. El pequeño comercio empieza a notar esa inquietud en las decisiones más concretas, desde cuánto se pide hasta qué parte del aumento de costes puede absorber cada negocio.

Marcos Catal y Teria Vázquez de Millo Obrador. / Gustavo Santos
En Millo Obrador, donde trabajan Teria Vázquez y Marcos Catal, la sensación es la de estar otra vez pendientes de factores que no controlan. El pan forma parte de la compra cotidiana y eso obliga a hilar fino. No es un producto al que se le puedan cargar subidas sin medir muy bien la reacción del cliente. En un obrador, cualquier alteración en suministros, transporte o energía termina planteando la misma cuestión: cuánto puede aguantar el negocio antes de repercutirlo en las barras, hogazas o bollería.
La confianza del cliente
La respuesta, de momento, pasa por contener precios. Ajustar compras, revisar números y exprimir al máximo la organización interna para que el golpe se note lo menos posible de cara al público, aunque expresan que «por suerte, de momento, lo estamos llevando bien». Es una lógica compartida por muchos pequeños negocios. Tocar el precio suele ser el último recurso, porque el miedo no es solo vender menos, sino «romper un vínculo de confianza» construido con la clientela habitual, que «también vive pendiente de sus propios gastos».
La escena cambia en Delirious, la tienda de ropa de Gabriel Gómez, pero el diagnóstico de fondo se parece. Si en la alimentación pesa el coste, en el textil se nota más rápido el freno del consumo. La ropa entra antes en el terreno de lo aplazable. Quien hace unas semanas resolvía una compra sobre la marcha ahora mira más, pregunta más y decide más tarde.
Eso obliga a vender de otra manera: con más cabeza, con menos alegría en la reposición y con una atención constante a lo que realmente se mueve. En el comercio local, equivocarse con el stock o con el momento de una compra pesa mucho más que en una gran cadena. Por eso, en este nuevo escenario, la sensación general no es la de un frenazo seco, sino la de una marcha más corta y con menos impulso.

El comercio local se aprieta el cinturón
En El Club del Café, Gonzalo Rodríguez observa el problema desde otro ángulo. El café de especialidad vive ligado al exterior por definición, dado su origen. Su producto depende de mercados, importaciones, transporte y una cadena logística especialmente sensible a cualquier tensión internacional.
Cuando se altera ese tablero, el impacto puede no ser inmediato, pero acaba llegando. Y cuando llega, el reto es doble, por un lado, sostener la calidad y, por otro, mantener al cliente en un contexto en el que todo el mundo empieza a seleccionar con más cuidado en qué gasta.
En ese equilibrio está ahora buena parte del comercio pontevedrés. El pan resiste por su condición de básico, aunque con números más apretados. La ropa acusa antes el cambio de ánimo del comprador. El café, en cambio, se mueve en esa franja ambigua entre hábito diario y consumo que puede ajustarse. Sectores distintos, pero con una misma preocupación que es cómo seguir abiertos, competitivos y fieles a su producto cuando el contexto vuelve a encarecerlo todo.
La situación, por ahora, no es la de comercios vacíos ni la de una caída brusca, pero sí la de negocios que han vuelto a activar el modo eficiente: comprar con más cabeza, vender con más paciencia y trabajar con menos margen.

El comercio local se aprieta el cinturón
En Pontevedra, el conflicto internacional no se traduce en grandes proclamas, sino en cuentas que tienen que rehacerse al final del día, decisiones aplazadas y la pregunta constante de cuánto más se puede aguantar sin que lo acabe pagando el cliente.
La subida del combustible ha estrechado todavía más los márgenes de quienes recorren con su taxi las calles de Pontevedra. Los profesionales del sector aseguran que necesitan alargar su jornada varias horas para compensar el aumento de costes derivado del actual contexto económico internacional.
Los taxistas estiran la jornada
La tensión sobre los precios, agravada por la incertidumbre en torno al conflicto en Oriente Medio y su impacto en la energía, se traduce en más horas de trabajo para sostener ingresos similares a los que obtenían antes del arranque del conflicto bélico.
Iván Quinteiro, taxista en la ciudad lerezana, resume así la situación: «La vida está cara, en general, pero en nuestro sector afecta considerablemente». En su caso, el golpe más directo llega al depósito. Según explica, si antes gastaba cerca de 500 euros al mes, ahora necesita alrededor de 700 euros para realizar el mismo trabajo. «200 euros extra al mes te hacen falta», afirma.
Ese incremento obliga a redoblar esfuerzos en una actividad ya muy exigente. «Mínimo hay que hacer dos horas más al día», señala. En la práctica, eso sitúa su jornada habitual en una horquilla muy amplia. «No bajo de 12 o 14 horas», asegura.
El problema, sostiene, no es solo el combustible, sino la presión acumulada sobre el autónomo, con seguros y otros gastos fijos que siguen encareciendo la actividad del taxista.
Pese a ello, Quinteiro no aprecia por ahora una caída clara en la demanda. «Más o menos igual», responde al ser preguntado por la frecuencia de uso del taxi por los pontevedreses. Es decir, el servicio se mantiene, pero el beneficio se reduce porque una parte mayor de la recaudación se va en mantener el coche en marcha.
Su testimonio dibuja un escenario compartido con otros pequeños negocios de la Boa Vila: los sectores esenciales siguen funcionando, pero a costa de absorber más costes, trabajar más horas y soportar una rentabilidad cada vez más ajustada.
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